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date: Sun, 04 Mar 2007 03:39:23 GMT,    group: uk.food+drink.indian        back       
(IVÁN): ALABANDO A DIOS en ORACIÓN   
sábado, 03 de marzo, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
 

ALABANDO A DIOS en ORACIÓN

Hemos sido creados en las manos y en el Espíritu del SEÑOR, 
para alabar y para orar por siempre a Él, en el nombre 
sagrado de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!, para que nuestras 
vidas sean rectas y llenas de las riquezas de su Espíritu y 
de su Árbol de vida, en el paraíso y en su nueva creación 
infinita. Y sólo Lucifer desea que nosotros no caminemos por 
el camino de la verdad y de la vida eterna, el Árbol de Dios, 
el Señor Jesucristo, como lo hizo con Adán y Eva, en el 
paraíso, por ejemplo. Para que jamás conozcamos la verdad que 
nos creo en el principio de toda las cosas, en el más allá. 
(Cuídate, pues, Satanás está enojado con tu única verdad 
infinita, la de tu alma eterna, ¡el Señor Jesucristo!)

Ya que, hemos sido creados del polvo de la tierra, en manos 
santas y puras, para vivir la verdad de nuestro Padre 
Celestial y de su Hijo amado, y no vivir jamás la mentira del 
espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos, por 
ejemplo. Como hoy en día sucede con todo hombre y mujer que 
aun no conoce su única vida, su verdad infinita, al Señor 
Jesucristo. A pesar de todo, nosotros hemos de vivir la 
verdad de Dios de su Hijo amado, y no la vida de la mentira, 
como hoy en día, por ejemplo, en toda la tierra, porque hemos 
salido de su única verdad infinita, para vivir sólo la nueva 
vida eterna del nuevo reino de los cielos.

Por ello, todo aquel que vuelve a nacer de Dios, entonces 
sólo nacerá del Espíritu de la verdad infinita de nuestro 
Padre Celestial y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 
Porque de otra verdad, el hombre, la mujer, el niño la niña 
de la humanidad entera, no podrá nacer jamás. Es por eso, 
también, que para nuestro Dios no existe otra verdad, en el 
paraíso o en la tierra, que no sea su Árbol de vida eterna, 
su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera.
 
Por lo tanto: ¡Benditos todos los que habitan en la tierra y 
en el paraíso, en la casa de nuestro Dios eternamente y para 
siempre! Porque ellos continuamente le alabarán en el 
espíritu viviente de su presencia sagrada. Puesto que, aunque 
el Espíritu de Dios esté en todos los lugares de la tierra, 
por su omnipresencia, pues en la casa del SEÑOR está su "celo 
infinito" por el nombre y por toda la palabra de la boca y de 
la Ley Eterna de nuestro Dios y de sus pueblos eternos, 
también. Por eso, hoy más que nunca, llénate del Espíritu de 
Dios, con la ayuda del Señor Jesucristo y de nuestro Padre 
Celestial, para que crezcas por siempre aun mucho más alto 
que las tinieblas más altas del más allá.

Y es éste Espíritu, de verdad y de justicia, por el celo de 
nuestro Dios y de su vida santa, el que nos llena de gozo día 
y noche y por siempre. Del gozo viviente de la presencia 
sagrada de nuestro Dios, en la tierra y así también en el 
paraíso y en su nueva eternidad venidera, para todo ángel del 
cielo y para todo hombre mujer, niño y niña de la humanidad 
entera. Porque el Espíritu Santo nos ha de llenar de su 
presencia santa, como siempre lo ha hecho con Dios y con su 
Árbol de vida eterna y cada uno de sus seres creados del 
cielo, por ejemplo.

Y, hoy en día, éste gozo de vida y de salud infinita ha 
llegado a tu vida, también, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, por el poder de la palabra y del nombre del Señor 
Jesucristo, para que honres y alabes al Dios y Fundador de tu 
vida, en el cielo y por toda la tierra, también, para la 
eternidad. Sólo tienes que acercarte a Él, por medio de su 
verdad, su camino y su vida infinita, la de su Árbol de vida 
eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque si te 
acercas en otra verdad, que no sea la que ha salido de la 
boca de Dios, de su Hijo y de su Espíritu Santo, entonces 
estás en profundas tinieblas del más allá; y tu alma peligra 
ya, entre las llamas eternas del infierno, por tu ceguera 
espiritual y por juicio infinito de Dios.

Porque todo lo que Dios es (y ha de ser) por siempre por los 
siglos de los siglos venideros, en el más allá de su nuevo 
reino celestial, realmente, ha sido entregado a ti, como 
parte de tu nueva vida eterna. Ha sido entregado a ti todo: 
cada una de las bendiciones y cualidades divinas de nuestro 
Dios, como te entrego su imagen y su semejanza santa, en el 
día de tu formación en el paraíso, para que vivas cada 
momento de tu vida, como Él mismo sólo la puede vivir, en 
absoluta santidad y en perfecta armonía celestial. 

Es decir, para que vivas día a día, de la misma manera que Él 
siempre ha vivido su vida santa, sin pecado y sin tinieblas, 
a través de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo, 
en el amor sobrenatural de su Hijo amado, ¡el Cristo de 
Israel y de la humanidad entera! Porque si Dios te ha 
entregado de su misma imagen y de su misma semejanza, en el 
día de tu Creación, pues hoy, también, le ha complacido 
entregarte no sólo la vida santa de su Hijo amado, sino 
también toda su verdad, justicia, santidad, perfección, 
sabiduría, poder, deidad y hasta su mismo reinado celestial, 
de su nuevo reino infinito. 

En donde, sólo sus ángeles juntos con sus seres santos han de 
vivir eternamente felices, en la vida misma de su Espíritu 
Santo, con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, sólo de los que han creído en Él, por medio del 
espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, por supuesto. Porque en su nuevo reino celestial 
todos sus seres santos, creados por sus palabras, por su 
nombre y por sus manos santas, le han de rendir gloria y 
alabanza infinita, por los poderes y deidades sobrenaturales 
de su Espíritu Santo, para gloria y para honra infinita de su 
nombre, en su nueva eternidad venidera del nuevo más allá.

SÓLO DIOS OYE LA ORACIÓN DEL HOMBRE

Y, hoy en día, como en el ayer, por ejemplo, todo ser creado, 
en el cielo y así también en la tierra, acudirá a nuestro 
Dios por llamado divino, al trono de su gracia y de su 
misericordia infinita, para recibir sus más ricas y gloriosas 
bendiciones de vida y de salud perdurable. Porque es sólo Él, 
nuestro SEÑOR y Fundador de nuestras vidas, quien oye 
nuestras oraciones en su lugar santo, como en su altar 
celestial y en su trono santísimo, por ejemplo. 

Entonces si hoy mismo, en esta hora crucial para tu vida, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, deseas orar al SEÑOR, 
creador de tu vida y de toda tu eternidad venidera, entonces 
lo puedes hacer muy bien y con gran confianza en el nombre 
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, puesto que 
Él te oye. Así es, nadie más que Él oye tu oración, en la 
tierra y en el cielo, también. 

Pues los ángeles celestiales desearían oír tus oraciones o 
las (oraciones) de todo hombre, mujer, niño o niña de la 
humanidad entera, pero no pueden. Porque ninguno de ellos 
tiene la potestad divina, la santidad perfecta, la pureza de 
un corazón santo y noble, para hacerlo así, en su corazón y 
en todo su cuerpo celestial, por más santa que sea su vida 
delante de Dios. 

Porque la realidad es que sólo nuestro Dios es quien recibe 
la oración de los ángeles y así también de cada hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera. Por lo tanto, con 
confianza y sin temor alguno en tu alma, mi estimado hermano 
y mi estimada hermana, tú muy bien podrías elevar tus 
oraciones, plegarias, alabanzas, honras, intercesiones, 
ruegos, solicitaciones, exclamaciones hacia lo alto, hacia 
donde tu Padre Celestial está sentado en su trono de gloria, 
en los cielos, para que te oiga y te llene de bendiciones. 

Dado que, sólo nuestro Padre Celestial es juez justo del 
paraíso y de toda la tierra, también, por lo tanto, recibirá 
tu voz, tus deseos y tu clamor hacia Él, hechas siempre en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para 
proveerte de todo lo que le pidas siempre, y así nunca te 
falte ningún bien. Por eso, toda oración hecha en el corazón 
y con los labios de los ángeles del cielo y los hombres, 
mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera, sólo han de 
ser oídos por nuestro Dios, y jamás por nadie más. Porque las 
oraciones, como las alabanzas a su nombre santo, son sagradas 
y se encuentran en copas de oro sobre su altar, delante de su 
presencia santa, para memoria eterna, para mirar siempre al 
pasado de sus siervos y siervas, con gozo y gran alegría en 
su corazón santísimo.

Es por esta razón, que nuestro Dios jamás ha deseado que el 
corazón del hombre confíe en sus ídolos e imágenes de talla, 
sino todo lo contrario, para que su Ley no sea rota ni menos 
deshonrada jamás. Porque nuestro Dios no desea ver el pasado 
de adoración de ídolos e imágenes de talla de ninguno de sus 
hijos e hijas en toda la tierra. Por eso, nuestro Dios sólo 
desea que confíen siempre en Él, como su Dios y como único 
Salvador de sus vidas, en el nombre sagrado de su Árbol de 
vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque 
ningún ídolo e imagen de talla jamás ha oído la voz de Dios, 
pero sin embargo el hombre si. Y aun por más pecador que sea 
el hombre, Dios le habla a su vida de una manera u otra por 
su palabra o por su nombre santo.

Y, además, también, ningún ídolo e imagen de talla ha oído 
jamás la oración de nadie, en la tierra ni menos en el más 
allá. Porque los ídolos e imágenes de talla, desde el primero 
hasta el último, tienen oídos, pero no oyen; tienen narices, 
pero no huelen; tienen ojos, pero no ven; tiene manos, pero 
no saben hacer nada con ellas; tienen piernas, pero no 
caminan; ni tiene sentimientos de amor, paz, gozo, felicidad, 
bondad, sino que sólo tienen nada, así como son nada e 
inútiles. Es más, no saben, ni menos conocen, si hay un Dios 
Eterno y Todopoderoso en el cielo; ni menos saben si Dios 
tiene un Hijo o un gran rey Mesías para la humanidad entera y 
para su nuevo reino celestial, en la tierra y en el cielo, 
también, por ejemplo,

Y a lo único que se parecen los ídolos e imágenes de talla 
son a los muertos, porque no tienen vida ni ningún movimiento 
alguno para hacer nunca nada por ellos mismos, ni menos por 
nadie en la tierra ni en el más allá, tampoco. Entonces 
cuando hacemos nuestras oraciones, suplicas, ruegos, 
solicitaciones, alabanzas de gloria y de honra a nuestro 
Dios, realmente se lo estamos haciendo directamente a Él, 
desde la tierra y hasta entrar en  el cielo, también, a su 
lugar santo y sumamente glorioso, como su altar celestial y 
su trono de gran gloria y de gran honra infinita, por 
ejemplo. 

Porque sólo nuestro Padre Celestial es el Eterno y, además, 
tiene la única potestad posible para oír nuestra voz de 
nuestros corazones, de nuestras almas y de nuestros labios, 
para perdonar nuestros pecados y así entonces bendecirnos 
grandemente para suplir nuestras necesidades, cualquiera que 
sean ellas, hoy y eternamente para siempre, en la eternidad 
venidera de su nuevo reino celestial. Por esta razón, sólo a 
Él alabamos y oramos día y noche a su nombre santo, en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, en 
nuestros corazones y en todas nuestras vidas, también, para 
cumplir con Él con su verdad, con su santidad, con su 
justicia y con su amor infinito.

Nuestro Dios se ha de glorificar en tu vida, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, como en la vida de cada 
hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, así como se 
glorifico grandemente, en su día, en la vida sagrada de su 
Gran Rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo! Pues alaba a tu Dios 
con tus oraciones, en el nombre del Señor Jesucristo para que 
los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo, entonces 
comiencen a hacer grandes maravillas, prodigios y milagros 
constantes en tu vida y en la vida de los tuyos, también, 
para gloria y para honra infinita de su nombre santo.

(Los siguientes libros son muy importantes para entender en 
nuestros corazones, como debemos alabar a nuestro Padre 
Celestial, para que nos conteste cada una de nuestras 
alabanzas, oraciones, ruegos, peticiones, peticiones, 
intercesiones, y así sus dones de maravillas, milagros y 
prodigios se manifiesten día y noche en nuestras vidas 
terrenales y celestiales, también, como en el paraíso, para 
una nueva eternidad.)


Libro 147 

ALABANDO A DIOS

El alabar y honrar a nuestro Padre Celestial es medicina, 
para nuestro corazón y para nuestro cuerpo en general. Y la 
única manera que nosotros podremos realmente alabar y honrar 
a nuestro Dios, ha de ser por medio del Señor Jesucristo: 
invocando en oraciones, ruegos, suplicas, alabanzas, 
exaltaciones, peticiones e intercesiones su nombre santo y 
sobrenatural del cielo y de la tierra, ¡el Señor Jesucristo! 
Por eso, ésta fue la primera alabanza de gloria y de honra 
que Dios requirió de Adán, después de haberlo creado en el 
paraíso, como un ser hecho serafín, perfecto y santo, en su 
imagen y conforme a su semejanza divina, también.

En realidad, el parecer de Adán era tan idéntico a Dios y a 
su Árbol de vida, su Hijo amado, que cuando los ángeles los 
veían, entonces no sabían quien era quien, porque hasta en su 
manera de hablar eran iguales delante de ellos, en todo reino 
de los cielos. Y esto fue lo primero que Lucifer odio en el 
hombre, el que él sea igual a Dios, en su imagen y en su 
semejanza celestial. 

Y es así que Dios nos ha querido ver a cada uno de nosotros, 
de todos los descendientes de Adán, en nuestros millares, de 
todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos 
de toda la tierra, como su Jesucristo, perfectos en santidad 
eterna. Es decir, que nosotros tenemos que no sólo ser tan 
santos como Adán, como en el día que Dios lo termino de 
formar en sus manos santas, sino mucho más que esto. 

Realmente, nuestro Dios desea ver a Adán y a cada uno de sus 
descendientes en toda la tierra y en el reino celestial 
igual, ni más ni menos, en la perfección infinita de santidad 
y de gloria como su Hijo amado, como sus ángeles, como su 
Espíritu Santo y hasta como Él mismo si fuese posible hacerlo 
así, por ejemplo. Y todo esto es posible sólo con creer en 
nuestros corazones y así confesar con nuestros labios: el 
nombre sagrado de su Hijo amado, su fruto de vida y de 
medicina eterna para el corazón y para el alma viviente de 
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy 
en día y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo 
reino de los cielos. 

Porque así como nuestro Dios es santo, entonces nosotros 
también somos santos y Lucifer es el único mentiroso que muy 
pronto ha de ir a su lugar eterno, en el más allá del más 
allá, al lago de fuego, su segunda muerte final de su 
espíritu malvado. Y esta muerte final del ángel de la muerte 
y de Lucifer, como también de cada uno de sus ángeles caídos, 
es el Señor Jesucristo. 

Porque el Señor Jesucristo fue quien le dijo a Lucifer, en el 
día que triunfaba sobre él y su reino inicuo: "Muerte, Yo soy 
tu muerte". Porque todo lo que no es santo ha de morir, tarde 
o temprano, pero finalmente muere, para que no vuelva a 
existir jamás para ofender a Dios. Por lo tanto, el fin de 
todo pecado ha llegado al hombre y también a todos los impíos 
del más allá, como Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos, 
en sus millares, como en el bajo mundo del infierno, por 
ejemplo. Y sólo los que alaban y honran a su Dios por 
Jesucristo, han de vivir, ángeles del cielo y hombres del 
paraíso y de la tierra, de siempre.

Por lo tanto, nuestro Dios es santo, porque por siempre ha 
habitado entre las alabanzas de su pueblo y de los que aman 
el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 
Porque nuestro Dios está en los cielos y nosotros en la 
tierra. Por eso, él ve día y noche todo lo que sucede con el 
nombre de su Hijo amado, en nuestros corazones y en nuestras 
vidas, porque para nuestro Dios no hay nada oculto debajo del 
cielo ni menos en la tierra, sino que todo está expuesto 
claramente ante sus ojos. 

Y es Él quien busca día y noche que los corazones de los 
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, 
honren y exalten su nombre santo, con sus corazones llenos 
del espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado. Para 
Él entonces poder bendecirlos a cada uno de ellos, con 
grandes poderes sobrenaturales del cielo, de su nueva vida 
infinita del más allá, como la nueva ciudad del gran rey 
Mesías, su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo! 

Ya que, así como los ángeles del cielo tienen que ser 
bendecidos por los poderes sobrenaturales de los dones de su 
Espíritu Santo, pues así también todo aquel que le ame, en el 
espíritu y en la justicia redentora de su fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, su Hijo amado. Por ello, todo 
aquel que desee "encontrarlo en su vida", entonces lo ha de 
encontrar en las alabanzas de glorias y de honras de su 
corazón, levantadas hacia el cielo, hacia el trono sagrado de 
su Dios y Creador de su vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de 
la humanidad entera!, para que bendita su vida eternamente y 
para siempre. 

En vista de que, el Dios del cielo y de la tierra ha de venir 
a la vida del hombre y ha de entrar en él o en ella, si tan 
sólo le alaba y le honra con su corazón, lleno del nombre 
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque para 
nuestro Padre Celestial no existe mayor alabanza, gloria y 
honra del ángel del cielo y así también del hombre, de la 
mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, que no sea 
únicamente ¡el Señor Jesucristo! 

Por lo tanto, el que desee exaltarle a Él, como a su Dios y 
salvador de su vida, en la tierra y en el paraíso, también, 
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino de Dios y 
de sus huestes celestiales, entonces tiene que hacerlo por el 
amor sobrenatural de su Árbol de vida eterna, el Señor 
Jesucristo. Porque sólo así, o de esta manera única, ha de 
llegar al corazón y a la vida del hombre nuestro Dios y su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, para entrar y quedarse con 
cada uno de ellos, en sus millares, en toda la tierra. 

Y así habitar con cada uno de ellos, como su Dios y Fundador 
real de sus vidas celestiales, de la misma manera que Él ha 
habitado con sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y 
demás seres santos del reino de los cielos, en el más allá, 
por ejemplo, desde los primeros días de la antigüedad y hasta 
nuestros días. Es por esta razón, también, que los cielos 
hablan de la gloria infinita de nuestro Padre Celestial, y su 
inmensidad confirma del poder y de la sabiduría sobrenatural 
de la mente y de las manos de Él y de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo. 

En la medida en que, todo lo que nuestro Dios ha creado en 
los cielos y en la tierra, también, lo ha hecho con la 
presencia y asistencia constante de su Espíritu Santo y de su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque sin Él, nada de lo 
que Dios ha creado por su palabra y con sus manos, pudo haber 
sido posible jamás, en el reino de los cielos con los ángeles 
y en la tierra con todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, 
por ejemplo, por supuesto. 

Puesto que, Adán fue la primera obra perfecta de las manos de 
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para darle de 
comer y de beber en su día y sin más demora alguna, de su 
perfecta alabanza infinita, de su Árbol de vida, su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo. Es por esta razón, que cada uno 
de los descendientes de adán, en sus millares, en toda la 
tierra, comenzando con Eva, en el paraíso, por ejemplo, ha 
sido creado por Dios para que coma y beba día y noche, sólo 
de su alabanza perfecta. 

Y esto es del espíritu de la comida y de la bebida, de la 
alabanza de gloria y de honra eterna de su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo, para que su nueva tierra con nuevos cielos, 
como su gran ciudad celestial, La Gran Jerusalén Infinita, 
entonces sea llena sólo de nueva vida glorificada y honrada 
de sus hijos e hijas. Porque Dios ha estado buscando en los 
ángeles y así en la humanidad entera, nuevas glorias y honras 
infinitas para su nombre en su nueva vida infinita, de su 
nuevo reino celestial, en el más allá. 

Y es aquí, en donde nosotros tenemos que estar para Él, para 
su Hijo amado y para su Espíritu Santo, rodeado por siempre 
de las alabanzas de gloria y de honra a su nombre santo, de 
los corazones de los ángeles del cielo y así también de los 
corazones de los hombres y mujeres de toda la tierra. Fue por 
esta razón, también, de que nuestro Dios buscando nuevas 
glorias y nuevas honras para su nombre santo, entonces la 
encontró en un rey impío de Babilonia, llamado Nabucodonosor, 
por ejemplo. 

En aquellos días, éste rey Nabucodonosor deseaba engrandecer 
el nombre de una de su estatua grande y hecha en oro, como el 
dios soberano de sus tierras y de las naciones en su derredor 
también. Y todo aquel que no rindiese honra y alabanzas a su 
estatua de oro, entonces seria echado al fuego candente de 
uno de sus hornos. Pero en este horno muy candente, Dios se 
le manifestó a su vida, maravillosamente, en medio de 
aquellos que quería destruir (a los hebreos), porque no le 
habían obedecido a su mandato de arrodillarse y de honrar a 
su estatua de oro. 

Y en aquel momento, cuando Mesac, Sadrac y Abed-negó eran 
echados al fuego del horno, por los hombres fuertes del rey 
babilonio, entonces se visualizo que había estado con sus 
siervos, los hebreos, el Hijo de Dios, todo el tiempo y hasta 
en el mismo ardor terrible del horno, para destruir sus 
vidas. Pero cuando el fuego era aun más fuerte que antes, los 
hombres verdugos murieron carbonizados, pero los hebreos no 
murieron y danzaban alabando al Dios del cielo y de la tierra 
junto con su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces como "Nabucodonosor vio" al Hijo de Dios con sus 
propios ojos, no murió en aquel día, sino que decidió cambiar 
su corazón para servirle a su nuevo Señor y salvador de su 
vida, el Hijo de Dios, el Cristo de la antigüedad y de 
siempre de Israel y de la humanidad entera. Y en este día, 
Nabucodonosor estableció una ley de que todo hombre, mujer, 
niño y niña de su reino y de las naciones en toda la tierra, 
tenían que alabar y honrar en sus corazones y en sus vidas 
"al Hijo de Dios", que había conocido en medio del fuego, 
como Moisés le conoció, por ejemplo, en el Sinaí. 

Porque sólo el Hijo de Dios podía salvar al hombre del fuego 
del horno y así también de la muerte eterna del infierno, por 
lo tanto, él es el Cristo de Israel y de los hebreos, como 
Mesac, Sadrac y Abed-negó, que fueron redimidos por el poder 
de Dios, en aquel momento tan crucial de sus vidas o de 
muerte. Por ello, hoy en día, si tan sólo alabas y honras al 
SEÑOR del cielo y de la tierra, con tu corazón y con tus 
labios, entonces su Hijo amado ha de estar junto a ti y a los 
tuyos, también, para redimirte de todo mal del pecado y del 
poder de la muerte, como del fuego eterno del infierno. 

Porque el poder del nombre y de la vida sagrada de nuestro 
Padre Celestial jamás ha cesado en esta vida ni (cesara) en 
la venidera tampoco, para todos los que le aman y le alaban 
día y noche, en sus corazones y en sus almas eternas, 
también. Es por eso, que si hoy en día necesitas de tu Dios y 
Creador de tu vida, entonces debes buscarlo a Él, entre el 
fuego del horno, de los problemas y dificultades de tu vida, 
para que el Hijo amado de Dios se haga visible en tus ojos y 
en los (ojos) de los que te conozcan, también. 

Porque nuestro Dios es real y verdadero, en esta vida y en la 
venidera, también, así como lo eres tú con los tuyos, pues 
así, el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, lo ha de ser 
contigo, infinitamente verdadero, desde hoy mismo y por 
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los 
cielos, en el más allá. Es por eso, que el nombre de tu Dios 
y salvador de tu vida, como el Hijo de Dios, por ejemplo, 
debe de ser alabado, desde el levantamiento del sol y hasta 
cuando se esconde en el horizonte de cada noche de tu vida. 
Porque al amanecer del día siguiente se volverá a manifestar 
con poder, como siempre, para que alaben el nombre sagrado de 
su Creador, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad 
entera!

ALABADO SEA DÍA Y NOCHE EL NOMBRE DE NUESTRO DIOS 

Desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone, sea 
alabado el nombre del Todopoderoso, en el corazón de sus 
ángeles y así también en los corazones de todos los hombres, 
mujeres, niños y niñas de toda la tierra. Porque todo lo que 
ha creado nuestro Dios, ha sido para que su nombre sea 
exaltado en la gloria y en la honradez perfecta, de los dones 
sobrenaturales de su Espíritu Santo y de la vida celebre de 
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Es por eso, que los ángeles del cielo alaban desde siempre el 
nombre de nuestro Dios, porque es lo mejor para sus corazones 
y para sus espíritus celestiales, en el cielo y por toda la 
creación; es más, no hay nada mejor para ellos que deseasen 
hacer además de exaltar y de honrar el nombre Creador de sus 
vidas celestiales. En verdad, el vivir para Dios, es lo mejor 
para el espíritu de los ángeles, serafines, querubines, 
arcángeles y demás seres santos del cielo; y si no pudiesen 
vivir para su Dios, exaltando y honrando su nombre sagrado en 
todas las alturas del reino de los cielos, entonces sus vidas 
no serian interesantes, ni gozasen de felicidad alguna, 
tampoco. 

Realmente para ellos todo seria monótono, como si les faltase 
algo en sus vidas, para poder seguir viviendo, delante de su 
Dios y de su creación santa y perfecta en el cielo, así como 
el pecador y la pecadora de la tierra, de hoy y de siempre. 
Es más, los ángeles no fuesen ángeles, ni tampoco existirían, 
sino que serian parte de la nada, de donde Dios los saco, en 
el día de su creación, como el hombre, por ejemplo, que Dios 
lo saco de la tierra. Pero gracias a Dios, porque los 
ángeles, en sus diferentes rangos de gloria y de grandeza 
infinita, si conocen el propósito de día a día de sus vidas, 
delante de Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, 
como los seguidores del SEÑOR, en todos los lugares de la 
tierra y, hoy en día, en el paraíso, también. 

Es por eso, que los ángeles jamás han deseado abandonar a su 
Dios ni menos a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, 
para seguir sirviéndole a Él y a su nombre santo, para miles 
de siglos venideros en su nueva eternidad celestial, como su 
nueva gran ciudad santa y eterna: La Nueva Jerusalén del 
nuevo reino infinito. Es por esta razón, que los ángeles del 
cielo son realmente felices con su Dios y con su Espíritu 
Santo, porque sus corazones son bendecidos cada vez más que 
antes, por la gloria y por la honra infinita que genera el 
alabar y el honrar el nombre bendito de Dios día y noche en 
la tierra santa del cielo. 

Es decir, también, que para los ángeles no existe otra manera 
posible para que sus corazones y sus espíritus celestiales 
sean por siempre felices, en sus vidas eternas en el reino de 
los cielos, de Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor 
Jesucristo! Por lo tanto, ésta felicidad de los corazones de 
los ángeles de Dios es tan grande y tan profunda, como los 
mismo cielos y nuestro universo en su anchura, profundidad y 
altura infinita, por ejemplo, llena de estrellas, planetas y 
sus lunas por doquier, visibles e invisibles, a la vez. 

Y nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas a 
cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda su 
creación, celestiales y terrenal, comenzando con Adán y Eva, 
en el paraíso, por ejemplo, para que gocemos junto con Él y 
con sus huestes de ángeles celestiales de ésta felicidad 
santa e infinita, en nuestras vidas para siempre. Porque el 
corazón que nuestro Dios ha puesto en nuestros pechos es un 
corazón como el de Él mismo, ni más ni menos; por lo tanto, 
nosotros tenemos un corazón tan grande como su nombre santo, 
para recibirlo y retenerlo eternamente y para siempre, en la 
eternidad venidera de su nueva vida infinita para todos, los 
que le aman fielmente.

Es decir, que nuestro corazón es grande, profundo, ancho y 
capaz de traspasar aun más allá del infinito, como el corazón 
de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para 
sentir sólo amor y vida infinita, para servirle y amarle por 
siempre, tal como Él es amado por sus ángeles del cielo. Y 
así gozar por siempre, llenos de amor, paz, gozo, felicidad, 
vida, poder, sabiduría y deseo perfecto de servir y de 
exaltar a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los 
cielos día y noche y por siempre en el más allá, en su nuevo 
reino celestial, de su Hijo amado y de sus millares de 
huestes angelicales. 

Es por esta razón, también, que todas las cosas creadas por 
Dios en el cielo y así también en la tierra, han sido para 
alabar día y noche el nombre sagrado de nuestro Dios y Padre 
Celestial que está en los cielos. Porque las estrellas y los 
planetas con sus lunas, a pesar de sus grandes y profundas 
distancias en la inmensidad, alaban y honran al nombre 
sagrado de nuestro Dios, a toda hora de su tiempo universal y 
sin parar jamás, por ninguna razón. 

Es más, hasta podríamos decir también que así como las 
estrellas, los planetas y sus lunas del universo alaban y 
honran el nombre de nuestro Dios y de su Jesucristo, entonces 
de igual forma todas las cosas que existen en todos los 
lugares de nuestra tierra, en sus alturas, en sus 
profundidades y en sus anchuras, le alaban sin cesar. Por lo 
tanto, día y noche las nubes al pasar por las alturas de 
nuestras montañas, como bañándolas con su sustancia, su humo 
celestial, por ejemplo, alaban y honra la gloria infinita del 
nombre sagrado, de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, sin que nadie se de cuenta, sólo Dios y sus 
huestes celestiales del cielo. 

Y así también de las montañas, los ríos que bajan de sus 
praderas para terminar en los grandes mares, alaban y honran 
el nombre de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, a la misma vez. Así las aves de las alturas, como 
los animales terrestres y los peces y monstruos marinos de 
los océanos alaban y honran día y noche: el nombre bendito de 
Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que ésta 
misma alabanza de gloria y de honra eterna a nuestro Dios y a 
su Jesucristo llegue al hombre también. 

Es decir, para que el espíritu de alabar y de honrar a 
nuestro Dios entonces llegue a todo pecador que mora en la 
tierra y así despierte su corazón de sus profundas tinieblas, 
para que no sufra y muera más, sino que vea la vida eterna de 
su Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Porque la 
lucha de la creación de Dios y de sus muchas cosas, grandes y 
pequeñas del cielo y de la tierra, es para escapar de las 
profundas tinieblas, del espíritu de mentira y de gran error 
de Lucifer y de sus ángeles caídos y así entonces despertar a 
la luz verdadera del cielo y del mundo, ¡el Señor Jesucristo!

Y la única manera que toda la creación ha de escapar los 
poderes terribles de las profundas tinieblas del más allá, 
como las de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, ha de ser que 
alaben y honren sin cesar, el nombre bendito de nuestro Dios 
y de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, el Señor 
Jesucristo. Porque de otra manera, toda la creación ha de 
seguir sumergida bajo el poder de las profundas tinieblas, 
del espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos, 
para seguir haciendo más daño al nombre santo de nuestro 
Dios, en el corazón de todos sus seres creados. 

Seres creados, como ángeles del cielo y hombres y sus reinos 
de animales de toda la tierra, en sus diferentes géneros del 
aire, de la tierra y del mar, también. Fue por esta razón, 
que nuestro Dios comenzó a derramar del Espíritu de vida, de 
la sangre santa de su Árbol de vida, desde su lugar santo del 
reino, como desde el paraíso, por ejemplo, génesis 1:2, para 
subyugar a cada una de estas profundas tinieblas, de gran 
mentira y de gran maldad que habita en la tierra. 

Profundas tinieblas del más allá que habitan, por ejemplo, en 
muchos lugares de la tierra, y las nubes de los cielos, como 
las montañas, los árboles, plantas, aves del aire, animales 
terrestres y peces del mar, desean escapar de cada una de 
ellas, hacia la luz bendita de nuestro Dios y de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, para vivir. Para entonces sólo 
ver y vivir la luz y la gran bendición celestial de día a día 
de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos, 
hacia cada una de todas sus cosas creadas en los cielos, en 
los mares y en toda la tierra, también. 

Porque la alabanza al nombre santo de nuestro Dios y de su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, trae día y noche a nuestras 
vidas más y más bendiciones de maravillas, de milagros y de 
prodigios en los cielos y en la tierra, para que nuestros 
corazones sean benditos en todo momento de nuestras días por 
la tierra. Y así entonces poder bendecir el nombre de nuestro 
Dios mucho más que antes en nuestras vidas, para alcanzar más 
gloria y más honra para nuestro Dios y para el nombre sagrado 
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es por esta razón, que el honrar y exaltar el nombre bendito 
de nuestro Dios día y noche, en nuestros corazones y en 
nuestras almas eternas, es de suma importancia para el 
crecimiento espiritual, corporal e intelectual de nuestras 
vidas, en la tierra y así también en el reino de los cielos, 
como en el paraíso, por ejemplo. Y nuestro Dios ha de 
bendecir tu vida, mi estimado hermano y hermana, ni más ni 
menos, en la vida perfecta, y llena de su Espíritu, de su 
Jesucristo, para que tú mismo (y no otro) bendigas su nombre, 
desde el día que tienes uso de razón y hasta aun más allá de 
tu nueva vida gloriosa del cielo. 

Y esto ha de ser realmente en tu nuevo lugar eterno, junto 
con los ángeles que Dios ha creado por ti, en su nueva vida 
infinita de su nuevo reino celestial, como en su nueva gran 
ciudad del más allá, La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del 
cielo, por ejemplo. En donde mora la nube celestial de Dios y 
de su Árbol de vida, la que llena de gloria la casa de Dios y 
de sus fieles en el paraíso y en toda la tierra, también, 
como en tu mismo corazón, hoy en día, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, si tan sólo le amas a Él, por 
Jesucristo.

LA SHEKINAH (NUBE DEL MÁS ALLÁ) MANIFIESTA LA GLORIA DE DIOS

Entonces cuando los que tocaban las trompetas y los que 
cantaban hicieron oír su voz en unísono alabando y dando 
gracias a nuestro Padre Celestial; y cuando elevaron la voz 
junto con las trompetas, los címbalos y otros instrumentos de 
música los israelitas, en los días del Tabernáculo, en el 
desierto, por ejemplo, entonces se sentía poder de lo alto. Y 
cuando alababan a nuestro Dios, diciendo con sus voces en 
unión, también, o como un solo hombre: "Porque Él es bueno, 
porque para siempre es su misericordia", entonces la casa de 
nuestro Dios, en medio de los israelíes, se llenaba con una 
nube gloriosa, no de nuestro mundo, sino del más allá, como 
del reino celestial, por ejemplo. 

Y, en aquel momento, los israelitas no podían continuar 
sirviendo a su Dios, por causa de la misma nube, de acuerdo a 
los rituales de ceremonia espiritual, de gloria y de honra 
hacia su nombre sagrado, en su tabernáculo santo del desierto 
de Egipto. Porque ésta nube era gigante, mucho mayor y 
gloriosa que las nubes que solemos ver por nuestros cielos y, 
además, llenaba todo en su derredor de la misma luz 
sobrenatural, llena de vida y de la gloria infinita del reino 
de Dios, por ejemplo. 

Además, ésta luz divina es la misma que siempre habita en las 
alabanzas a nuestro Dios, de parte de sus ángeles santos, en 
el reino de los cielos, cada vez que se unen para honrar y 
para exaltar su nombre sagrado. Pues así también, en aquel 
día, ésta misma nube (y no otra) era la que estaba sobre la 
casa de nuestro Padre Celestial, en el campamento israelí, 
para honrar la sangre del pacto que se había derramado sobre 
su altar, con alabanzas santas y honradas al "Cordero de 
Dios" que quita el pecado de Israel y de la humanidad entera. 

Todo era gloria, en aquella tarde: Los sacerdotes levitas 
deseaban aun mucho más que antes servir y alabar el nombre 
sagrado de nuestro Dios, pero ninguno de ellos podía. Porque 
la gloria de la nube celestial era demasiado grande y 
gloriosa entre ellos, en el Tabernáculo del SEÑOR, en el 
desierto de Egipto. Por lo tanto, en aquella hora, y delante 
de los ojos de los israelíes, y de los pueblos a la redonda, 
vieron como la gloria de Dios llenaba la tierra santa del 
reino de los cielos, cada vez que los ángeles alaban y honran 
su nombre sagrado. 

Pues así era, en aquellos días, la gloria de nuestro Dios 
había llenado su casa de oración para Israel y para las 
naciones, como se suele llenar el lugar y el altar santo de 
nuestro Dios en el reino de los cielos, por ejemplo, cuando 
los ángeles, en sus millares y en unísono: alaban y honran su 
nombre sagrado. Pues así es también en la vida de todo 
hombre, mujer, niño o niña del mundo, que realmente alabe y 
honre a su Dios en su corazón y con sus labios, la nube de la 
gloria de Dios y de sus ángeles ha de manifestarse en su 
vida, con grandes poderes de gloria y de honra infinitas, 
aunque sea invisible. 

En realidad, la gloria de Dios es su Hijo amado, como 
siempre, en el paraíso, en el reino y en toda la tierra, 
también. Y ha de manifestarse en la vida del hombre día y 
noche para proteger su vida (y la de los suyos) y, a la vez, 
llenarla de muchas de las ricas bendiciones de la tierra y 
del más allá, también, para que su alma crezca eternamente y 
para siempre, en toda verdad y en toda justicia celestial de 
su Dios. Y esto ha de ser en él (o en ella) desde sus 
primeros días de vida, en la tierra y hasta una más allá de 
la nueva eternidad venidera, porque el alma del hombre no 
tiene limites para crecer, corporalmente e espiritualmente, 
también. 

El alma del hombre puede desarrollarse y crecer 
indefinidamente en la tierra y en el paraíso, también, para 
que su vida sea grande ante su Dios y Creador de su vida 
celestial, el Todopoderoso de Israel y de la humanidad 
entera. Entonces cada vez que el nombre de nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos es alabado y honrado, por 
nuestros corazones y por nuestros espíritus humanos, al 
momento lluvias de bendiciones espirituales y terrenales 
llegan a nuestras vidas del Espíritu Santo de Dios, para 
ayudarnos a desarrollar y crecer en nuestras vidas 
infinitamente, para engrandecer su nombre santo eternamente. 

Ya que, así como los ángeles del cielo, los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Adán y 
Eva, en el paraíso, por ejemplo, fueron formados sólo para 
honrar y alabar el nombre del Señor Jesucristo, en el paraíso 
y en toda la creación, como en la tierra de nuestros días, 
por ejemplo. Es decir, para que cada uno de ellos, tanto 
ángeles del reino y hombres de la tierra, honren y alaban por 
siempre el nombre sagrado de nuestro Dios, por medio de su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, "porque esto es felicidad y 
gozo infinito para nuestro Dios que está sentado en su trono 
santo, en el cielo". 

Es por esta razón, que nuestro Dios nos ha entregado de su 
Espíritu Santo y sin medida alguna, también, para llenar 
nuestros corazones y nuestras almas eternas de su presencia 
sagrada y del nombre honrado de nuestra salvación infinita, 
el Señor Jesucristo. Por lo tanto, la riqueza de la presencia 
del Espíritu de Dios, llena de sus dones con sus poderes 
sobrenaturales, es de suma importancia, en nuestras vidas de 
día a día, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra 
y aun hasta en la nueva eternidad venidera, del nuevo reino 
de los cielos, también. 

Y estos son muchos de los dones de milagros, de maravillas y 
de prodigios celestiales y terrenales, que vienen 
directamente de nuestro Dios, para ayudarnos en todo momento, 
para lo que necesitemos de Él, en aquel día o aquella hora de 
nuestras vidas, y entonces superar cualquier situación. Y 
sólo así le podamos rendir gloria y honra al Él, desde hoy 
mismo y para la eternidad venidera, en su nueva vida infinita 
de su Gran Jerusalén Santa del cielo, para todo ángel que ama 
a su Dios y Creador de su vida celestial y así también para 
todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera. 

Ahora, si hoy en día, tú, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, crees en Dios y comienzas a alabar su nombre santo y 
salvador de su Hijo, el Señor Jesucristo, entonces ésta misma 
nube del cielo, llamada la Shekinah, Shekhinah ó Shechinah, 
por los antiguos israelíes y por el mismo SEÑOR, ha de 
visitar el templo de tu corazón. Ha de visitar el templo de 
tu mismo corazón, sin duda alguna, el SEÑOR y su Jesucristo, 
para llenarte de la gloria de su Espíritu y de sus muchos 
dones sobrenaturales, para enriquecer tu vida, como jamás 
hayas sido enriquecido por nada ni por nadie, en todos los 
días de tu vida por la tierra, hasta hoy mismo, por ejemplo. 

Y una vez que esta nube celestial del reino de los cielos 
llega a tu vida, en verdad, jamás ha de abandonarte en todos 
los días de tu vida ni hasta que entres a tu nuevo lugar 
infinito, en el reino de los cielos, para comenzar a vivir tu 
nueva vida celestial, en el más allá. Porque en tu nuevo 
lugar de vida eterna, realmente, has de vivir con Dios y con 
su Árbol de vida, llena de los frutos de vida para tu alma y 
para los millares de las huestes angelicales y de gentes, 
pueblos, naciones, tribus y reinos de mundos pasados de la 
humanidad entera de la tierra, que aun viven.

DIGNO DE SUPREMA GLORIA Y HONRA ES NUESTRO DIOS

Y en el cielo, así como en la tierra, en todos los días de tu 
vida, desde el día que comenzaste a creer en tu Dios y 
Creador de tu alma, por medio del Señor Jesucristo, entonces 
has de alabar y de honrar el nombre sagrado de tu Dios, para 
que bendiga tu vida cada vez mucho más que antes. Y le dirás 
así al SEÑOR, en el poder y en la llenura de su Espíritu 
Santo, en tu corazón y en tu vida, con los ángeles del cielo 
y almas redimidas, por la sangre de Cristo, en tu derredor: ¡
Grande es Jehová y digno de suprema alabanza, en la ciudad de 
nuestro Rey, en el monte de su santuario! 

Además, has de gozarte como los ángeles, por ejemplo, en 
exaltar y en honrar el nombre sagrado de nuestro Dios, de la 
misma manera que los ángeles lo han venido haciendo así en 
sus vidas, desde el día de la creación de los cielos y de 
toda la tierra, por ejemplo. Porque sólo nuestro Padre 
Celestial es digno de suprema gloria, desde de nuestros 
corazones y hasta miles de siglos venideros, en su nueva vida 
infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén 
Santa e infinita del cielo, por ejemplo. 

Y esta gloria de nuestros corazones hacia nuestro Dios y 
Fundador de nuestras vidas no se la merece nadie más que Él, 
que está sentado en su trono de la gracia y de la 
misericordia infinita, en el cielo. Porque la gloria que ha 
de salir de nuestros corazones y de nuestras almas redimidas, 
por la sangre de Cristo, del poder del pecado y de la muerte 
eterna, de las palabras llenas de mentira y de engaño eterno 
del corazón y de los labios perdidos de Lucifer, es realmente 
mayor que la de los ángeles del cielo. 
 
Por lo tanto, nuestra salvación eterna de nuestras almas 
vivientes habla mucho más de lo que nosotros podríamos hablar 
con nuestro espíritu y con nuestra alma humana, de la gracia 
redentora de la sangre bendita del Señor Jesucristo, hacia 
nuestro Dios y a hacia su Espíritu Santo que están en los 
cielos, por ejemplo. Es más, ésta obra sobrenatural del Señor 
Jesucristo, la cual fue llevada acabo en su día, sobre la 
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en 
Israel, realmente habla mucho más que nuestras propias 
palabras, de la verdad y de la justicia eterna, de la vida 
gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, ¡
el Señor Jesucristo! 

Entonces la obra del Señor Jesucristo en nuestros corazones y 
en nuestras vidas alaban y honran día y noche el nombre 
sagrado de nuestro Padre Celestial, en esta vida y en la 
nueva vida venidera del nuevo reino de los cielos, aunque 
jamás nos demos cuenta de esta alabanza, honra y adoración de 
nuestro espíritu hacia nuestro Padre Celestial. Es por esta 
razón, que nuestros corazones y nuestras almas eternas 
siempre han sentido un sentir mutuo, de llegar a conocer a 
nuestro Dios y a nuestro salvador de nuestras vidas (del 
poder del pecado y de la muerte del castigo eterno, como el 
infierno o como la segunda muerte de nuestras vidas, por 
ejemplo, en el lago de fuego). 

Pero nuestro Dios no nos ha creado para la gloria del fuego 
eterno del más allá, del infierno o del lago de fuego, por 
ejemplo, sino para la vida eterna del cielo. Realmente, 
nuestro Padre Celestial nos ha creado en la imagen y conforme 
la semejanza sagrada de su Árbol de vida, su gran rey Mesías, 
el Cristo de Israel y de las naciones, para gloria y para 
honra celestial de su nueva vida venidera, en el más allá, de 
su nuevo reino imperecedero de ángeles y de naciones de 
gentes eternas. Y estas gentes eternas de Dios somos todos 
nosotros, hoy en día y por siempre, en toda la tierra, sólo 
por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces nuestro Dios es digno de suprema alabanza y de gran 
gloria y honra infinita, de nuestros corazones y de nuestras 
almas eternas, día y noche en la tierra y por siempre en la 
eternidad venidera, de su nueva era de vida celestial del más 
allá. Porque para esto nuestro Dios nos ha levantado y nos ha 
llamado, a la vez, de las profundas tinieblas de la tierra y 
del más allá, también, cuando estábamos completamente ciegos 
y sin vida alguna en toda nuestra sustancia, viviendo en el 
polvo de la muerte eterna, sin que nadie jamás se 
compadeciese de nosotros, para nada. 

Ni menos para darnos vida y su bendición celestial, como 
nuestro Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros, en 
nuestros millares, en todos los lugares del paraíso y de toda 
la tierra, de nuestros días, también, por ejemplo, para que 
habitemos sus tierras y así aprendamos a vivir con Él y con 
su Árbol de vida infinita. Es decir, vivir con su Árbol de 
vida eterna, rodeado por siempre de su Espíritu Santo y de 
sus huestes de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y 
demás seres santos, de la vida sagrada, del nuevo reino 
celestial, como su nueva Gran Ciudad Santa e Infinita, en 
donde todo lo que tiene vida alaba su nombre santo, 
eternamente y para siempre. 

Y esta es La Jerusalén Eterna, la cual nuestro Dios siempre 
soñó vivir en ella, con sus hijos e hijas de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la 
tierra; y libre por siempre de los males del pecado, de 
Lucifer y de sus ángeles caídos y de la gente de la mentira 
eterna, también. Porque en esta ciudad celestial e infinita 
no habitara jamás la palabra de mentira de ningún rebelde, 
como Lucifer ni como ningún pecador o pecadora de toda la 
tierra, del ayer o de siempre, por ejemplo. 

Porque por allá, sólo se ha de oír las alabanzas de los 
millares de hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad 
entera, junto con los ángeles del cielo, alabando y honrando 
por siempre el nombre de nuestro salvador eterno, nuestro 
Padre Celestial. Y nuestro Dios ha deseado desde siempre, que 
cada uno de sus seres creados sea ángel del cielo u hombre de 
la tierra, que comience a honrarle y a exaltarle a Él, en el 
nombre sagrado de su Hijo, el Señor Jesucristo, como ha de 
ser diariamente en su nueva vida infinita de su nuevo reino 
celestial, por ejemplo. 

Porque el que le ama a Él, en el espíritu y en la verdad 
viviente de su Hijo amado, entonces debería comenzar a 
hacerlo desde hoy mismo, desde el momento que comenzó a creer 
en su Dios y Creador de su vida, por medio de su palabra viva 
y del nombre bendito del Señor Jesucristo, en su corazón. 
Porque sólo por medio, de la vida sagrada y el nombre bendito 
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, entonces 
nuestro Dios ha de ser exaltado y honrado, a la vez, por los 
siglos de los siglos, en su nueva eternidad venidera de sus 
nuevas tierras con nuevos cielos, del más allá. 

Ciertamente un Dios gigantesco y todopoderoso nos ha creado 
en sus manos, para que le conozcamos a Él, en el espíritu de 
amor y de vida infinita de Jesucristo, y sólo así entonces 
comencemos a honrarle y a exaltarle en su espíritu de amor y 
de justicia celestial, desde nuestros corazones profundos y 
hasta aun más allá de la eternidad. Por lo tanto, entendemos 
muy bien en nuestros corazones, que nuestro Padre Celestial 
es digno de suprema alabanza y de mucha gloria y honra a su 
nombre santo, el cual ha tenido por siempre un lugar muy 
especial en lo profundo de nuestros corazones, desde el día 
de nuestra formación (espiritual y corporal) y hasta nuestros 
días, por ejemplo. 

Y esto ha sido algo muy especial para Dios y para su 
Jesucristo, por lo cual Lucifer ha intentado cambiar en 
nuestras vidas, con sus palabras de mentira y de muerte 
eterna, también, en el paraíso y en todos los días de 
nuestras vidas por la tierra, desde el día que nacimos en 
ella y hasta hoy mismo, por ejemplo. Pero nuestro Dios nos ha 
guardado por siempre, a pesar de los ataques de Lucifer y de 
su espíritu de error, el enemigo eterno de su vida sagrada y 
de la vida implacable del Señor Jesucristo, porque nos ama 
tanto, y nos perdona nuestros pecados, como desde el mismo 
día que nos saco del lodo de la tierra. 

Por esta razón, el Espíritu de Dios lucha día y noche, desde 
los días del génesis de todas las cosas, para que no sea así 
con ninguno de nosotros, para que no perdamos nuestros 
corazones en las mentiras usuales de Lucifer, sino todo lo 
contrario. Y esto que cada uno de nosotros, retengamos ese 
lugar muy especial de nuestros corazones para el nombre de 
Dios, en nuestros millares, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para 
finalmente muy pronto alcanzar nuevas glorias y santidades 
perfectas para nuestro Dios, desde nuestros corazones hacia 
la nueva eternidad venidera.

JESUCRSITO HABITA EN MEDIO DE NUESTRA ALABANZA

Nuestro Padre Celestial es ciertamente santo. Y como Él no 
hay otro igual, en el cielo ni en la tierra. Y desde tiempos 
antiguos: ¡Sólo Él es quien realmente habita entre las 
alabanzas de Israel y de todo su gentío por toda la tierra! 
Porque nuestro Padre Celestial es quien se mueve 
sobrenaturalmente y poderosamente entre los pueblos de la 
tierra, especialmente como aquellos que aman y adoran su 
nombre santo y su Ley Inmortal, como Israel, desde los días 
de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. 

De verdad, nuestro Dios es santo, y cada gloria y honra que 
se levanta hacia Él, hacia el cielo más alto que su reino 
celestial, del corazón de los ángeles y así también del 
corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas, es sumamente 
santo para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo. Y ésta es una gloria y una honra, que nuestro 
Padre Celestial jamás ha de compartir con ningún otro ser 
viviente concebido, por sus palabras, por su nombre o por sus 
manos santas, por ejemplo, como ángeles del cielo u hombres 
del paraíso o del mundo. 

Esta gloria y honra sólo pueden verdaderamente salir del 
corazón y del espíritu de ángeles y de hombres y de las 
mujeres de la humanidad entera para honrar y para exaltar el 
nombre de nuestro Dios que está en los cielos, si sólo 
creemos en su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo 
en Jesucristo están todos los poderes de alabanzas y de 
glorias infinitas para nuestro Padre Celestial que está en 
los cielos, gozando por siempre de la presencia de su 
Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles gloriosos y 
eternos.

En otras palabras, cada gloria y cada honra de nuestros 
corazones que se levanta hacia nuestro Dios, es sólo para 
exaltar y para honrar mucho más que antes la perfección, la 
santidad y la gloria infinita de su nombre, en el cielo más 
alto que el reino de los ángeles y de la humanidad de la 
tierra, también, como ejemplo. Y cuando esta gloria y honra 
de nuestro salvador llega a la presencia santa de nuestro 
Padre Celestial, de parte de cada uno de nuestros corazones, 
entonces Dios muy bien la recibe con gran gozo y alegría en 
su corazón y en su alma santísima, para jamás olvidarnos 
eternamente y para siempre, en la eternidad venidera de su 
gran reino celestial. 

Y al instante, Dios mismo transforma estas glorias y honras 
en muchas bendiciones para nuestras vidas y para mucha más 
gente en todos los lugares de la tierra, que están 
necesitados y esperando por Él, por ejemplo, para que alivie 
sus problemas y dificultades de sus vidas. Y nuestro Dios 
hace todas estas cosas, y muchas más que nuestras alabanzas 
de gloria, de exaltación y de honra infinita a su nombre 
santo, para que entonces nosotros no sólo le sigamos 
sirviendo y rindiéndole gloria y honra a Él y a su nombre 
eterno, sino que mucho más que esto. 

Nuestro Padre Celestial realmente sabe muy bien en su corazón 
sagrado, que otros también, que no le servían ni le conocían, 
entonces le han de comenzar a conocer y a rendirle glorias y 
honras de alabanzas y exaltaciones infinitas, para su vida y 
para su nombre santo, por ejemplo, en el cielo y por toda la 
tierra, también. Y así cada una de las tinieblas de las 
mentiras de Lucifer y de su muerte eterna del ángel de la 
muerte, en la tierra, en el infierno y en el lago de fuego, 
entonces son poco a poco, pero seguro, destruidas, para 
liberar al hombre, de todo mal del pecado y de su muerte 
eterna, también. 

Pues destruidas son las profundas tinieblas de las mentiras 
del pecado mortal de Lucifer y de su espíritu de error, por 
ejemplo, para que jamás se vuelvan a interponer en contra de 
las alabanzas y de las glorias eternas, en nuestros corazones 
y en nuestras vidas celestiales, como la del paraíso, para 
nuestro Dios y para su nombre santo. Y sólo así entonces 
nuestros corazones y nuestros espíritus humanos han de ser 
como los espíritus celestiales de los ángeles del reino de 
los cielos, libres por siempre para honrar y para exaltar el 
nombre de nuestro Padre Celestial, en el nombre glorioso y 
sumamente honrado del Señor Jesucristo. 

Para que entonces muchas de las bendiciones, si no todas, que 
no podían llegar a nuestras vidas, por culpa de las tinieblas 
de nuestros pecados, ante Dios y ante su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, pues entonces ahora el Espíritu Santo nos las 
entregara en su momento justo y sin más demora alguna. 
Ciertamente el Espíritu Santo nos las ha de entregar una a 
una cada día y cada noche de nuestras vidas por la tierra y 
hasta que finalmente entremos de lleno, a nuestras vidas 
reales del nuevo reino de los cielos, como en el paraíso o 
como en nuestra nueva ciudad celestial, La Jerusalén Santa e 
Infinita del cielo. 

Y estas son bendiciones celestiales, que nuestro Padre 
Celestial nos ha entregado a nosotros, para disfrutarlas día 
y noche en nuestros corazones y en nuestras vidas de nuestro 
diario vivir por la tierra, para que seamos felices con Él y 
con su palabra santa, si tan sólo creemos en Él, por medio de 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y así cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, podríamos 
realmente servir y alabar por siempre a nuestro Dios y a su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en 
nuestras almas, para entonces poder vivir nuestras vidas, 
como se vive en el cielo, por ejemplo. 

De otra manera, seguiríamos viviendo en nuestros pecados para 
finalmente caer en nuestro mal eterno, en la tierra y en el 
infierno también, en el más allá. Y Dios no nos ha creado a 
nosotros, ni menos nos ha entregado de su imagen y de su 
semejanza santa, para ser luego echados al mundo de los 
muertos, de las almas perdidas eternamente y para siempre en 
sus maldades y en sus muchos pecados, en contra de Dios y de 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. 

Porque la verdad es que nuestro Dios nos ha creado para que 
seamos como sus ángeles santos, pero con mayores poderes de 
honra, de santidad y de gloria infinita, para exaltar y para 
honrar su nombre santo, en la tierra y en el paraíso, 
también, hoy en día y para siempre, en la eternidad venidera 
del nuevo reino celestial. Porque nuestro Dios ha estado 
buscando desde siempre mayores glorias de santidades y de 
honras a su nombre sagrado, jamás alcanzadas por los ángeles, 
del reino de los cielos, pero esta vez las ha encontrado en 
la tierra. 

Esta vez, con los hombres, mujeres, niños y niñas, de toda la 
tierra, fieles a Él, por medio de la vida y del nombre 
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, instalado en 
sus corazones, entonces esto ha de ser posible, hoy y por 
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino celestial, 
alcanzar nuevas glorias del más allá. Entonces grande es 
nuestro Dios y digno de suprema alabanza y honras eternas, 
desde lo profundo de nuestros corazones, para traspasar 
cielos y horizontes de la nueva eternidad venidera de nuestro 
Dios y su Árbol de vida eterna, rodeada de ángeles y de su 
humanidad infinita. 

Infinita humanidad del cielo, redimida por el espíritu de fe, 
de la sangre santísima del pacto eterno, entre Dios y el 
hombre de la tierra, porque el hombre y la mujer que Dios ha 
creado con todos sus hijos e hijas, no ha de morir jamás, 
sino todo lo contrario. Cada uno de ellos ha de ver la vida 
eterna, para honrar y para alabar a su Dios y Fundador de su 
vida, por los siglos de los siglos, en la tierra y en el 
nuevo reino de los cielos, como los ángeles lo han hecho a 
través de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo. 

LA CREACIÓN ANUNCIA LA OBRA DE LAS MANOS DE DIOS

Es por eso, que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el 
firmamento anuncia la obra de sus manos sagrada día y noche 
ante la vista atónita de los ángeles del reino y de todos los 
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en 
toda la tierra. Porque aun el universo con sus millares de 
estrellas, planetas, lunas y demás seres celestiales del 
infinito no se cansan jamás de contar de la gloria de Dios, a 
todos los que los ven desde la distancia de la tierra y hasta 
donde su vista los pueda divisar en toda la inmensidad 
celestial, por ejemplo. 

En realidad, estos seres celestiales de la inmensidad: alaban 
y honran al Rey de reyes y SEÑOR de Señores, ¡el Señor 
Jesucristo! Porque todo lo que ha sido hecho fue hecho por 
medio de Él, y nada de lo que ha sido hecho, en el cielo y en 
la tierra, en verdad, no ha sido hecho jamás sin Él. Porque 
sólo en Él está la verdad, la vida, el camino, la sabiduría, 
la honra, el poder, la alabanza, el triunfo, la victoria, la 
adoración, la autoridad y la inteligencia perfecta para hacer 
todas las cosas de las que se ven y de las que no (se ven) en 
el cielo y por toda la tierra, también. 

Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial en el día que 
decidió crear al hombre de la tierra con sus manos santas, 
entonces le dijo a su Hijo amado, el Señor Jesucristo con su 
Espíritu Santo: Descendamos a la tierra y hagamos al hombre 
en nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza. Y así fue, 
en aquel día histórico nuestro Dios crea al hombre con sus 
manos santas, por medio de aquel que vive en el cielo y en la 
tierra, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el 
Señor Jesucristo! 

Es por eso, que los apóstoles y así también toda la gente y 
los discípulos, cuando veían a Jesucristo, no veían en él a 
un extraño, sino a alguien en su imagen y en su semejanza 
humana, con quien se identificaban mutuamente, sin ninguna 
dificultad visible. Pues así es nuestro salvador celestial, 
el mismo del ayer, de hoy y de siempre, en el paraíso, en la 
tierra y hoy en día, otra vez en el nuevo reino del cielo. 
Pero está vez, en nuevas tierra con nuevos cielos adornado 
con mansiones celestiales, para todos los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la tierra, que aman a su Dios y Creador de 
sus vidas, por medio de Él, su Hijo amado, el Árbol de la 
vida, ¡el Señor Jesucristo!

Y, hoy en día, como en años anteriores, nuestro Padre 
Celestial ha deseado formar una nueva vida celestial para sus 
hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos de la tierra, para que le sirvan y le adoren 
por siempre, por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. 
Porque todo lo que nuestro Dios ha de crear de nuevo, ha de 
ser como siempre, como en el principio de todas las cosas, en 
el cielo y en la tierra, por medio de la vida y del nombre 
sagrado de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo!

Y sin Jesucristo, nada de lo que Dios desee crear en el cielo 
y en la tierra lo podrá lograr jamás. Es por esta razón, que 
el Señor Jesucristo es de suma importancia en el corazón y en 
la vida, de cada uno de los ángeles y así también de todos 
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, 
para entonces Dios mismo poder regenerarnos, reformarnos, y 
darnos una nueva vida infinitamente feliz, como la de sus 
sueños, como ejemplo. 

Y esta es una nueva vida, totalmente llena de verdad y de 
justicia celestial, para vivirla para nuestro Dios y para su 
gran rey Mesías, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en la 
tierra y en su nuevo reino celestial, en el más allá. En 
donde los que habitan allí, desde tiempos antiguos y hasta 
nuestros días, por ejemplo, honran y adoran el nombre sagrado 
de nuestro Dios y de nuestro Señor Jesucristo, para 
glorificar sus vidas por siempre sólo en la verdad de la 
palabra viva y de la gran obra infinita y sobrenatural de 
redimir a la humanidad entera, de la muerte infernal.

Porque es muy importante que día y noche, el nombre sagrado 
de nuestro Dios sea honrado y exaltado, en nuestros corazones 
y en nuestras vidas, para que las fuerzas de las profundas 
tinieblas, entonces dejen de ser en todos los lugares de la 
tierra: y la tierra sea igual que el cielo en vida, ni más ni 
menos, para siempre. Y sólo así entonces nuestros corazones y 
nuestras almas eternas sean libres para servir y para amar 
mucho más que antes a nuestro Dios y a su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo, todos los días de nuestras existencias, en 
la tierra y en el paraíso también, para miles de siglos 
venideros de su nueva eternidad celestial, por ejemplo. 

Es por esta razón, también, que los cielos y sus seres 
celestiales, de los que se ven y como de los que no (se ven), 
en sus millares e incontables, en toda la inmensidad, 
anuncian en todo momento de la grandeza y de la gloria 
infinita de su Fundador, el Todopoderoso, el Omnipotente. 
Para que los ángeles del cielo y así también los hombres, 
mujeres, niños y niñas, entonces reciban éste gran ejemplo, 
de honrar y de exaltar aquel que los creo y los puso en su 
curso de vida, para que verdaderamente conozcan la vida real 
de su Hacedor, no en las tinieblas del enemigo, sino en la 
luz de su Hijo. 

Entonces todos los seres creados por Dios, como ángeles del 
reino y así también hombres, mujeres, niños y niñas del 
mundo, están llamados, desde el momento de su creación, como 
seres vivientes, ha honrar y ha exaltar el nombre de su Dios, 
para que sus vidas crezcan no en las tinieblas del enemigo, 
sino en la luz de su Jesucristo. Y, por todo ello, no hay 
mejor manera de exaltar y de honrar a nuestro Padre 
Celestial, sino no es creyendo en Él, por medio de la vida y 
de la sangre bendita de su pacto eterno, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Porque ha sido su Hijo amado, el Señor Jesucristo, quien 
realmente ha cumplido toda su voluntad perfecta para bien de 
muchos y alabanzas santas a su nombre sagrado, en la tierra y 
en el paraíso, también. Por lo tanto, ha sido el Señor 
Jesucristo, la alabanza perfecta de nuestras almas eternas, 
quien verdaderamente se ha "levantado victorioso" en el 
Tercer Día de la resurrección, para darle vida y salud eterna 
en abundancia, a todo aquel que crea a su Dios, por medio del 
Señor Jesucristo, únicamente. 

Ya que, fuera del Señor Jesucristo, entonces no hay alabanza 
alguna posible para el corazón del ángel del cielo y así 
también para el corazón del hombre, de la mujer, del niño y 
de la niña de la humanidad entera. Entonces hoy más que 
nunca, nuestro Dios desea que todos nosotros aprendamos de su 
creación y de su firmamento en general, los cuales nos llaman 
día y noche y sin cesar, ha servirle y ha honrarle a Él, en 
el espíritu y en la verdad de su vida santa y eternamente 
honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Por cuanto, hemos sido creados por su corazón santo, para que 
le seamos por siempre sólo obedientes a Él, por medio de su 
Jesucristo. De otra manera, jamás podríamos obedecerle a Él y 
así cumplir su más santa y perfecta voluntad en nuestras 
vidas, en el paraíso, en la tierra y de nuevo de regreso al 
paraíso, a nuestra nueva vida infinita de su nuevo reino 
celestial, como en su flamante tierra nueva con nuevos 
cielos, La Gran Jerusalén del cielo, por ejemplo. 

Y los antiguos entendían muy bien a nuestro Dios, y como 
llevar acabo su voluntad santa y perfecta en sus corazones, 
para alcanzar una vida mejor y superior en la tierra y en el 
paraíso, también, de regreso otra vez a la presencia de Dios 
y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Pues así 
nuestro Padre Celestial ha redimido del poder del pecado y de 
su muerte eterna, a todo pecador y a toda pecadora de la 
humanidad entera. Y, hoy en día, si tú le obedeces también a 
Él, como los demás lo han hecho a través de los tiempos y 
hasta nuestros días, por ejemplo, entonces tú mismo has de 
ver al Hijo de Dios en cualquier día, como Nabucodonosor lo 
vio en su día.

EL REY DE BABILONIA VIO AL HIJO DE DIOS Y SE SALVO

Por ejemplo, vemos como Nabucodonosor, rey de Babilonia, 
alababa, exaltaba y glorificaba al Rey de los cielos, porque 
todas sus obras eran para Él, verdad infinita y sus caminos 
justicia para todos los hombres, mujeres, niños y niñas de 
sus tierras y de la humanidad entera, de aquellos días y de 
siempre, también. Porque sólo nuestro Padre Celestial puede 
humillar a los que andan con soberbia delante de su presencia 
santa, en el paraíso y por toda la tierra, también. 

Realmente, Nabucodonosor era un hombre impío, desde los 
primeros días de su reinado; él no conocía a Dios en su 
corazón, porque "nadie le había enseñado la verdad y la 
justicia infinita de su corazón de creer, en el Hijo de Dios, 
para ser redimido de sus pecados y de su muerte segura en el 
infierno, en el más allá". Nabucodonosor creía que todo lo 
que tenia en su reino se lo merecía muy bien, porque había 
trabajado por todo ello, en toda su vida; además, había 
derrotado a naciones y a sus ejércitos por doquier, como a 
Israel, por ejemplo; por lo tanto, su reino era grande y 
fuerte entre los pueblos de la tierra, en aquellos días. 

Pero Nabucodonosor jamás se había tropezado con siervos de 
Dios, que verdaderamente amaban su palabra y su nombre 
sagrado, a pesar de cualquier oposición, por más terrible que 
fuese, en la tierra y aun hasta del más allá, también. Y a 
ellos, Nabucodonosor quiso hacerlos sus siervos, para que 
adorasen a su estatua de oro puro. Esta era una estatua muy 
grande que había enviado a sus escultores ha construir, 
porque la había visto en uno de sus sueños. 

Por lo tanto, su corazón estaba fascinado por ella, y deseaba 
tener una igual en todo su reino, como la adoración única de 
su corazón equivocado (y eternamente perdido sin Cristo en su 
vida). Para que todos los que vivan con él, entonces se 
arrodillen ante ella y le rindan gloria y honra, como uno de 
sus dioses (o el dios de sus propias vidas), por ejemplo, 
cuando lo contrario era la verdad. Y esto era que sólo el 
Dios del cielo y de toda la tierra es realmente el Dios 
soberano de toda vida del hombre y de toda la tierra y de sus 
cosas, también, así como en el reino de los cielos, desde los 
días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo.

Entonces los Babilonios, como gentiles que eran, tenían que 
obedecer al mandato de Nabucodonosor, para no ser condenados 
a muerte; es más, ellos no podían quejarse ni menos escapar 
éste decreto tan apremiante para sus vidas, especialmente 
para los judíos que se encontraban en cautiverio entre ellos, 
en aquellos días, por ejemplo, y con la Ley Celestial en sus 
corazones. Y unos judíos, como todos los demás, no quisieron 
obedecer el edicto del rey; ellos pensaban que aunque estaban 
en cautiverio, sólo tenían que seguir y servirle al Dios de 
sus padres, es decir, al Dios de Abraham, de Isaac y de 
Jacobo, por ejemplo. 

Ya que, este es uno de los primeros mandamientos de sus Ley 
Divina, no arrodillarse ante ningún ídolo en toda la tierra, 
por ejemplo, para honrarle como a su Dios. Porque sólo un 
Dios tienen en sus vidas, en el paraíso y en la tierra; y 
este es el SEÑOR Fundador del cielo y de la tierra; también, 
conocido como el Señor Todopoderoso, por ejemplo, por todos 
los hebreos de la antigüedad y de toda la vida, también. Por 
lo tanto, cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó se negaron 
rendirle honor a la estatua de oro, del rey de Babilonia, 
entonces él se enoja con ellos; no sólo con Sadrac, Mesac y 
Abed-negó, sino con todos los hebreos y hasta con el Dios del 
cielo y de la tierra, también. 

Por lo tanto, Nabucodonosor quería ver que se negasen a 
obedecer su edicto delante de su presencia y de sus 
oficiales, también. Entonces los mando a buscar, para ver si 
desobedecían su palabra delante de su presencia y de su 
trono, como rey supremo de todo el reino de Babilonia. Y 
cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó llegaron ante Nabucodonosor, 
entonces los oficiales les quisieron hacer que ellos 
admitiesen que iban a obedecer el edicto del rey. 

Y ellos les respondieron, diciéndole a Nabucodonosor, que no 
podían obedecer su ley, de humillarse ante su estatua de oro, 
porque es contrario a la Ley del Dios del cielo y de la 
tierra. Y cuando el rey oyó estas palabras de los labios de 
los tres hebreos, entonces se enojo mucho más que antes; y 
ordeno de inmediato a sus oficiales a que calentaran mucho 
más que antes el horno, para echarlos a ellos en él, por 
haber desobedecido su mandato. 

No importa, les contestaron los hebreos al rey Nabucodonosor, 
por cuanto más ordenes calentar tu horno, por haber 
quebrantado tu edicto, nosotros vamos a seguir sirviéndole al 
Dios de nuestros padres aun entre el fuego candente de tu 
horno, señor rey de Babilonia. Y el horno fue calentado siete 
veces más que antes, que cuando los soldados babilonios los 
tomaron en sus manos para echarlos, a los tres hebreos, en el 
fuego del horno, entonces por el poder del fuego ellos fueron 
consumidos y muertos inmediatamente, pero no los hebreos. 

Los hebreos entraron en el fuego del horno y caminaban con 
aquel que los protegía del mal de sus enemigos; éste ser era 
"el Cordero de Dios", a quien le habían ofrecido sus ofrendas 
de paz y de amor a su Dios en el cielo; éste es aquel de la 
sangre del pacto eterno de Israel y del mundo entero. Y 
cuando Nabucodonosor veía a sus hombres muertos en el suelo y 
a los hebreos con una cuarta persona, que danzaba y alaba 
dentro del fuego del horno al Dios del cielo, entonces se 
maravillo mucho; y no podía creer lo que veía con sus ojos. 

Entonces Nabucodonosor les pregunto a sus oficiales: ¿No 
hemos echado tres hebreos al fuego del horno? Y si lo hemos 
hecho así: ¿Por qué entonces veo un cuarto ser moviéndose con 
ellos en el fuego? Y éste cuarto pararse ser como el Hijo de 
Dios. Porque ni él ni los tres hebreos se queman en el fuego, 
sino que siguen danzando y alabando el nombre de su Dios, 
como si no estuviese sucediéndole nada malo con ninguno de 
ellos. 

Al momento, Nabucodonosor se acerca más al horno, pero el 
fuego no le hace daño tampoco, como a sus hombres que 
murieron al instante calcinados, ante la intensidad del ardor 
del fuego, por ejemplo, en donde habían echado a Mesac, 
Sadrac y Abed-negó, sin piedad alguna en sus corazones, a sus 
muertes seguras del horno extremadamente violento. Entonces 
Nabucodonosor se queda parado en su lugar, a la entrada del 
horno, mirando hacia los hebreos y el cuarto de entre ellos, 
que se parecía como al Hijo de Dios en sus ojos y en su 
corazón, también, pero no sufría daño alguno por causa del 
fuego aun cuando ardía violentamente para quitarle la vida al 
momento. 

Y mirando aun hacia dentro del fuego, entonces Nabucodonosor 
llama a los hebreos, y les pide que salgan del horno. Mesac, 
Sadrac y Abed-negó salieron caminando del horno, sin que el 
fuego les haya hecho ningún mal alguno, ni a sus cuerpos ni a 
sus vestiduras; ellos estaban parados ante el rey, libres y 
limpios de toda culpa de pecado o de haber quebrantado alguna 
ley de Dios o del hombre de toda la tierra. 

Y el Hijo de Dios no permaneció en el fuego del horno, sino 
que se volvió a hacer invisible ante los ojos de 
Nabucodonosor y de su gente de Babilonia. Y Nabucodonosor les 
dijo a los hebreos, desde hoy mismo toda Babilonia se ha de 
postrar ante el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-negó, y el que 
no lo haga que muera entonces. Por lo tanto, como la orden 
del rey de Babilonia era apremiante, entonces no sólo los de 
Babilonia ahora servían al Dios de Abraham, de Isaac y de 
Jacobo, sino todas las naciones alrededor y hasta aun las muy 
lejanas también. 

Porque éste incidente de haber echado a los hebreos en el 
horno, para que mueran quemados y no murieron, sino que sus 
hombres fueron los que el fuego del horno mata delante de sus 
ojos y de su gente, también. Y como también Nabucodonosor y 
su gente vieron al Hijo de Dios que se movía con los hebreos, 
para alabar y para honrar el nombre bendito de sus padres, 
entre en medio del ardor, del fuego violento, entonces no 
podían negarlo sino sólo aceptarlo en sus corazones y en sus 
vidas para servirle al Dios, del cielo y de la tierra. 

Y desde aquel día en adelante, toda Babilonia y las naciones 
aledañas: alababan y honraban al Hijo de Dios, que había 
redimido a Israel de la casa de su cautiverio y a Mesac, 
Sadrac y Abed-negó de una muerte segura, en el horno candente 
y mortal de Babilonia. Pues así también todo hombre, mujer, 
niño y niña de la humanidad entera, tiene que alabar y honrar 
aquel que estuvo muerto, pero que vive por los siglos de los 
siglos, el Hijo de Dios, ¡el Santo de Israel y de la 
humanidad entera! 

Porque así con su sangre redimió a Israel de su cautiverio 
eterno en Egipto, y luego redimió muchas veces a Israel de 
sus enemigos, por el desierto, como por ejemplo, con Mesac, 
Sadrac y Abed-negó que no dejo que el fuego del horno los 
quemase, sino que estuvo con ellos hasta que fueron 
liberados. Pues así también ha de ser contigo, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, para redimirte del cautiverio 
del pecado y para salvarte del fuego eterno del infierno, 
aunque hayas sido echado en él, por las manos de los enemigos 
de Dios y del nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo!

LA ALABANZA A TU DIOS, TE HA DE LLENAR DE LA GLORIA CELESIAL

Es por esta razón, que los ángeles, arcángeles, serafines, 
querubines y demás seres santos de nuestro Padre Celestial: 
alaban y honran su nombre sagrado, desde el comienzo de sus 
días y hasta nuestros días, también, en el cielo y en el 
resto de su creación. Y porque ellos alaban y honran el 
nombre de nuestro Padre Celestial día y noche y sin cesar, 
entonces sus corazones y sus espíritus celestiales son 
repletos de la gloria divina, de la presencia de Dios, de su 
Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Y es ésta gloria, de alabar y de honrar a su Dios, es que los 
hace a cada uno de ellos eternamente gloriosos y, a la vez, 
les da esa distinción particular de sus vidas celestiales, en 
el reino de los cielos, por ejemplo, que los hace ver, como 
grandes y sumamente santísimos, ante los ojos de toda la 
creación. Pues así también el hombre, la mujer, el niño y la 
niña de la tierra, cada uno de ellos es lleno del Espíritu de 
Dios, cada vez que exalta el nombre de su Dios y de su 
Jesucristo en su corazón, para gloria y para honra eterna de 
la vida santa de su Dios, en los cielos. 

Esto fue lo que le sucedió a Moisés, por ejemplo, después de 
haber hablado con Dios sobre el Sinaí, por cuarenta días y 
cuarenta noches; al bajar del Monte su rostro resplandecía 
con una gloria jamás vista por los hombres; y Moisés tuvo que 
ponerse un velo sobre su rostro, porque su rostro 
resplandecía con una gloria estelar. Pues así también el 
hombre, de hoy y de siempre, si tan sólo le es fiel a su 
Dios, alabándole y rindiéndole gloria y honra a su nombre 
santo, en su corazón y en su alma eterna, también, día a día 
y por siempre, en todos los lugares de la tierra y del 
paraíso, en el cielo. 

En la medida en que, la alabanza, al nombre sagrado de 
nuestro Dios y de su Jesucristo, es para nosotros, también, 
los que amamos y honramos a nuestro Dios, en nuestras vidas y 
en todos los lugares de la tierra. Porque cada alabanza del 
corazón y del alma del hombre es realmente un paso más hacia 
el crecimiento espiritual de su vida, en la tierra y en el 
paraíso, de igual forma, para jamás volver a ser el pecador 
de toda la tierra de siempre, que todo mundo conocía, por 
ejemplo, en el mundo de la mentira y del mal. 

Porque las alabanzas de nuestros corazones y de nuestros 
labios, hacia nuestro Padre Celestial que está en los cielos, 
son para que nuestros corazones no solamente crezcan cada vez 
más hacia el conocimiento santo y perfecto de su nombre 
sagrado, sino también para que nuestras almas sean felices 
con Él y con su Espíritu Santo, en donde sea que vivamos. 
Porque la felicidad del corazón y del alma del hombre, de la 
mujer, del niño y de la niña, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, es muy 
importante para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, para que su Espíritu Santo obre con sus dones 
sobrenaturales en nuestras vidas. 

Y así ayudarnos a crecer, a cada uno de nosotros, en nuestros 
millares, en todos los lugares de la tierra, en sus 
maravillas, en sus milagros y en sus prodigios terrenales y 
celestiales: porque cada una de estas bendiciones celestiales 
en nuestras vidas es muy importante, para nosotros poder 
vivir nuestras vidas normalmente, en la tierra y en el 
paraíso. Porque para vivir nuestras vidas, en un mundo como 
el de hoy en día, por ejemplo, se necesita poder, mucho poder 
del cielo. 

Por cuanto, el mundo tiene poder de las profundas tinieblas 
de Lucifer y de sus ángeles caídos, y nosotros tenemos poder 
del cielo, por naturaleza humana, espiritual y divina 
también; porque hemos sido formados en la imagen y conforme a 
la semejanza omnipotente de nuestro Dios, de su Espíritu 
Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Y 
estos poderes se oponen el uno al otro, en nosotros y entre 
nosotros mismos, también, en el cielo y en la tierra, como 
con Adán y Eva en el paraíso, porque éste es un ejemplo 
clásico entre el bien y el mal, en la vida del hombre y del 
Señor Jesucristo, para aprender de estas fuerzas opositoras, 
por siempre. 

Por lo tanto, estos poderes sobrenaturales, para edificar y 
así ayudar a nuestras vidas a desarrollarse con normalidad, 
han descendido del cielo, desde los primeros días de la 
antigüedad, como en génesis 1:2, por ejemplo, cuando el 
espíritu de la sangre bendita del "Cordero de Dios", el Señor 
Jesucristo ya venia sobre cada uno de nosotros por directriz 
celestial. Y esto sucedía en toda la tierra, aunque todavía 
no habíamos nacido del vientre de nuestras madres, por 
ejemplo, para ayudarnos a levantarnos, del polvo de la tierra 
y nacer como humanos para vivir día a día nuestras vidas, en 
el mundo y hasta aun más allá de la muerte, en la eternidad 
del nuevo reino infinito de los cielos. 

Entonces todos estos poderes que hemos de recibir día y noche 
de parte de nuestro Padre Celestial, por medio de su Espíritu 
y de Jesucristo, han de ser para nosotros aprender a ser 
fuertes ante el mal y servirle a Él, como nuestro único Dios 
soberano de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, hoy y 
por siempre. Y Dios ha de continuar enviándonos de su 
Espíritu Santo y sin cesar, lleno de sus dones 
sobrenaturales, porque lo necesitamos para crecer en el 
servicio sagrado de su nombre, en nuestros corazones, en 
nuestras almas eternas y en nuestras vidas terrenales y 
celestiales, también, para la eternidad venidera del nuevo 
reino de los cielos. 

Dado que, nuestro Dios muy bien sabe que sin su Espíritu 
Santo y sus dones sobrenaturales, entonces no podríamos jamás 
recibirle a Él, ni cantarle a Él, ni menos creer en nuestros 
corazones y decir con nuestros labios su verdad y su justicia 
infinita, de que su "Hijo amado" es el Señor Jesucristo, por 
ejemplo. Es decir, que nadie puede alabar ni darle gloria y 
honra a nuestro Dios, sino no es por el poder sobrenatural, 
de la presencia del Espíritu de Dios, en nuestras vidas; es 
más, nadie podría decir jamás, sin la ayuda del Espíritu 
Santo, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado, por 
naturaleza divina e infinita del cielo. 

Esto es totalmente imposible para el hombre, la mujer, el 
niño o la niña de toda la tierra, creer en su corazón y 
decirlo con sus labios para la eternidad, para justicia y 
para cumplir toda verdad infinita, de que el Señor Jesucristo 
es el Hijo de Dios, el único salvador posible para Israel y 
la humanidad entera. Como ejemplo, hemos hablado de 
Nabucodonosor, él era un rey terrible en Babilonia; todo lo 
que él quería que se hiciese en su reino, entonces sé tenia 
que hacer, sin tolerar oposición alguna nunca. 

Su corazón estaba cerrado para Dios, porque jamás había oído 
hablar de Él; Nabucodonosor sólo conocía su poder, de hacer 
las cosas a su manera, en todo su reino. Y el que se oponía a 
él y a su mandato, entonces tenia que ser echado al horno de 
fuego, para morir condenado. Porque Nabucodonosor no quería 
compartir su vida con nadie que se le opusiese en su vida, o 
en su manera de hacer sus cosas. 

Y siendo así Nabucodonosor, un rey cruel e impío ante Dios y 
ante toda justicia del hombre y del cielo, Dios cambió su 
vida drásticamente. Porque llegaron a su vida personas que 
conocían a Dios y que sólo alababan el poder, la gloria y la 
honra infinita de su Creador y salvador de sus vidas. Y Dios 
hizo con los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo que 
este rey malo e impío, a la vez, ante las cosas de Dios y de 
su reino, que sus ojos se abriesen para que vean a su "Hijo 
Celestial", que caminaba entre las llamas ardientes del fuego 
del horno, como del infierno, por ejemplo, y no se quemaba. 

Y así salvase su alma del mismo fuego del horno, que muy bien 
lo pudo haber matado calcinado, sino no hubiese sido por la 
presencia sobrenatural del Espíritu de Dios y de su Hijo 
amado, el Cordero de Israel, en aquella hora tan crucial para 
su vida, en la tierra y en el más allá, también. Dios 
ciertamente salvo a este rey impío y cruel para entonces 
glorificar su nombre, en su vida y en todo su reino, salvando 
así a muchos de sus pecados y de su muerte segura en la 
eternidad, en el verdadero fuego eterno del infierno, por 
ejemplo. 

Pues así como el espíritu de alabanza al Dios del cielo y de 
la tierra en corazones y en labios fieles a Dios, y no de 
estatuas de oro o de cualquier material del hombre, ha sido 
que ha hecho hombres pecadores, como el rey Nabucodonosor, 
libres de sus tinieblas profundas y de muertes sin fin, en el 
más allá. Para que vean con sus propios ojos viles al "Hijo 
amado de Dios", el Cristo de la salvación y de "la alabanza 
infinita de Israel" y de cada hombre, mujer, niño y niña de 
la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la 
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos.


Libro 148 

ORACIÓN

La oración es la manera en que nos comunicamos 
espiritualmente con nuestro Dios, ya sea que le hablemos a Él 
con nuestro corazón, con nuestro espíritu (o su Espíritu 
Santo); o que le hablemos a Él con nuestros labios o con las 
acciones de nuestras manos o de nuestras vidas, por ejemplo. 
Sea como lo hagamos, si nos estamos refiriendo a nuestro 
Dios, por medio de su fruto de vida, el Señor Jesucristo, 
entonces Él acepta nuestra oración, para recompensarnos con 
el perdón de nuestros pecados y la bendición constante de 
nuestros corazones y de nuestros cuerpos corporales e 
espirituales, también.

En realidad, sólo cuando el Señor Jesucristo ha sido aceptado 
en nuestro corazón y en nuestra vida, ya para nuestro Dios es 
una oración eterna, que no culmina nunca, sino que sigue día 
y noche y por siempre sin cesar, delante de tu presencia 
gloriosa hablándole a Él, que no podríamos hacerlo con 
nuestra lengua o espíritu humano. Pues de la misma manera que 
ha sido así con los ángeles del cielo, lo es igual con cada 
hombre, mujer, niño y niña, sólo fiel a Él, por medio de su 
fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Sólo con invocar el nombre del Señor Jesucristo en nuestros 
corazones y con nuestros labios, en cualquier momento del 
día, ya es una oración perfecta y completa para nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos, por ejemplo. Es más, no 
existe mayor oración para el corazón del hombre, delante de 
Dios y de su Espíritu Santo, que no sea la invocación 
gloriosa del nombre sagrado del Señor Jesucristo. 

Por eso, también, sólo el Señor Jesucristo es la máxima 
expresión de Dios y de la vida santa del reino de los cielos 
hacia el hombre, en el paraíso y sobre toda la faz de la 
tierra. Y viceversa, pues así también, sólo el Señor 
Jesucristo es la máxima expresión del hombre, de la mujer, 
del niño y de la niña de la humanidad entera, delante de Dios 
y de su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en el 
cielo y en todos los lugares de su nueva creación infinita.

Es por esta razón, que nuestro Dios puede comprender y, a la 
vez, bendecirlo profundamente día y noche y para siempre, en 
la tierra y en la eternidad, al hombre, a la mujer, al niño y 
a la niña de la humanidad entera, cada vez que se acerca a 
Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! Y, a la inversa, el corazón del hombre sólo puede 
entender y hasta conocer al Creador de su vida, sólo por 
medio de la invocación, de la vida, muerte, resurrección y 
elevación celestial, de su único salvador posible, en el 
paraíso y en toda la tierra, también, por supuesto, hoy en 
día y por siempre, ¡el Señor Jesucristo!

Es decir, que sin la oración perfecta de la presencia del 
Señor Jesucristo, ya sea en el corazón de nuestro Dios o en 
el corazón del hombre de la tierra, entonces no fuese posible 
jamás ninguna comunicación de Dios a hombre o de hombre a 
Dios, sino todo lo contrario. Porque realmente que todo seria 
profundas tinieblas y ceguera perpetua en la vida del reino 
de los cielos y así también en la vida del hombre y en todos 
los lugares de la tierra, igual como el más allá, como el 
infierno o el lago de fuego, por ejemplo.

Es por eso, también, que sólo el Señor Jesucristo es la 
confesión de amor perfecto del corazón de nuestro Padre 
Celestial hacia la humanidad entera, en todos los lugares de 
la tierra, comenzando en la historia de Israel, por ejemplo, 
con sus patriarcas de siempre. Y, de la misma manera, sólo el 
Señor Jesucristo es la perfecta confesión de amor del corazón 
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la 
humanidad entera, para Dios, para su Espíritu Santo y para 
cada ser santo de más allá, como ángeles, arcángeles, 
querubines y demás seres santos del reino celestial.

Por ello, sin el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del 
hombre, entonces no hay arrepiento, ni menos confesión de 
pecado alguno posible, delante de Dios y de su reino 
celestial, en el cielo. De ello, también, nuestro Padre 
Celestial no podría jamás perdonar ningún pecado de la vida 
del hombre en toda la tierra, sino que todo seguiría siendo 
pecado, maldad y violencia infinita, en todos los lugares de 
la vida del hombre y hasta en el paraíso y en el infierno, 
también, eternamente y para siempre.

Es por eso, que los profetas les decían a los antiguos día y 
noche y sin cesar jamás en sus enseñanzas y predicaciones 
usuales del nombre y de la palabra del SEÑOR, diciéndoles: 
Todo aquel que invoque el nombre del SEÑOR, en los últimos 
días, ha de ser salvo de sus pecados y entrara a la vida del 
reino celestial. Y la gente les creían a las palabras de los 
profetas, para aceptar al Cordero Divino y así ser perdonados 
de sus pecados, para ser redimidos para la venida del nuevo 
reino de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Gran Rey 
Mesías de Israel y de la humanidad entera, el único Hijo 
posible de David, ¡el Cristo! 

LA ORACIÓN ES PARA CONFESAR PECADOS

Porque es importante que cada uno de ustedes se confiese sus 
pecados delante de Dios, en el nombre sagrado de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, para perdón y para que sus 
nombres sean inscritos en "el libro de la vida" del reino de 
los cielos. Porque el Señor Jesucristo es nuestro único 
Cordero Celestial, y sólo el espíritu de su sangre santa nos 
limpia de todo pecado, delante de la presencia sagrada de 
Dios y de su Espíritu Santo, también, en la tierra y en el 
paraíso, para siempre. 

Pues nada hay mejor que la sangre del Señor Jesucristo para 
bendecir nuestros corazones y sanarnos de nuestros males, aun 
hasta los que la ciencia no entiende ni menos puede curar, 
por ejemplo. Pero para nuestro Dios no hay nada que él no 
conozca debajo del cielo, en toda la tierra, que no puede 
solucionar con su Espíritu, con su palabra y con su nombre 
sagrado y todopoderoso, también. Es por eso que la sangre del 
Señor Jesucristo es lo más poderoso que haya descendido del 
cielo, para limpiar y bendecir la vida del hombre y toda la 
tierra, también, a la vez. 

Por lo tanto, para nuestro Dios todo está al descubierto, 
sólo por medio del espíritu de la vida, de la sangre sagrada 
y sobrenatural del Señor Jesucristo, su Hijo amado, en el 
cielo y en la tierra. Es por eso, que nuestro Dios ha enviado 
a su Hijo amado al mundo, para que por medio de Él, entonces 
pueda tener un acercamiento y conocimiento perfecto de cada 
uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, en 
el paraíso, nuestro primer hogar de nuestras vidas 
celestiales, en el más allá. 

Porque a Adán y a Eva, nuestro Dios los creo del polvo de la 
tierra, para darles de comer y de beber sólo de su fruto de 
vida eterna, el Señor Jesucristo, para que vivan y así 
entonces le puedan conocer a Él perfectamente; de otra manera 
es imposible que el hombre le conozca a Él, como a su Dios. 
Pero como le desobedecieron para comer y beber entonces del 
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, 
pues, ya nuestro Dios no los conocía. Nuestro Dios no los 
conocía ni a nosotros tampoco, porque sus vidas habían 
cambiado totalmente a la forma de que ellos eran antes, como 
en el día de su creación, por ejemplo, santos y perfectos en 
toda su caminar por el cielo. 

En realidad, desde ese momento en adelante, ambos comenzaron 
a alejarse cada vez más y más de su vida normal, de su vida 
celestial del reino de los cielos, no sólo para no vivir del 
Árbol de la vida, sino también para no conocer a su Dios y 
Creador de sus vidas, para siempre. Por ello, nuestro Dios no 
podía tener un acercamiento pleno con el hombre y con su 
mujer, porque el pecado había invadido sus vidas, 
cambiándolas drásticamente de su luz celestial a la luz de 
las profundas tinieblas, de las palabras de mentira y de 
muerte eterna de Lucifer, por medio de la boca, de la 
serpiente antigua del Edén. 

Aquí fue cuando tu vida cambio, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana, para no poder jamás ver ni menos conocer al 
Señor Jesucristo y a su Padre Celestial, porque las tinieblas 
del más allá te lo impedían, haciéndote cada vez más ciego 
que antes. Entonces ya Dios nos podía tener una comunicación 
plena para con el hombre ni para con ninguno de sus 
descendientes, comenzando con Eva ni con ninguno de sus 
descendientes en toda su creación celestial y en la tierra, 
también. 

Es más, el hombre y la mujer ya no podían orar a su Dios y 
Creador de sus vidas, porque se encontraban muy lejos de Él y 
de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Y esto era 
muerte constante para ellos y para sus descendientes día y 
noche y por siempre, en todos los días de sus vidas por la 
tierra y en el más allá, también, como en el infierno, por 
ejemplo. 

Es por eso, que era muy necesario que su Árbol de vida, el 
Señor Jesucristo, descendiese al mundo, para no sólo 
conquistar al mundo, sino también para conquistar cada vida 
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera; es 
decir, para regresarlos a su habita normal del cielo, como en 
el principio, pero con mayor gloria. Para que de esta manera, 
Dios pueda tener una comunión y un conocimiento perfecto del 
hombre y de los suyos, también, en toda la tierra, en el 
paraíso y en todo el nuevo reino de los cielos. 

Y sólo así, por medio del espíritu de vida, de la sangre 
sagrada y sobrenatural de su Hijo amado, entonces perdonar 
sus pecados y sanar sus almas, por medio de la oración. Es 
por eso, que la oración es muy importante entre nuestro Dios 
del cielo y el hombre de toda la tierra, en el nombre sagrado 
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Porque, además de todo, sólo el Señor Jesucristo es la 
oración que nuestro Dios oye en el cielo y por toda la 
tierra, también; y fuera del Señor Jesucristo no existe 
ninguna oración que valga delante de Dios para los ángeles y 
así también, para todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera. Es más, cada oración es eterna, por muy 
pequeña que sea, por tanto, no morirá jamás, sino que será 
por siempre recordada en el libre del SEÑOR y estará en las 
copas de oro, del altar de Dios, en el cielo, por ejemplo, 
para la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. 

Y, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
muchos de tus problemas y dolencias de tu corazón y de tu 
cuerpo entero, son por razones de la falta de comunicación y 
de oración para con tu Dios, en el nombre del Señor 
Jesucristo, que está en los cielos. Porque si la oración y la 
alabanza le faltasen al corazón del ángel del cielo, por 
ejemplo, moriría como Lucifer y como los ángeles caídos han 
muerto para Dios y para su vida celestial; y, hoy en día, se 
encuentran, muchos de ellos encadenados en profundidades de 
grandes tinieblas del más allá, hasta el día de su juicio 
final. 

Pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de toda 
la tierra, del ayer y de siempre, sin la oración en sus 
vidas, entonces no son nada para Dios, en el paraíso ni en 
toda su nueva creación venidera. Es decir, que si tú orases 
al SEÑOR, como debes de hacerlo día y noche, en el nombre 
sagrado de su Hijo amado, entonces todos tus problemas y 
dolencias de tu vida, ya sean de tu corazón o de tus cuerpos 
espirituales y corporales, serian sanados y eliminados 
eternamente y para siempre. 

Ya que, nuestro Señor Jesucristo sana el cuerpo del hombre y 
le da vida en abundancia para que siga viviendo su vida 
normal, no sólo en la tierra, sino también en su nueva vida 
infinita del nuevo reino celestial. Y esto seria en ti, en un 
momento de poder sobrenatural, por el poder de la oración, en 
el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para que los dones 
maravillosos del Espíritu de Dios y de su Árbol de vida 
eterna actúen en tu vida día y noche y sin cesar y hasta 
librarte de todo lo que agobia tu vida. 

Y todo esto es verdad, para todo hombre, mujer, niño y niña 
de toda la tierra, que tan sólo se acerque a su Dios, en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, desde 
hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera. Porque 
nuestro Dios sólo honra la presencia del nombre sagrado del 
Señor Jesucristo cada vez que nos acercamos a Él, para orar y 
para pedirle de su amor y de sus muchas y ricas bendiciones, 
de las maravillas, milagros y prodigios sobrenaturales, en la 
tierra y en el cielo, de su Espíritu Santo y de su Árbol de 
vida eterna. 

Por lo tanto, la oración es poder de Dios y de su Espíritu 
Santo, para toda vida humana del paraíso y de la tierra, 
también, para miles de siglos venideros en el nuevo reino 
celestial. De otra manera, nuestro Dios no nos puede oír, por 
lo tanto, no nos puede perdonar nuestros pecados, ni menos 
nos va a bendecir nuestros corazones y nuestros cuerpos 
espirituales y corporales, en la tierra ni en el más allá, 
tampoco. 

En realidad, sin la oración, quien realmente es Cristo Jesús, 
Señor nuestro, en nuestros corazones, en nuestros labios y en 
nuestras vidas terrenales y celestiales, también, entonces 
estaríamos muertos para siempre, para nuestro Dios y para su 
Espíritu Santo. Seria como si nosotros no tuviésemos vida 
alguna delante de nuestro Creador y de su vida celestial en 
el cielo; estaríamos totalmente ausentes a toda verdad y a 
toda justicia celestial, también, no por un tiempo, sino para 
siempre, en la eternidad. 

Y nuestro Dios no nos ha creado en sus manos santas del lodo 
de la tierra, para que no nos comuniquemos con Él, ni menos 
para que no le conozcamos jamás; esto es absurdo y, a la vez, 
contraproducente, perjudicador para Él y para su Espíritu 
Santo. Es por eso, que el nombre del Señor Jesucristo tiene 
que estar viviendo en nuestros corazones, para no 
perjudicarse Él, ni su Espíritu ni su Árbol de vida ni a 
nosotros mismos. 

Para que entonces nuestro Padre Celestial pueda actuar con 
mucha libertad en nuestras vidas y en nuestros espíritus 
humanos, para hacer que los dones sobrenaturales de su 
Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
comiencen a obrar en nuestras vidas con sus poderes 
sobrenaturales, hasta librarnos de todos los males del 
enemigo eterno, Lucifer. Y esto ha de ser así con cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, familias y reinos del mundo entero, hasta que nos 
libren de los males por completo, y sanen nuestros cuerpos 
espirituales y corporales, eternamente y para siempre, para 
servirle a nuestro Dios, en la tierra y así también en el 
cielo.

Porque sin el Señor Jesucristo, entonces el ángel no podría 
servirle a su Dios en el cielo, ni menos el hombre, la mujer, 
el niño y la niña, en el paraíso o en toda la tierra. Porque 
esto fue, realmente, la caída del Arcángel Lucifer y de sus 
ángeles rebeldes de la gloria del cielo, en el día que 
dejaron de servirle a su Creador Celestial, por medio del 
Señor Jesucristo, en sus corazones. Pues así también sucedió 
con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo; ambos dejaron de 
servirle a Dios, en el día que dejaron a un lado el fruto de 
vida, a Jesucristo, para servirle a Lucifer, al creer en sus 
mentiras y al comer y beber del fruto prohibido del árbol de 
la ciencia, del bien y del mal. 

Entonces desde hoy mismo, cada uno de ustedes, en todos los 
lugares del mundo entero, acérquese con mucha confianza en 
sus corazones, a su Dios y Creador de sus vidas, al 
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera. Porque 
nuestro Dios mismo los ama, con su amor sobrenatural, por 
medio del espíritu de vida, de la sangre viviente y 
eternamente honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
para sanar sus cuerpos y darles vida en abundancia, en la 
tierra y así también en el cielo, eternamente y para siempre. 

Porque delante de su presencia santa, sólo hay gloria y honra 
para sus vidas, si sólo le creen a Él, por el espíritu de 
amor sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en 
sus corazones y en todos los días de su vida por la tierra, 
por ejemplo. Es decir, si sólo le creen a Él, por medio del 
amor que Él manifestó en sus días de vida por Israel y hasta 
que finalmente entrega su alma, en sacrificio santo y puro, 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
en Israel, no sólo para bendecir a Israel sino a la humanidad 
entera, también. 

Y nuestro Padre Celestial lleva acabo éste gran sacrificio 
supremo de su misma vida santa, para ponerle fin a sus 
pecados y así entonces entregarles vida en abundancia, en la 
tierra y en el paraíso, también, desde hoy mismo y para 
siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial y 
de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Para que 
entonces también, cada uno de ustedes, hoy en día y como 
siempre, en la eternidad venidera, se acerquen al trono de la 
gracia y de la misericordia de Dios y de su Espíritu Santo, 
para que los bendiga grandemente y sobrenaturalmente, para 
siempre. 

Es decir, para que Él mismo los limpie de sus pecados y colme 
de bendiciones sus vidas y la de los suyos, también, en toda 
la tierra, no importando jamás la distancia. Porque el deseo 
constante del corazón de nuestro Padre Celestial es de 
amarlos y de bendecirlos día y noche en la tierra y así 
también en su nueva vida venidera del nuevo reino de los 
cielos, en el más allá.

NUESTRO DIOS NO ES INJUSTO PARA OLVIDAR SUS ORACIONES 

Pero aunque nosotros hablamos así siempre del amor 
sobrenatural de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, 
el Señor Jesucristo, mis estimados hermanos y estimadas 
hermanas, entonces en cuanto a ustedes estamos más que 
persuadidos de cosas mejores que conducen a la salvación, 
para alcanzar la vida eterna, desde sus mismas vidas de 
siempre, en toda la tierra. Porque nuestro Dios no es injusto 
jamás para olvidar sus obras, sus oraciones y el espíritu de 
amor que han demostrado por su nombre sagrado en sus 
corazones, porque, además, han atendido a los fieles leales a 
su Hijo amado y, también, aun lo siguen haciendo, sin 
detenerse por nada, por donde sea que vayan a vivir en la 
tierra. Y este bien habla mucho de ustedes a Dios.

Siempre lo que hagan es muy bueno para ayudar a la vida del 
hombre, sea quien sea la persona, en la tierra; por ello, su 
Dios que lo ve todo, realmente se goza de todo corazón por 
ustedes mismos, por sus oraciones y por sus buenas obras 
sobrenaturales hechas en el nombre sagrado de su Hijo amado, 
¡el Señor Jesucristo! Porque todo lo que ustedes han hecho y 
pronunciado en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, es realmente para la eternidad; es decir, para 
vivir la felicidad eterna, en el mismo corazón de nuestro 
Dios, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo eternamente y para siempre, en el nuevo reino 
celestial. 

Por eso, deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma 
diligencia para ir logrando, plena certidumbre de la 
esperanza hasta el final, a fin de que no sean perezosos en 
ninguna de las obras de siempre, sino imitadores de los que 
por la fe y la paciencia heredaron las buenas promesas del 
SEÑOR, de salud y de vida eterna. Porque cuando Dios hizo la 
primer promesa a Abraham para perdón de pecados, por medio 
del sacrificio de la sangre, de su mismo Jesucristo, en la 
vida de Isaac, por ejemplo, entonces lo hizo con la certeza 
de la verdad y de la justicia de su amado, para bendecir por 
medio, de una a vida eterna a la humanidad entera. 

Y esta promesa de sangre y de perdón para vida, en la tierra 
y en el paraíso, como en su ciudad celestial del gran rey 
Mesías, por ejemplo, puesto que no podía jurar por otro mayor 
que Él, pues entonces juró, sin pensarlo dos veces, nuestro 
Dios por su mismo nombre; es decir, que realmente, Él jura 
por sí mismo. Porque la verdad es que no hay nadie mayor que 
Él y que su nombre santo, en el cielo ni en la tierra ni 
hasta aun en su nueva creación celestial del más allá, entre 
los ángeles del cielo y los hombres redimidos por la sangre 
viviente, del Cordero Celestial, ¡el Señor Jesucristo! 

Puesto que, si hubiese existido alguien mayor que nuestro 
Dios y que su nombre santo y eternamente salvador, entonces 
nos lo hubiese anunciado hace mucho tiempo ya; y, es más, le 
hubiese hecho cada uno de sus juramentos al hombre de la 
tierra, porque aquel mayor que Él y por su nombre, también. 
Pero la verdad es que no existe nadie mayor que nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos; ni nadie más sublime que su 
Árbol de vida existe entre los ángeles del más allá y entre 
los hombres de toda la tierra, del ayer y de siempre, 
también. 

Por lo tanto, éste juramento que nuestro Padre Celestial le 
hizo a Abraham, realmente fue un juramente por el espíritu de 
la sangre sagrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
sobre su altar del sacrificio supremo, para redimir 
eternamente y para siempre a la humanidad entera, del poder 
de las tinieblas del fuego eterno, del mismo infierno. Para 
que los que crean en este juramento divino, entre Dios y el 
hombre, entonces sea redimido por el mismo pacto, del 
sacrificio supremo de Padre a Hijo, sobre la cima de la roca 
eterna, para derramar la sangre de la salvación, para que el 
pecado deje de existir, de una vez por todas y para siempre, 
en toda vida. 

Y esto ha de ser verdad, desde hoy mismo y para siempre, en 
la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, sólo 
de la fe viviente, del nombre sagrado de su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera, también, 
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino celestial. 
Por lo tanto, éste juramento de bendición y de salvación 
eterna es santo (y como otro no hay igual, en el cielo ni en 
la tierra), para bendecir la vida del hombre de todos los 
tiempos, en toda la tierra. 

Es más, éste es un juramento realmente de sangre para vida y 
para salud eterna, de todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, comenzando con la casa de Israel, por 
ejemplo. Y ésta sangre del primer juramente de nuestro Padre 
Celestial, al hombre de la tierra, no es una sangre de los 
animales que se suelen escoger meticulosamente para el 
sacrificio sobre el altar del SEÑOR, sino que es mucho más 
que esto y hasta aun más poderoso que los poderes 
sobrenaturales de la gloria celestial del reino celestial. 

En realidad, ésta sangre es una "sangre real y única", de su 
propio espíritu, de su propia vida, por lo tanto, de su 
propia sangre sagrada del más allá, de la vida santa del 
reino de los cielos, como del Árbol de la vida, por ejemplo, 
su Hijo amado, ¡el único santo de Israel y de la humanidad 
entera! Por todo ello, cuando nuestro Dios hizo su primer 
juramento de perdón, de vida y de salvación eterna al hombre, 
entonces lo hizo por amor al espíritu de la sangre bendita 
del Señor Jesucristo, por la cual, él sabia muy bien en su 
corazón, que jamás le iba a fallar, en esta vida ni en la 
venidera, tampoco, para siempre. 

Entonces ha sido por el espíritu de ésta sangre santísima que 
Dios ha redimido del mal de Lucifer, a todos los ángeles del 
cielo, porque cada uno de ellos ha sido redimido también, por 
el Señor Jesucristo, en el día de la rebelión angelical de 
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, en el reino de 
los cielos. Pues así también, éste espíritu de la sangre del 
Señor Jesucristo te perdona, te redime, te sana y hasta te 
bendice día y noche, desde su altar celestial, por sus 
poderes y autoridades sobrenaturales de parte de Dios, para 
ti y para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, si sólo crees en Él, de todo corazón. 

Y, en esta hora crucial para tu vida, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, si la sangre del Señor Jesucristo está 
en tu corazón, entonces también el espíritu del primer 
juramento de vida, el cual Dios se lo hizo a Abraham, para 
traer sólo vida y salud sobre la tierra en la vida de Isaac, 
pues, está en ti. En verdad, también ha de estar en ti y en 
la vida de los tuyos, también, el espíritu de éste gran 
juramento, en donde sea que se encuentren en la tierra, para 
perdonar sus pecados, y así entonces sanar y por siempre 
bendecir sus vidas con los dones sobrenaturales, de su 
Espíritu Santo y de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! 

Y Dios ha de bendecir tu vida, hoy mismo, si sólo dejas que 
su Espíritu obre en tu vida milagrosamente, así como bendijo 
a Abraham y a cada uno de los antiguos, porque tu bendición 
eterna ha sido hecha con el espíritu de la sangre del pacto 
de vida y de salud, para tu vida y para los tuyos, también. 
Para que sólo entonces conozcas la vida y la salud infinita 
de tu corazón y de tu alma viviente, en la tierra y en el 
paraíso, también, desde hoy mismo y por siempre, en la 
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos. 

Porque al fin y al cabo de todas las cosas en tu vida, tus 
pecados han de morir eternamente y para siempre, pero jamás 
morirá el espíritu del juramento del pacto eterno de perdón, 
de vida y de salud infinita para tu alma viviente ni para los 
tuyos, tampoco, en la tierra ni menos en el más allá. Por 
eso, es  muy bueno que honres al SEÑOR con tus oraciones 
hechas siempre a Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado, 
el Señor Jesucristo, para que bendiciones antiguas y de 
siempre se hagan una realidad eterna en tu corazón y en tu 
vida, también, día y noche y hasta siempre, en la nueva 
eternidad venidera del cielo. 

Y esto ha de ser en ti y en cada uno de los tuyos, una 
realidad indiscutible en el paraíso y en la tierra, desde hoy 
mismo y eternamente y para siempre, en la nueva vida venidera 
del nuevo más allá de Dios y de su Hijo amado, su Árbol de 
vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque cada 
bendición que nuestro Dios le ha entregado al hombre de la 
humanidad entera, por amor al espíritu de la sangre viviente, 
del pacto infinito de bendición y de salvación de su alma 
eterna, comenzando con Abraham e Isaac, por ejemplo, es para 
la eternidad; y nadie se la podrá arrebatar jamás, en todos 
los días de su vida. 

Porque todo lo que nuestro Dios le ha entregado al hombre de 
la tierra, ha sido realmente por medio de la oración y del 
espíritu de vida santísima de la sangre, del pacto eterno de 
nuestro Señor Jesucristo, en la antigüedad y en nuestros 
días, también, en todos los lugares de la tierra, por el 
poder de su evangelio eterno. Es por esta razón, también, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, que la oración es de 
suma importancia en tu vida, para no sólo hablar con Dios, 
sino también para todas las cosas en la tierra y del más 
allá, como las del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. 

Como por ejemplo, para recibir cada una de sus muchas y 
grandes bendiciones de sus dones sobrenaturales, de milagros, 
de maravillas y de grandes regalos de vida y de salud 
infinita de su vida celestial del paraíso o de su Nueva Gran 
Jerusalén Celestial e Infinita; en donde sólo había la verdad 
y la justicia para todos, por igual. Y, es más, ha sido por 
estos lugares celestiales de la nueva vida del nuevo reino 
celestial, por los cuales, nuestro Dios mismo, con la ayuda 
idónea de su Espíritu y de su Hijo amado, es que te ha 
rescatado del polvo de la muerte, para transformarte en su 
vida y en su salud infinita, para la nueva eternidad 
venidera.

LOS SERES SANTOS DEL CIELO SE POSTRAN ANTE ELCORDERO

Pues en el cielo, cuando el libro se abre para ser leído por 
los ángeles delante de Dios, entonces los cuatro seres 
vivientes y los veinticuatro ancianos alrededor de su trono 
se postran delante del Cordero, ¡el Señor Jesucristo! Y cada 
uno de ellos lleva en su mano un arpa y copas de oro. El arpa 
es para adorar a Dios y a su Cordero Santo. Y las copas de 
oro son para presentarlas a Dios, porque están llenas de 
incienso, que son las oraciones de los santos de la iglesia 
del Señor Jesucristo, de los cuales han creído en Él y en el 
perdón de sus pecados, por medio del poder sobrenatural de la 
oración y de la sangre bendita de su sacrificio supremo. 

Es decir, que las oraciones de todos los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la humanidad entera, desde los días de Adán 
y Eva en el paraíso y en la tierra, también, están escritas 
en el libro de nuestro SEÑOR y, también, llenan copas de oro, 
sobre la mesa de su altar celestial, para ser recordadas por 
Él, por siempre. Para ser recordadas, como hoy en día por 
ejemplo, por nuestro Dios mismo y por su Cordero Escogido, el 
Señor Jesucristo, para honrar la vida de cada uno de sus 
fieles, en toda la tierra, para bendecirlos por sus propias 
palabras y por sus propias buenas acciones, para con ellos 
mismos y para con los demás también. 

Porque nuestro Dios jamás se ha de olvidar de ninguna de las 
oraciones de sus fieles, de los que han llegado a creer en 
Él, por medio de la vida y de la sangre santísima de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera, 
también. Como en el paraíso, por ejemplo, o como en su Nueva 
Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino de los cielos, en 
donde cada una de sus oraciones, peticiones, ruegos, 
aclamaciones e intercesiones y buenas obras de sus vidas, 
están escritas en el libro del SEÑOR. 

Y, además, estas oraciones hacen rebosar las copas de oro del 
altar eterno de su Cordero Celestial, el Señor Jesucristo, 
para ser recordadas por siempre y así entonces bendecir a 
cada uno de ellos, según hayan sido sus vidas, delante de Él 
y de Espíritu Santo, en todos los días de sus vidas, por la 
tierra y en el paraíso, también. Porque nuestro Dios jamás se 
ha de quedar con la bendición de ninguno de sus siervos o de 
sus siervas en toda su creación, sino que los ha de bendecir 
por siempre, según sea su voluntad bendita para con cada uno 
de ellos, en la tierra y en el paraíso, también. 

En fin, a la vida eterna hemos de regresar al paraíso, para 
servirle a nuestro Dios, por medio de su Árbol de vida, en el 
espíritu y en la verdad de su sacrificio supremo de perdón, 
de bendición y de salud, en la tierra y en el más allá, 
también, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad 
celestial. Porque, además de todo, cada una de las oraciones 
de los fieles, al nombre del Señor Jesucristo delante de 
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, en la tierra 
y en el paraíso, son para bendecir sus vidas eternas, desde 
hoy mismo, por ejemplo, en la tierra y hasta finalmente 
entrar a la nueva vida eterna del cielo. 

Es más, nadie jamás ha de entrar a la vida santa del Árbol de 
la vida, en el paraíso o en la nueva ciudad del Gran rey 
Mesías, sino ha recibido en su corazón y en toda su vida sus 
bendiciones terrenales y del paraíso, también, del pacto 
eterno del sacrificio supremo, de la sangre del Cordero 
Escogido de Dios. Porque el que entré a la nueva vida del 
reino de los cielos, realmente, tiene que haber recibido 
muchas, si no todas, sus bendiciones de parte de su Dios y de 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para seguir viviendo su 
vida celestial e infinita, por la cual fue creado en las 
manos de Dios, en el cielo. 

Porque así como se necesita poder en la tierra para vivir una 
vida humana, pues aun mayor en el más allá, se necesita mucho 
más poder de Dios y del Señor Jesucristo, para contrarrestar 
y, a la vez, destruir cada una de las artimañas de Lucifer y 
de sus ángeles caídos, por ejemplo, para poder vivir en el 
paraíso eternamente. Para que no nos vuelva a suceder lo que 
le sucedió a los ángeles del cielo, por ejemplo, en el día de 
la rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos. 

O, también, lo que le sucedió a Dios y a su Árbol de la vida, 
cuando Lucifer se acerca a la serpiente con gran engaño en su 
corazón, para engañar a Eva y luego finalmente destruir la 
vida de Adán en el paraíso y a cada uno de sus descendientes, 
también, en sus millares, por doqui