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date: Tue, 05 Jun 2007 21:47:08 GMT,    group: uk.rec.interior-design        back       
(IVAN): REGOCIJANDONOS EN DIOS   
Sábado, 02 de Junio, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 


REGOCIJÁNDONOS EN EL SEÑOR 

Nuestro Padre Celestial nos ha rescatado de las profundas 
tinieblas de la tierra, como del polvo de la muerte, para que 
vivamos gozosos no en el pecado y en sus maldades infinitas, 
sino en la verdad, el camino y la vida gloriosa de su 
palabra, de su Espíritu Santo y de su nombre bendito y 
eternamente glorioso. De otra manera, nuestro Dios ni su Hijo 
amado ni su Espíritu Santo, jamás se hubiesen molestado en 
rescatarnos del polvo de la tierra, para formarnos en sus 
manos santas: en la imagen y conforme a la semejanza de 
nuestro Creador y sólo así entonces vivamos infinitamente, 
para su verdad y para su justicia celestial. 

En verdad, sin Dios y su Espíritu Santo fuésemos como cada 
una de todas las profundas tinieblas del mundo perdido de las 
profundidades de la tierra, y peor aun, más diablos que el 
mismo Lucifer y sus ángeles caídos, tal vez; es más, sin duda 
alguna, fuésemos terribles diablos del infierno, para 
destruir todo lo bueno que Dios ha creado. Porque nosotros 
hemos sido formados, no como los ángeles, arcángeles, 
serafines, querubines o demás seres santos del reino 
infinito, sino como el mismo Dios del cielo y de toda la 
tierra. Y esto es poder de lo alto, del más allá, como del 
paraíso, por ejemplo, para edificar por siempre nuestras 
vidas celestiales y terrenales, a la misma vez.

Somos tan iguales a nuestro Creador en su imagen y conforme a 
su semejanza, que cuando el Señor Jesucristo se manifestó en 
la tierra, en realidad, éramos iguales a Él mismo; la única 
diferencia entre nosotros, Dios y el hombre, es el pecado que 
nos separa, pero de otra manera, somos iguales en los ojos de 
Dios y sus ángeles. Ciertamente, el pecado, en el día que 
entro en nuestros corazones, en nuestras vidas, entonces nos 
comenzamos a perder para jamás volver a nuestras vidas 
celestiales e infinita, por las cuales Dios nos había creado 
en el principio, para vivirla y gozarla infinitamente en el 
paraíso con Él y con su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, 
¡el Mesías! 

Realmente, estábamos tan perdidos en el paraíso, como en la 
tierra de nuestros días, por ejemplo, que nadie podía hacer 
nada por nosotros, en toda la creación, para redimirnos de 
nuestros males infinitos y así saciar nuestra hambre y sed 
por la verdad y por la justicia redentora de nuestro Padre 
Celestial, de su Espíritu Santo y de su Jesucristo. Estábamos 
tan perdidos y ciegos en nuestras profundas tinieblas, que no 
veíamos a Dios ni a su Árbol de vida eterna, nuestra única 
verdadera vida infinita del paraíso, de la tierra y del nuevo 
reino celestial, en los días venideros del más allá. 

Pero nuestro Dios tuvo misericordia de nosotros y nos 
rescato, sin embargo, con el poder de su Árbol de vida y su 
Espíritu tuvo que hacerlo, para que hoy mismo, por ejemplo, 
podamos ver la vida, manifestada en nosotros mismos, tal como 
ha sido por siempre en la vida misma de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esta vida celestial y de Dios 
viene a nosotros día y noche, en los poderes gloriosos y 
sumamente honrados de su Espíritu Santo, desde los primeros 
días del génesis 1:2, por ejemplo, para subyugar a cada una 
de las profundas tinieblas del más allá, para gloria y para 
honra de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. 

Puesto que, nuestro Dios tiene que ser glorificado en cada 
una de las profundas tinieblas del mundo bajo y de Lucifer 
con sus ángeles caídos, para que entonces haya justicia para 
Él y para su nombre sagrado, y sólo así pueda venir entonces 
a nosotros una nueva época de vida y de salud infinita, en el 
nuevo reino celestial. Además, ésta vida infinita de Dios y 
de su Hijo amado no es para nadie más que para nosotros, de 
Adán y de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, en toda la tierra, en el paraíso y en el reino nuevo 
reino de los cielos. 

Además, nuestro Dios desea que la aceptemos hoy mismo o 
cuanto antes mejor, para que se comience a hacerse una 
realidad en nuestros corazones, en nuestros espíritus y en 
nuestras almas infinitas, también, para la nueva eternidad 
venidera de Dios y de su Árbol de vida, rodeado por siempre 
de su humanidad infinita y de sus millares de huestes 
celestiales. Porque ésta es la verdadera vida infinita, la 
cual Dios pensó y deseo para cada uno de nosotros, comenzando 
con Adán y Eva en el paraíso, y más no la vida por la cual 
estamos viviendo hoy en día, en toda la tierra, por ejemplo, 
llena de las manchas del pecado y de las enfermedades de 
nuestros antepasados. 

Porque para la vida infinita, por la cual nuestro Dios nos ha 
creado y llamado juntamente, es para vivirla desde ahora 
mismo, en la tierra, en el paraíso y en el nuevo reino 
celestial, eternamente y para siempre, para no separarnos 
jamás de Él por ningún pecado, por ninguna culpa ni por el 
poder de ningún enemigo del más allá. Entonces mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, debes de entender en tu 
corazón, que tú realmente estás viviendo una vida muy 
peligrosa, por la cual Dios no te formo con su Espíritu Santo 
y su Árbol de vida en sus manos sagradas, en el comienzo de 
todas las cosas, en el cielo o en el paraíso. 

En realidad, estás viviendo una vida rebelde a Dios, aunque 
tú no te des cuenta de esta gran realidad en tu corazón y en 
toda tu vida, también. Y, además, tu misma vida es tan 
rebelde como Adán y Eva fueron en sus días al fruto del Árbol 
de la vida, la sangre bendita del pacto eterno entre Dios y 
el hombre de toda la tierra. Porque la verdad fue entonces, 
en los días del paraíso, que Adán y Eva fueron rebeldes a su 
Dios para no empezar desde aquel entonces su nueva vida 
infinita en nuevos cielos y con nuevas tierras, de las cuales 
sólo conocen la verdad y la justicia: de invocar y amar su 
nombre santo, por siempre, en la nueva eternidad celestial. 

Y, hoy mismo, nuestro Dios te llama, como llamo a Adán, ha 
vivir la vida de su Árbol de vida eterna, su Hijo, el Mesías, 
en la tierra, para que luego entonces entres ha vivir con Él 
su nueva vida inmortal, por la cual te creo en el principio 
con la ayuda de su Espíritu Santo en sus manos sagradas. Por 
lo tanto, está en ti, como estuvo en el corazón de Adán y 
Eva, por ejemplo, de aceptar o rechazar la vida eterna, de su 
Árbol de vida, su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo del 
paraíso, de la tierra y de su nueva creación, como La Nueva 
Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino celestial.

HEMOS SIDO JUSTIFICADOS POR DIOS, PARA SER FELICES POR 
SIEMPRE

Honrados, pues, por el espíritu de fe, tenemos paz entonces 
para con nuestro Dios, sólo por medio del Señor Jesucristo, 
por medio de quien gozamos de acceso por la fe a esta gracia 
divina en la cual permanecemos firmes, y nos gloriamos en la 
esperanza de la nueva gloria venidera de nuestro Dios que 
vive en los cielos. Porque fue el Señor Jesucristo quien 
abrió las puertas de los cielos, para no sólo nosotros 
regresar a nuestras vidas normales de la vida santa y 
celestial, sino que desde ya podemos entrar al lugar 
santísimo de nuestro Padre Celestial, de su trono infinito 
"de la misericordia y de la gracia infinita de nuestras 
nuevas vidas celestiales, del cielo". 

Dado que, sólo nuestro Señor Jesucristo conoce los caminos 
que llevan al alma viviente del hombre, de regreso a su vida 
celestial e infinita, por la cual nuestro Padre Celestial 
pensó en crear desde el comienzo de todas las cosas, aun 
mucho antes de la fundación del reino de los cielos y del 
paraíso, también, por ejemplo. Porque la creación del hombre, 
de la mujer, del niño y de la niña de todas las familias de 
la humanidad entera, realmente comenzó en el corazón, en el 
espíritu y en el alma de nuestro Padre Celestial mucho antes 
que comenzase a crear a todos los ángeles, arcángeles, 
serafines, querubines y demás seres sagrados del reino de los 
cielos. 

Además, el Señor Jesucristo siempre estuvo con Dios y con su 
Espíritu Santo, en el principio como Árbol de la vida eterna 
de todas los seres vivientes del cielo, del paraíso, de la 
tierra y del nuevo reino venidero también, como La Nueva 
Jerusalén Santa e Infinita del más allá, por ejemplo, en 
donde nuestro Dios finalmente será feliz, infinitamente. 
Nuestro Dios será infinitamente feliz, en su nueva vida 
celestial, porque habrá creado al hombre, a la mujer, al niño 
y a la niña de la humanidad entera, a la perfección de su 
corazón y de la vida gloriosa de su Árbol de vida eterna, su 
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Es por esta razón, que el Señor Jesucristo descendió del 
cielo, para entrar en nuestras vidas y darnos vida en 
abundancia, de una vez por todas y para siempre, desde las 
profundas tinieblas del vientre virgen de la hija de David, 
de la tribu de Judá y de la Casa de Israel, para que sólo 
vivamos felizmente para su vida infinita. Y todo esta gran 
bendición celestial podía comenzar en nuestras vidas, si tan 
sólo creemos en nuestros corazones y así confesamos su verdad 
y su justicia celestial, de que su Hijo amado es el SEÑOR del 
cielo y de la tierra, el único salvador posible de nuestras 
vidas no tanto de la tierra, sino del paraíso, ¡el Señor 
Jesucristo! 

El Señor Jesucristo es el SEÑOR del cielo para los ángeles y 
de la tierra para la humanidad entera, porque sólo él es el 
Árbol de la vida de cada uno de ellos, en sus millares, en 
los cielos, en la tierra y por toda la nueva creación del 
nuevo más allá de Dios y de sus huestes angelicales, también. 
Y es precisamente esta verdad y justicia divina de su corazón 
muy sagrado, lo que Dios siempre quiso oír de los labios de 
los ángeles del cielo y así también de Adán y de cada uno de 
sus descendientes, en el paraíso y en el resto de su 
creación, como la tierra de nuestros días y La Nueva 
Jerusalén Celestial. 

Pero Lucifer se interpuso ante los ángeles del cielo, 
destruyendo la vida de una tercera parte de ellos, y de Adán 
y Eva en el paraíso, también; destruyendo así a la humanidad 
entera, sólo con sus mentiras en los labios de la serpiente 
antigua, para que esto jamás llegase a ser una realidad, para 
nuestro Dios y para su Jesucristo. En verdad, desde el día 
que Lucifer les mintió a Adán y a Eva, por medio de la 
serpiente antigua, desde entonces nos ha deshonrado con su 
pecado y muchos males eternos, llenos de las profundas 
tinieblas del más allá, como enfermedades terribles y hasta 
incompresibles, para destruir el corazón, el alma y el cuerpo 
humano del hombre entero. Y Lucifer ha hecho todos estos 
terribles males a la humanidad entera, con sus mentiras, 
comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, para que el 
ministerio de nuestro Señor Jesucristo y su sangre milagrosa 
no sea una realidad en ningún ser viviente creado por Dios, 
por su palabra, por su nombre y por sus manos santas, por 
ejemplo.

Entonces sólo Dios nos puede librar de cada uno de los males 
de Lucifer y de sus muchas mentiras y maldades eternas, por 
medio del fruto del Árbol de la vida eterna, el Señor 
Jesucristo, por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo 
posee "el contraveneno" de cada uno de nuestros males del 
paraíso y de toda la tierra, para entonces nosotros poder 
estar bien con Dios, en su verdad y en su justicia infinita 
de su corazón sagrado y así finalmente regresar a nuestros 
hogares celestiales de siempre, como en el paraíso o La Nueva 
Jerusalén Celestial. 

Y para que éste antídoto del Señor Jesucristo comience a 
obrar en nuestros corazones y en nuestras vidas, entonces 
tenemos que creer en Él y confesar su nombre milagroso y 
sumamente honrado delante de nuestro Padre Celestial que está 
en los cielos, cada vez que levantemos nuestras oraciones y 
suplicas hacia él, para que nos envíe ya, su ayuda milagrosa. 
Porque las tinieblas huyen de nosotros, aunque estén viviendo 
en lo profundo de nuestros corazones y de los interiores de 
nuestros cuerpos, cada vez que invocamos: el nombre 
"milagroso y temeroso" del Señor Jesucristo. 

Entonces si nosotros oramos y alabamos a nuestro Padre 
Celestial, en el nombre sagrado de su Hijo amado, realmente 
le estamos honrando a Él, en la tierra y en el cielo, 
también, eternamente y para siempre. Y es esta gloria y honra 
de nuestros corazones, la que hacen que las profundas 
tinieblas del más allá, entonces salgan y se alejen de 
nuestras vidas, desde hoy mismo y para siempre. Porque su 
verdad y su justicia celestial e infinita han sido reveladas 
en nuestros corazones, para derrotar a cada una de las 
profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, 
también, hasta que no quede más de él, en nuestras vidas ni 
en toda la creación de Dios y de su Árbol de vida infinita, ¡
el Señor Jesucristo!

Dado que, es nuestra confesión de fe, de su verdad y de su 
justicia celestial, la que realmente hace que nuestro Padre 
Celestial y su Hijo amado sean honrados en nuestras vidas 
terrenales y así también en nuestras vidas celestiales, las 
del paraíso y las del nuevo reino infinito, como su Nueva 
Jerusalén Santa y Eterna del cielo, por ejemplo. Porque mayor 
honra que ésta, para nuestro Dios, no existe en el cielo ni 
menos en toda la tierra, de que el Señor Jesucristo sea 
reconocido en nuestros corazones y en nuestras almas 
vivientes, "como su Hijo amado", ¡el Santo de Israel y de la 
humanidad entera, en esta vida y en la venidera, también, 
eternamente y para siempre! 

Entonces el que no ha hecho que el Señor Jesucristo sea el 
salvador de su vida, aun permanece su corazón y su alma 
infinita envuelta en las profundas tinieblas de las mentiras 
de Lucifer, de las cuales mancharon y hasta destruyeron la 
vida de Adán y de sus descendientes, en el paraíso y en toda 
la creación infinita, también. Por lo cual, como hemos sido 
justificados por la fe, del nombre del Señor Jesucristo, 
viviendo en nuestros corazones, entonces hemos hecho el 
corazón de nuestro Padre Celestial y así también de su 
Espíritu Santo y de sus huestes celestiales muy felices. 
Felices para que cada uno de ellos, en sus millares, en todos 
los lugares del reino de los cielos, rebose de gozo y de 
regocijo infinito, en la tierra y en el más allá, también, 
como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén Santa e 
Infinita del cielo, por ejemplo. 

EL ALMA REDIMIDA POR CRISTO, SE REGOCIJA EN SU CREADOR

Ahora, cuando el alma redimida de sus pecados, por la sangre 
redentora del Señor Jesucristo, ora a su Dios por haber sido 
bueno para con él (o ella), entonces le dice en su espíritu: 
"Mi corazón se regocija en ti, oh salvador de mi alma 
infinita; mi espíritu se enaltece en mi SEÑOR, Fundador del 
cielo y de la tierra. Es más, mi boca y mi alma se ensanchan, 
en tu nombre milagroso e infinitamente bendito, por tus 
maravillas y bondades celestiales para conmigo y los míos, 
también, porque me has alegrado en tu salvación perfecta y 
sumamente gloriosa, tu fruto del Árbol de la vida eterna, el 
Cristo de toda la tierra y de tu nueva vida celestial".

Por lo tanto, el alma del hombre se alegra en la salvación de 
su Dios y Creador de su vida, porque ha pasado de los 
terribles peligros y constantes amenazadas de enfermedades y 
de muertes eternas, de las profundas tinieblas de Lucifer y 
de sus ángeles caídos, a la luz redentora y aun mucho más 
brillante que el Sol. Y esta luz celestial y poderosa de Dios 
es la de su Hijo amado, el Mesías, ¡el Árbol de la vida del 
paraíso, de la tierra y de la nueva creación venidera, ni más 
ni menos!, eternamente y para siempre. El Árbol de la vida y 
de sus huestes de ángeles celestiales y eternamente honrados, 
honrados infinitamente por el nombre sagrado de Dios, el cual 
alumbra en sus corazones, en sus vidas y en sus espíritus 
infinitos, en los cielos, en la tierra y en toda la nueva 
creación, también, eternamente y para siempre. 

En realidad, ésta luz celestial de Dios y de su Hijo amado 
viene a nosotros, no sólo ha librarnos de los poderes 
terribles del pecado y de su muerte infinita, lo cual es muy 
importante para la existencia de nuestros espíritus y cuerpos 
corporales y celestiales, también, en la tierra y en el 
cielo, sino mucho más que esto. Realmente, la luz del paraíso 
viene a nosotros, porque tiene que alumbrar nuestras mentes, 
para nosotros entonces poder vivir y así hacernos entender a 
nosotros mismos, que nuestro Dios es un Dios alegre en el 
cielo y en nuestros corazones, en nuestras almas y en 
nuestras vidas, día y noche y por siempre, en la vida 
venidera del nuevo reino celestial. 

Es más, ésta misma luz del más allá, la cual se le apareció a 
Moisés primero, como llama ardiente entre la zarza al lado 
del Sinaí, la cual ardía pero no hacia daño a nada en todo su 
derredor, es la luz del paraíso, la del Árbol de la vida, ¡el 
Mesías! Por lo tanto, quien le habla a Moisés sobre el Sinaí, 
realmente fue siempre el mismo Árbol de la vida, el Cristo, 
con su luz mucho más brillante que el Sol, que el hombre no 
le puede ver con sus ojos de pecado, pero sí con los ojos de 
la de Dios y los de los ángeles del cielo. 

Y fue precisamente esta luz del Árbol de la vida, del Cordero 
Escogido de Dios, en su luz celestial del paraíso y de la 
vida gloriosa del reino de los cielos, la que comenzó 
alumbrar las tinieblas de Moisés primero y luego de los 
hebreos, para que escapasen de sus enemigos de la casa de su 
cautiverio infinito, por ejemplo. Por lo tanto, sin ésta luz 
del paraíso, sino hubiese descendido del cielo jamás, 
entonces la salvación de los hebreos hubiese sido imposible; 
es más, ellos aun estuviesen sufriendo los males de la 
esclavitud en tierras de sus contrarios antiguos, o hasta 
quizás hubiesen desaparecidos de sobre la faz de la tierra, y 
recordados solo en la historia, por ejemplo. 

Además, esta luz del SEÑOR y de su paraíso ha comenzado a 
descender desde el cielo, desde los primeros días de la 
antigüedad, para subyugar a cada una de las profundas 
tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos en todos los 
lugares de la tierra, para que Israel y la humanidad entera 
sean rescatados del mal de la mentira. Entonces nuestro Dios 
nos ha rescatado de las profundidades del lodo cenagoso, con 
sus propias manos sagradas, algo que jamás había hecho en 
toda su existencia celestial, con el fin de que nosotros 
vivamos para Él, en su imagen y conforme a su semejanza, por 
medio de la vida gloriosa del reino celestial, el Mesías, ¡el 
Señor Jesucristo!, por ejemplo. 

Por lo tanto, cada uno de nosotros, comenzando con Adán y 
Eva, en el paraíso, hemos sido los únicos tocados, por vez 
primera, por las manos sagradas de Dios, en el día de nuestra 
creación, en la tierra santa del reino infinito, para 
comenzar a vivir la vida eterna, llena de felicidad de su 
mismo Árbol de vida, ¡el Mesías! Porque la verdad es que 
nosotros fuimos creados por Dios y con sus manos sagradas, 
como su primer obra celestial, para vivir por siempre 
felices, comiendo y bebiendo, de su fruto de vida eterna del 
paraíso y del nuevo reino de los cielos, su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo! 

Por entonces, cuando Dios vio a su pueblo sufrir tanto en 
manos de sus adversarios, entonces envió a su luz del 
paraíso, para subyugar a las tinieblas que les rodeaban y así 
comenzar poco a poco a liberar sus vidas, sólo con los 
poderes sobrenaturales de su nombre sagrado, y finalmente con 
la bendición infinita de la sangre del Cordero. Y ésta fue la 
sangre del pacto eterno, la cual Dios ordena directamente a 
Moisés derramar, para que por medio de ella, entonces la luz 
del fruto del Árbol del Cordero de Dios, sea luz en los 
corazones de los hebreos y en los corazones de los que crean 
en él y confiesen con sus labios su único nombre redentor. 

Ésta fue la sangre de la alegría del corazón no sólo de 
Moisés, en el día de la liberación de las tinieblas de los 
hebreos, en la casa de sus adversarios, sino que también fue 
el comienzo de la alegría de todo hombre, mujer, niño y niña 
del mundo entero, porque los hebreos circulaban el desierto 
hacia la tierra prometida. Y esta tierra prometida para los 
hebreos era realmente la tierra de Canaán, Israel, para que 
en ella reciban "la leche y la miel del Mesías", las cuales 
descenderían del cielo, como el maná que descendió desde el 
cielo, también, para alimentar sus cuerpos y así no muriesen 
de hambre y de sed en el desierto camino al Mesías. 

Ciertamente, Dios mismo les entregaría, en la misma tierra de 
Israel (y no fuera de ella): la leche y la miel del cielo, 
las cuales no sólo alimentaría sus cuerpos corporales, como 
el maná del desierto, sino que calmaría el hambre y la sed de 
sus corazones, almas, espíritus y cuerpos humanos, en el 
conocimiento del nombre redentor del Mesías. Y esta leche y 
miel del paraíso, prometida a todo Israel, en verdad, seria 
amarle a Él, como su Dios y Creador de sus vidas, por medio 
de la verdad y de la justicia infinita de su Árbol de vida, 
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Porque la leche y la miel de la alegría del corazón sagrado 
de Dios y así también de todo ángel del cielo, es la verdad y 
la justicia infinita del conocimiento del nombre del Señor 
Jesucristo, viviendo en el corazón de los hijos legítimos e 
hijas legitimas de Dios, en la tierra y en el paraíso, 
eternamente y para siempre. Y de estos nuevos hijos legítimos 
e hijas legitimas de Dios eres tú, en el día de hoy, mi 
estimado hermano, si tan sólo te alegras en tu corazón con el 
Señor Jesucristo y confiesas su nombre santo y milagroso para 
tu vida, delante de tu Padre Celestial, en un momento de 
oración y de fe, para la eternidad venidera.

REGOCIJEN EN SU CREADOR, SIEMPRE

Por eso, les digo a ustedes mis estimados hermanos y mis 
estimadas hermanas: ¡Regocíjense en el Señor siempre!, porque 
esto engrandece el Espíritu de Dios en sus vidas y en las 
vidas de muchos, en todos los lugares de la tierra, también. 
Una y otra vez más les diré por siempre: ¡Regocíjense, en sus 
corazones y en sus almas infinitas, para engrandecer la luz y 
la gloria celestial de Dios y de su Jesucristo, en los 
corazones de aquellos que están perdidos en sus profundas 
tinieblas de la mentira y de sus pecados mortales! 

Porque es la luz del paraíso, la del Árbol de la vida, la que 
le da vida en abundancia a todas las almas de la tierra antes 
que perezcan en sus profundas tinieblas del más allá, como en 
el infierno o como en el lago de fuego, por ejemplo. 
Verdaderamente, es la luz del Señor Jesucristo la que solo 
puede alumbrar las tinieblas de nuestras almas, como ninguna 
otra del paraíso, para que entonces sean hechos libres de los 
males terribles del mentiroso, de los cuales nos llevan 
envueltos en enfermedades y hasta que perdamos nuestras vidas 
en sus muertes de la tierra y del fuego eterno del infierno. 

Y nuestro Dios no desea éste terrible mal de las mentiras de 
Lucifer, para ningún hombre, mujer, niño o niña de la 
humanidad entera, por más pecadora que sea su vida, por lo 
contrario; nuestro Dios desea lo mejor para nosotros, es 
decir, luz en vez de las tinieblas de la mentira y de la 
muerte infinita del más allá. Por lo tanto, nuestro Dios sólo 
desea que cada uno de nosotros sea alumbrado en su luz del 
paraíso, para que vea, coma y beba por siempre de su fruto 
del Árbol de la vida, el cuerpo y la sangre viva e infinita, 
de la vida eterna del reino de los cielos, el Árbol de Dios, 
¡el gran rey Mesías! 

Ciertamente, es esto lo que Dios desea ver en cada uno de 
ustedes delante de su presencia sagrada, en todas las 
naciones del mundo, conociendo siempre su verdad y su 
justicia, la cual Dios mismo le comenzó a enseñar a Adán y a 
Eva, en el paraíso, por ejemplo, para que viva en su verdad y 
más no en mentiras. Pero ambos se rebelaron ante Él, con las 
mentiras de Lucifer en sus corazones y en sus labios, 
también, para que esto no fuese así jamás en el paraíso ni en 
toda la creación, para que jamás el nombre sagrado y 
eternamente honrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
sea conocido como el Árbol de la vida, ¡el Mesías! 

Porque la verdad de Dios fue siempre, de que sólo el Señor 
Jesucristo es el Árbol de la vida del paraíso y del reino de 
los cielos, desde la eternidad y hasta la nueva eternidad 
venidera de la nueva vida infinita, de ángeles del cielo y de 
la humanidad entera, también, en el paraíso y en toda la 
creación. Por cierto, esto era algo que Dios deseaba en su 
corazón que Adán y sus descendientes conociesen en sus 
corazones humanos, como todos los ángeles del cielo lo han 
conocido desde siempre, para que entonces cada uno de ellos 
siempre coma y beba de Él, en donde sea que se encuentren en 
toda la inmensidad de su creación infinita. 

Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida 
de todo ángel, arcángel, querubín, serafín y demás seres 
santos desde el epicentro del paraíso y también en Israel y 
en todos los lugares de la tierra para cada hombre, mujer, 
niño y niña de la humanidad entera, para que entonces "coman 
y beban" sólo de Él, infinitamente. Porque todo aquel que no 
coma y beba de su Árbol de vida eterna, ya sea en el reino de 
los cielos o en toda la tierra, entonces no tiene parte ni 
suerte con su Dios y Fundador de su alma, en esta vida ni en 
la venidera del nuevo reino de los cielos, en el más allá, 
por ejemplo. 

Porque así como en el paraíso, también en la tierra y en La 
Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, ángeles y 
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, 
tendrán que por siempre "comer y beber" del fruto del Árbol 
de la vida, del Cordero Escogido de Dios, el Señor 
Jesucristo, ¡el Cristo de la nueva eternidad celestial! Dado 
que, sólo la sangre del pacto eterno, viviendo en el corazón 
y en el alma eterna de cada ser viviente del nuevo reino de 
los cielos, podrá realmente vivir, en la paz y en la 
felicidad infinita de su Dios y Creador de su vida, ¡el 
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! 

Ya que, es la sangre sagrada del Árbol Viviente del Cordero 
Escogido de Dios, el Mesías, la cual realmente hace que todo 
ser viviente entonces viva en su corazón y en su espíritu 
regocijado por siempre, en la verdad y en la justicia divina 
de Dios, de su Espíritu Santo y de sus ángeles celestiales 
del nuevo reino celestial. Es por esta razón, que todo 
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, entonces 
tiene que orar al SEÑOR del cielo y de toda la tierra, en su 
alma redimida y así en su espíritu humano hablarle, desde su 
corazón honrado por la presencia del nombre del Señor 
Jesucristo, y decirle: "Señor, yo me regocijo en ti, 
infinitamente". 

"Porque fuera de ti", oh Dios nuestro, "yo no podré jamás 
conocer la felicidad de mi corazón y de mi alma infinita, en 
esta vida ni en la venidera, tampoco". Por lo tanto, salvador 
nuestro (y así le habla el alma del hombre a su Creador): 
"Sólo a ti sea la gloria y la honra a tu nombre santo, desde 
lo intimo de mi corazón y hasta el infinito, en la tierra y 
en el paraíso, eternamente y para siempre. Amen". 

Es por eso, que el mandato del cielo es para todo ser 
viviente de sus tierras santas en lo muy alto de los cielos y 
asimismo abajo en nuestra tierra, también, para la humanidad 
entera: Para que todos se regocijen en su SEÑOR y en la 
salvación de sus almas, en el nombre sagrado de su Hijo, ¡el 
Señor Jesucristo! Y si realmente te gozas en tu Dios, en el 
nombre del Señor Jesucristo, entonces mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, has hecho el corazón de tu Dios y 
Creador de tu vida muy feliz, desde hoy mismo y para la 
eternidad venidera. 

Por tanto, si haces a tu Dios feliz, entonces los ángeles del 
cielo te admiraran y hasta te amaran, porque el propósito de 
sus corazones celestiales ha sido desde siempre, el mismo, es 
decir, ha hacer a su Dios feliz, infinitamente, exaltando su 
nombre glorioso sobre todas las cosas más sublimes de sus 
vidas, en el reino de los cielos. Porque ese es el propósito 
primordial de los ángeles en el cielo, de hacer feliz el 
corazón de nuestro Padre Celestial, exaltando día y noche el 
nombre glorioso y eternamente honrado de su Árbol de vida 
eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y más nunca ser 
rebelde en contra del Árbol de la vida y de su sangre 
sagrada, el gran rey Mesías del paraíso y del infinito 
venidero, como Adán y Eva lo fueron en sus momentos más 
terribles y cruciales para sus vidas y de los suyos ( y hasta 
incluyendo al Señor Jesucristo, también, sobre el Gólgota).

Pues así también es verdad en todos los lugares de la tierra, 
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la fe, 
del nombre sagrado del Señor Jesucristo, porque alegran el 
alma de Dios y llenan de regocijo su corazón sagrado, cada 
vez que su voluntad es exaltada más alta que las tinieblas de 
toda la tierra. Porque solamente el alma del hombre de la fe 
salvadora, del Señor Jesucristo, puede realmente exaltar día 
y noche el nombre honrado e infinitamente glorioso de nuestro 
Padre Celestial, en toda la tierra, de la misma manera (y con 
mayor gloria sobrenatural), como los ángeles lo han hecho a 
través de los tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo. 

Entonces es bueno que toda alma pecadora honre en su corazón 
y exalte con sus labios, en oración, ruegos, suplicas y 
peticiones a su Dios celestial y de toda la tierra, en el 
nombre sagrado del Señor Jesucristo, para que su corazón se 
regocije cada vez que ve su nueva gloria infinita levantarse 
hasta lo muy alto del cielo. Porque la verdad es que tú 
mismo, mi estimado hermano, eres la nueva gloria y santidad 
de nuestro Dios y de su nueva vida gloriosa del reino 
celestial, si el Señor Jesucristo es primero en tu corazón, 
en la tierra y así también en el paraíso, para que seas amado 
por Dios, y más no rechazado como Adán, por ejemplo. En 
verdad, tú mismo eres el gozo y la felicidad infinita de 
nuestro Padre Celestial, en la tierra y en el paraíso, si 
verdaderamente amas a su Hijo amado, como tu único Árbol de 
vida y salud eterna.

DIOS NOS VISTE CON VESTIDURAS DE GOZO Y SALVACIÓN

En gran manera nos gozaremos en nuestro Padre Celestial; 
nuestros corazones y nuestras almas se alegrarán 
infinitamente, en la salvación celestial de nuestro Creador. 
Porque Él ha vestido nuestras almas con vestiduras de 
salvación y nos ha cubierto con su manto de justicia 
infinita, la de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Pues, como amigos muy cercanos a Él nos ha ataviado con 
coronas de oro, y nos ha adornado nuestras nuevas vidas 
infinitas con sus joyas de oro y piedras preciosas más 
preciadas de las riquezas de las tierras eternas del más 
allá. Nos ha hecho seres sumamente ricos, casi como Él mismo 
en riquezas indescriptibles, en su nueva vida infinita de su 
nuevo reino celestial de su Árbol de vida eterna, de su 
Espíritu Santo y de sus millares de huestes angelicales, por 
todas partes. 

Por lo tanto, nos gozaremos por siempre en nuestro SEÑOR, más 
no nos gozaremos en nuestro pecado ni el de nadie, porque él 
ha sido muy bueno para con nosotros y para con los nuestros, 
también, desde siempre, en todos los lugares de la tierra y 
aun en el más allá, también, ha de ser del mismo modo, para 
siempre. Sabiendo que en pecado nos engendro nuestras madres, 
aun así ama nuestras almas, el SEÑOR, aun más allá de todas 
las tinieblas de nuestros pecados, para redimirnos sólo para 
Él y para su nueva vida celestial e infinita, en los poderes 
sobrenaturales de la sangre del pacto eterno de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Y nuestro Dios se ha regocijado mucho en su corazón y en su 
alma sagrada, por tan sólo ver nuestra salvación, en su 
lugar, en nuestros corazones, como con el nombre del Señor 
Jesucristo, alumbrando nuestros pasos eternos, como que van 
hacia el infinito, ha caminar por tierras santas y con cielos 
gloriosos y tomados de la mano del SEÑOR. Porque nuestro Dios 
si ha visto nuestra salvación, mucho antes que llegase a 
nosotros, en nuestros días; y, además, se ha gozado tanto, 
como nada lo podría hacer muy feliz, en su vida gloriosa y 
sumamente sagrada del reino celestial, de ángeles 
maravillosos y de cosas portentosas y más altas de nuestros 
pensamientos y conocimientos humanos, de toda la tierra. 

Por esta razón, el espíritu de su nombre y de su palabra viva 
e infinita la envía a mí día y noche, como tocando la vida de 
su mejor amigo de su nueva vida infinita, para que mi alma se 
mantenga gozosa y llena de sus más benditas delicias del 
fruto de su Árbol Viviente, su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! 
Porque mejor comida y bebida para mi corazón y para mi alma 
eterna, realmente no hay otra en el cielo ni menos en toda la 
tierra. 

Pues así me cuida, con la comida y la bebida de ángeles, 
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del 
reino de los cielos, el fruto de la vida eterna del paraíso y 
de La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por 
ejemplo. Es por eso, que su espíritu no cesa de venir a mí y 
a cada uno de todos nosotros, en todos los lugares de la 
tierra, desde los primeros días del génesis 1:2, por ejemplo, 
y hasta nuestros días, porque es necesario que comamos y 
bebamos de su fruto de nuestra única vida infinita, su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Además, su Espíritu Santo viene a nosotros día y noche y con 
grandes poderes y autoridades celestiales de parte de nuestro 
Padre Celestial, para que las profundas tinieblas no nos 
hagan más daño y así entonces podamos vivir felices y gozosos 
de la presencia gloriosa y sumamente honrada de nuestro 
salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! Y nuestro Padre 
Celestial jamás se ha cansado de enviar a su Espíritu Santo 
con sus poderes y autoridades celestiales, porque sabe muy 
bien en su corazón que tenemos un enemigo terrible que nos 
odia tanto (y desea nuestro mal), como siempre le ha odiado a 
Él y deseado su mal, como hasta la misma muerte del Gólgota, 
por ejemplo. 

Ya que, si para Lucifer le fuese posible mentir (todo lo que 
pudiese mentir), para destruir a Dios y su vida sagrada, como 
intento destruir la misma vida gloriosa y sumamente honrada 
del Mesías sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de 
Jerusalén, entonces lo haría una vez más, en contra de Dios 
mismo, como por ultima vez. Pero esto es algo que no podrá 
hacer jamás en su vida pecadora y malvada, como una vez se lo 
hizo a Jesucristo, no porque tuviese poder alguno sobre Él, 
sino porque Dios mismo lo permitió; ya que, era necesario que 
su Jesucristo padeciese por nuestros pecados y derramase su 
sangre sagrada sobre la tierra y hasta su muerte final. 

Además, Dios hizo que el Señor Jesucristo derramase su sangre 
sagrada sobre la tierra, porque era necesario que saliese de 
su corazón y de sus venas, llena de las bendiciones y muchas 
victorias gloriosas y sumamente sublimes de la Ley de Dios y 
de Moisés en su vida, para que viniese a nosotros, siempre, 
como hoy en día, por ejemplo. Es decir, para que su misma 
sangre sagrada, entrase en cada uno de nosotros, en nuestros 
millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de toda la tierra, para que estando muertos por 
nuestras sangres contaminadas por el pecado, pues entonces, 
tengamos vida infinita, solo en la sangre bendita de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Porque es ésta victoria sublime y eternamente gloriosa, la 
que realmente alegra el corazón de nuestro Dios y cada una de 
sus verdades y justicia divina en su corazón sagrado y en el 
corazón de cada uno de sus ángeles celestiales y hombres, 
mujeres, niños y niñas de la fe viviente, del nombre 
milagroso de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Así es (y así ha 
sido) siempre en el corazón de nuestro Dios, sólo la sangre 
bendita de su Hijo amado hace que toda verdad y justicia 
divina de su corazón sagrado sea entonces satisfecho, para 
quitar el mal del pecado en la vida de cualquier hombre, 
mujer, niño o niña y así bendecir entonces su vida, 
infinitamente. 

Y esto es, realmente, de perdonar, bendecir y llenar de su 
Espíritu Santo y con sus muchos dones sobrenaturales para aun 
edificar su alma y su vida mucho más que antes, desde aquel 
momento de fe y oración, que haya presentado delante de su 
Dios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, por ejemplo. Además, ésta bendición celestial es 
tan grande y fenomenal, que cuando toma lugar en nuestros 
corazones y en nuestras vidas, entonces en el cielo hay baile 
y gozo, porque ya no somos de las tinieblas del pecado, sino 
de la luz de la verdad y sólo de la justicia infinita de 
nuestro Dios y de su Jesucristo. 

Entonces cada vez que un alma perdida del hombre, de la 
mujer, del niño o de la niña del mundo entero, reconoce a 
Jesucristo en su corazón, como el Hijo de Dios y el único 
gran rey Mesías y salvador de su vida, hay baile y gran 
felicidad en las cortes celestiales delante de Dios y de su 
Espíritu Santo. En realidad, los ángeles, en sus millares, se 
gozan profundamente al ver la misericordia y la gracia 
infinita de nuestro Padre Celestial tocar nuestras vidas 
majestuosamente, como jamás han sido tocadas, de tal manera 
espiritual, en el paraíso y en toda la tierra, porque el 
Árbol de la vida ha redimido un alma más para el nuevo reino 
celestial. 

Y, hoy en día, los ángeles del cielo esperan por ti, para que 
recibas al Señor Jesucristo en tu corazón y así le confieses 
con tus labios, como el Hijo de Dios y el único gran rey 
Mesías de tu nueva vida celestial e infinita, en la tierra y 
en el nuevo reino de Dios y de sus ángeles. Porque el nuevo 
reino de los cielos es un reino glorioso y lleno de gozo y de 
regocijo del corazón sagrado de su Árbol de vida eterna, de 
su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en sus 
millares, por doquier, para seguir bendiciendo tu vida, como 
jamás ha sido bendecida por nada en toda la nueva creación 
venidera.

VIVAN SIEMPRE GOZOSOS

Pues entonces, estén siempre alegres y gozosos, delante de 
Dios, porque su Hijo amado los ama con un corazón único, 
santo y verdadero, para que no les falte ningún bien en sus 
vidas y en sus almas infinitas, en la tierra y en el paraíso, 
eternamente y para siempre. Porque nuestro Dios nos ha creado 
por amor a su nombre y su vida infinita, y para que estemos 
siempre delante de su presencia, gozosos de haber sido hechos 
sus hijos e hijas, por la gracia y la misericordia infinita 
de su fruto de vida eterna, la sangre sublime y eternamente 
milagrosa de su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo! 

Es por eso, que el Espíritu Santo de Dios sigue descendiendo 
sobre cada uno de nosotros, de los que hemos creído en su 
nombre sagrado, en todos los lugares de la tierra, para no 
sólo bendecirnos de parte de nuestro Padre Celestial, por 
amor a su Árbol de vida, sino para entregarnos el mismo gozo 
antiguo e infinito del SEÑOR. Y este es un regocijo celestial 
de nuestro corazón y de nuestra alma primordialmente 
celestial, que sólo nosotros podemos realmente disfrutar en 
nuestras vidas, ya sea que vivamos en el paraíso con Dios o 
en la tierra, de nuestros días, por ejemplo, a pesar de las 
terribles inclemencias de la presencia del pecado y de sus 
profundas tinieblas, por doquier. 

Porque para nuestro Padre Celestial todo es felicidad y gozo 
eterno en el reino celestial y en el resto de su creación, 
cuando su Hijo, el Señor Jesucristo, es honrado y bendecido 
día y noche en nuestros corazones, en nuestras vidas, en 
todos los rincones de la tierra, para entrar luego, en el día 
señalado, a la nueva vida infinita. Porque nuestro Dios ha 
preparado lugares celestiales, aun mucho más alto que el 
reino de los ángeles, en el más allá, para llevarnos con Él 
ha vivir nuestras vidas, por las cuales nos creo en el 
principio con sus propias manos, para jamás dejarnos alejar 
de Él, en esta vida ni en la venidera, tampoco, eternamente y 
para siempre. 

Por lo tanto, hemos sido creados en las manos de Dios, a la 
perfección de su corazón glorioso, para que desde ya y por 
siempre en la eternidad venidera, vivamos infinitamente 
felices y gozos, de tan sólo haber invocado y conocido su 
nombre sagrado en lo intimo de nuestros corazones y de 
nuestras almas celestiales. Y esto será medicina santa y 
perfecta día y noche para nuestras vidas, para ayudarnos a 
vivir felices y siempre crecientes en todos sus conocimientos 
celestiales de su vida gloriosa y profundamente santa del 
reino de los cielos, por ejemplo. 

En verdad, en su nueva vida infinita del nuevo reino 
celestial, ninguno de nosotros volverá a conocer la tristeza 
del pecado, ni menos volveremos a ser tocados por el enemigo; 
pues estaremos por siempre protegidos por el mismo nombre 
sagrado de nuestro Padre Celestial, el cual ama mucho en su 
corazón, con amor y juramento eterno, desde siempre. Y éste 
nombre sagrado para nuestro Padre Celestial es el mismo 
nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el cual es un 
nombre muy antiguo y, a la vez, la única salvación perfecta e 
infinita (porque no hay otra), de nuestras almas eternas, en 
la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. 

Porque tanto como Lucifer y sus profundas tinieblas del 
pecado ya no existirá, en ningún lugar de la inmensa 
creación, para que entonces todo sea gozo y felicidad 
infinito en los corazones y en las almas, de cada uno de sus 
ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas, de la nueva 
humanidad de Dios y de su Árbol de vida. Es por eso, que 
nuestro Padre Celestial nos ha entregado de su Espíritu Santo 
y sin medida alguna, desde el comienzo de todas las cosas en 
su reino celestial, para que entré en nuestros corazones y en 
nuestros espíritus y cuerpos humanos, en el paraíso y en toda 
la tierra, como hoy en día, si sólo invocamos su nombre 
sagrado. 

En vista de que, necesitamos poder del paraíso, para poder 
vivir nuestras vidas, en paz y en la felicidad celestial de 
Dios y de su Hijo amado, ya sea en el cielo o en la tierra de 
nuestros días, por ejemplo. Porque nuestros enemigos de 
siempre, desde los días del paraíso y hasta nuestros días: 
andan de un lugar a otro y sin descansar, como leones 
rugientes y hambrientos, mirando a quien devorar en toda la 
tierra, para saciar su hambre y su sed de sus espíritus 
violentos, bestiales e infernales. 

Y todo aquel que no tiene al Señor Jesucristo en su corazón, 
entonces es su presa predilecta para su paladar, no 
importando jamás quien sea la persona, grande o pequeña, rica 
o pobre, entendida o no. Porque si Jesucristo no está 
viviendo en su corazón y en su vida, entonces la puerta de su 
espíritu y de su cuerpo humano está abierta a él, para entrar 
con sus malicias y hacer toda clase de males y daños para 
destruir su vida, de una manera u otra y hasta que no quede 
nada de él o ella. 

Entonces el nombre del Señor Jesucristo siempre debe estar en 
el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de 
todas las familias del mundo entero, para que el enemigo de 
nuestra verdad y justicia, Lucifer, no pueda entrar a 
nuestras vidas, de ninguna manera ni por ninguna razón, sino 
que permanezca lejos de nosotros infinitamente. A la verdad, 
el pecado nos causa tristeza, cada vez que entra en nuestras 
vidas, ya sea por nuestros descuidos o culpas personales, 
pero no nos puede destruir del todo. 

En la medida en que, la sangre bendita del Señor Jesucristo y 
de su Espíritu Santo no cesa de bendecirnos y nos da gozo y 
alegría a nuestras almas infinitamente, porque nuestro Padre 
Celestial nos ha perdonado nuestros pecados y nos ha 
bendecido con sus más ricas bendiciones de su Árbol de vida 
eterna, su Hijo amado. Y nuestro Dios sólo nos bendice por 
medio de su Árbol Viviente, porque es lo mejor que tiene para 
nosotros en el paraíso, para que no nos falte ningún bien 
jamás, en nuestros días de vida por la tierra, y así estemos 
alegres y felices delante de su presencia, ya sea en la 
tierra o en el cielo, para siempre. 

Es por eso, que nuestro Padre Celestial nos ha dado un 
mandato celestial para su nueva vida infinita. Y esto es que 
estemos siempre felices y llenos de gozo en nuestros 
corazones y en nuestros espíritus y cuerpos humanos para con 
él, por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque 
nuestro amor hacia nuestro Padre Celestial empezó mucho antes 
de la fundación del mundo y de todas sus cosas, en el 
espíritu de la sangre viva e infinita de su Árbol de vida, el 
Señor Jesucristo. Por lo tanto, nuestro Señor Jesucristo 
instalado en nuestros corazones es el principio, no sólo de 
nuestro amor hacia nuestro Padre Celestial, sino también de 
la felicidad infinita de vivir ya con Él, aunque aun vivamos 
en un mundo plagado de las profundas tinieblas de las 
mentiras de Lucifer y de sus ángeles caídos, en toda la 
tierra, por ejemplo.

GÓCENSE Y ALÉGRENSE SUS CORAZONES INFINITOS

Nuestro Dios espera que cada uno de ustedes se goce en su 
nombre sagrado, en lo más intimo de su corazón, para que 
entonces su corazón bendito sea engrandecido por sus ángeles 
gloriosos en el cielo, día y noche y por siempre en la nueva 
eternidad celestial, de su nueva vida infinita. Porque 
también es la alegría de nuestro corazón y de nuestra alma 
inmortal, la que le da gloria y, a la vez, alegría al corazón 
y al nombre sagrado de nuestro Padre Celestial, en los 
corazones y en los labios de sus poderosos ángeles del reino 
de los cielos, para que le sirvan y le adoren más que antes, 
infinitamente. 

Por lo tanto, es bueno honrar y alabar a nuestro Dios día y 
noche, en lo intimo de nuestro corazón o en la privacidad de 
nuestros hogares, sin que nadie se de cuenta de nada, o sea, 
en donde el nombre bendito de su Hijo amado habita, en 
perfecta santidad de nuestra alma viviente. Porque es en el 
corazón, de donde "emana la vida" de todo ser viviente, en la 
tierra y así también en el cielo con los ángeles, por 
ejemplo, para gloria y para honra de nuestro Padre Celestial 
y de su Espíritu Santo que están en los cielos. 

Pues entonces, canten al SEÑOR y de todo corazón, también, 
sin que nadie los pare por ninguna razón ni en ningún 
momento, y van a ver como la gloria del Espíritu de Dios y de 
sus muchos dones espirituales comienzan a hacer maravillas, 
milagros y prodigios en sus vidas, como jamás lo soñaron ni 
les paso por su corazón. Por lo tanto, sanaran de cada uno de 
sus males, aun de los más terribles, también, de los cuales 
la ciencia no tiene repuesta alguna para ninguna de ellas, 
desde tiempos atrás y hasta nuestros días, por ejemplo, a 
pesar de lo mucho que ha avanzado la ciencia y el 
conocimiento de muchas cosas, en todo el mundo científico. 
Por lo tanto, en el nombre del Señor Jesucristo hay poderes 
sobrenaturales, llenos de maravillas, milagros y prodigios 
celestiales y terrenales de parte de Dios y de su Espíritu 
Santo, para cada uno de nosotros, de todas las razas, 
pueblos, linajes, tribus y reino del mundo entero.

Porque, la verdad es que, ni aun el ángel de la muerte tiene 
poder alguno sobre todos ustedes, si se gozan en la alegría 
del Espíritu de Dios, en exaltar y en honrar por siempre, el 
nombre sagrado de su Creador, ¡el Todopoderoso de Israel y de 
la humanidad entera! Porque en nuestro Padre Celestial y en 
su Jesucristo, están los poderes, autoridades celestiales y 
terrenales, para sanar a cada una de las enfermedades de la 
humanidad entera, y hasta hay poderes muy especiales, por 
cierto, para levantar a los muertos de sus tumbas, para que 
el nombre de Dios sea glorificado aun entre las profundas 
tinieblas del mundo entero. 

Por ejemplo, podemos recordar el caso de Lázaro. Éste hombre 
había muerto ya, como hace cuatro días, cuando el Señor 
Jesucristo se acerca a su tumba, rodeado de sus hermanas y 
demás familiares del pueblo. La gente que le rodeaba, como 
sus familiares, le decían al Señor Jesucristo no te acerques 
más a Lázaro, nuestro hermano; porque tiene ya días que fue 
enterrado en su tumba, y su cuerpo ya hiede. 

Y el Señor Jesucristo les respondió, diciéndoles: "No les he 
dicho, que si creen en mi, verán la gloria de Dios". Y 
después de decir estas palabras, la gente no sabia que 
decirle ya más. Entonces acercándose más a la tumba de 
Lázaro, alzo su voz y grito, diciendo: ¡"Lázaro, ven fuera"! 

Y Lázaro, en aquel mismo momento, despertó de su muerte y 
salió caminando de su tumba, para gloria y para honra 
infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. 
Al ver las gentes, que Lázaro salía caminando de su tumba, 
entonces sus corazones se llenaron de un temor profundo y muy 
extraño, a la vez, en sus espíritus humanos, como que el alma 
se les salía del espanto que sentían, en aquel momento, ver 
un muerto caminar hacia ellos, como si jamás hubiese muerto, 
por ejemplo. 

Ni ninguno sabia que más pensar o decir del Señor, sólo ellos 
veían la gloria de Dios manifestándose en su ser santo, como 
el Hijo de David, ¡el Hijo de Dios! Porque aun sus enemigos 
vieron lo que Dios había hecho con sus palabras y su oración 
levantada al cielo, para que Lázaro volviese a la vida de 
entre las profundas tinieblas de su tumba. Sin embargo, sus 
enemigos aun así siguieron hablando mal de Él, buscando la 
manera de acusarlo de algo, cualquier cosa, para destruir su 
ministerio y su vida, como estaba escrito en las profecías de 
los profetas, de la antigüedad de Israel, por ejemplo. 

Mientras tanto, Lázaro se levanto de entre los muertos, no 
sólo para dar buen testimonio de Dios y de su Jesucristo, 
sino para seguir orando, alabando y regocijándose por siempre 
en su Dios y Señor de su nueva vida infinita, en la tierra y 
en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Y, hoy en 
día, Lázaro, como muchos más, en sus millares, de todas las 
razas, naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la 
tierra, alaban, honran y exaltan el nombre del SEÑOR, en su 
lenguaje y en sus nuevas vidas infinitas del paraíso, para 
seguir buscando nuevas glorias y nuevas santidades perfectas, 
sólo para nuestro Padre Celestial. 

Es decir, que nosotros no sólo honrados, alabamos y exaltamos 
a nuestro Dios, en el nombre del Señor Jesucristo, en 
nuestros corazones y en nuestras vidas normales de la tierra, 
sino que hemos de seguir aun más allá de la nueva vida 
celestial, haciendo lo mismo para nuestro Padre Celestial 
junto con sus ángeles celestiales, de su nuevo reino 
infinito. Es por eso, que es bueno que todo hombre, mujer, 
niño y niña de la humanidad entera, comience desde hoy mismo, 
ha honrar, ha alabar y ha exaltar con gran regocijo celestial 
y sobrenatural en su corazón, el nombre sagrado del salvador 
de su alma viviente, nuestro Señor Jesucristo por la nueva 
vida infinita de Dios y de sus ángeles. 

Porque nuestro Padre Celestial habitara en medio de nosotros, 
en la congregación de millares de familias, de todas las 
razas, pueblos, tribus, reinos y linajes del mundo entero, en 
donde su nombre es honrado y exaltado por los corazones y por 
los labios de los que aman su verdad y su justicia infinita 
de su salvación celestial, ¡el Señor Jesucristo! Por lo 
tanto, grande es nuestro Dios e inmensas son las obras de sus 
palabras, de su nombre y de su Espíritu Santo, para saciar el 
hambre y la sed de justicia y de la verdad infinita de 
nuestros corazones y de nuestras almas eternas, en la tierra 
y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. 

Y nuestro Padre Celestial tiene que ser honrado y alabado en 
el nombre sagrado de su Hijo amado, en lo íntimo de nuestros 
corazones, de nuestros espíritus y cuerpos humanos, desde 
ahora y por siempre en la eternidad venidera, porque sólo Él 
es grande. Nuestro Padre Celestial es grande y digno de toda 
gloria y de toda exaltación de nuestras vidas, en la tierra y 
en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, en el nuevo 
infinito venidero, libre de los males del pecado y de su 
destrucción eterna, sin duda alguna, en el nombre glorioso y 
sumamente honrado del Señor Jesucristo. 

Por ello, gócense y alégrense delante de su Dios, hasta no 
poder más. Porque para esto los ha llamado de las profundas 
tinieblas de la tierra, mis estimados hermanos, para que den 
testimonio de su nombre y de sus numerosas grandezas para con 
ustedes y para con los suyos, con gran gozo en sus corazones, 
en todos los lugares de la tierra y aun hasta en el más allá, 
también. 

Gócense y alégrense grandemente delante del Creador de sus 
almas y de sus vidas infinitas y hasta no poder más. Por 
ejemplo, como los ángeles del reino de los cielos, en sus 
millares, se alegran y se gozan día y noche por amor a su 
nombre sagrado e infinitamente milagroso, por ver librar del 
poder del pecado y de la muerte infinita del infierno, al 
pecador y a la pecadora de toda la tierra. 

Gócense y alégrense sus almas infinitas en el SEÑOR, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, porque la 
salvación de sus vidas es grande, y nadie la pudo comprar con 
precio de sangre santísima jamás, sino sólo el Árbol de la 
vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el 
Señor Jesucristo es el Mesías, "el único Santo de Israel y de 
las naciones, en toda la tierra y de todas las generaciones, 
también", quien, a la vez, legítimamente posee la sangre del 
precio infinito, para pagar (o comprar) nuestra salvación 
infinita de nuestras almas vivientes, en la tierra y en el 
paraíso, eternamente y para siempre. 

Porque, como nuestro salvador celestial no ha nacido otro 
igual, en Israel (como en la casa de David o de la tribu de 
Judá, por ejemplo), ni en ningún otro lugar del paraíso o del 
reino de los ángeles o de la tierra, de nuestros días, 
tampoco. Como consecuencia de lo cual, sólo el Señor 
Jesucristo es el SEÑOR de nuestras nuevas vidas infinitas, en 
la tierra y en el paraíso, también, porque así lo quiso Dios, 
desde mucho antes del comienzo de todas las cosas en el más 
allá de la antigüedad, de la vida santa de nuestro Mesías 
Celestial y de su nuevo reino imperecedero. 

En verdad, así lo quiso Dios todo con Jesucristo, para gloria 
infinita de su nombre santo, desde el comienzo de todas las 
cosas, desde los primeros días de la antigüedad y hasta 
nuestros días, por ejemplo, para tocar tu vida, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana y, a la vez, cambiarla 
drásticamente para bien de muchos en su creación. Es decir, 
modificar, mudar, regenerar tu misma vida de hoy en día, en 
cualquier lugar de toda la tierra, para que no vivas más en 
las profundas tinieblas del mal de tu pecado, sino en las 
alturas celestes de la gracia infinita e imperecedera, de la 
luz del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Por lo tanto, todo aquel que complace a su Dios y Creador de 
su vida, entonces tiene vida eterna asegurada, en la tierra 
y, también, en el paraíso, en su Árbol de vida infinita, ¡el 
Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es 
realmente, la medicina, la salvación y el gozo de nuestro 
corazón y de nuestras vidas, en la tierra y en la nueva 
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos, como La 
Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá, por ejemplo. 

Por eso, nuestro Padre Celestial "se goza y se deleita", al 
mismo tiempo, cada vez que el nombre sagrado de su fruto de 
vida eterna, como el espíritu y la sangre milagrosa del Señor 
Jesucristo, es, entonces honrado en el corazón del hombre, de 
la mujer, del niño y de la niña de la humanidad de toda la 
tierra. Porque la verdad es que no hay nada que le pueda dar 
tanto gozo y tanta alegría a nuestro Dios, de sólo ver a su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, ser exaltado en el corazón y 
en el alma infinita del hombre y de la mujer de toda la 
tierra. 

Del hombre y de la mujer, como Adán y Eva, por ejemplo, como 
los que se encontraban perdidos entre las profundas tinieblas 
de sus pecados y de sus muertes infinitas, como en el día que 
Dios mismo tuvo que introducir sus manos santas en la tierra, 
para sacarlos a luz más brillante que el sol, el Árbol 
Viviente, ¡el Mesías! Y desde aquel entonces, Dios mismo te 
ha formado en sus manos sagradas, con la ayuda idónea de su 
Espíritu Santo y de su Hijo amado, para que vivas feliz, 
libre de los males del pecado para que tu corazón y tu alma 
infinita se regocijen por siempre en tu Dios y Creador, de tu 
única y nueva vida celestial.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en 
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos 
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es 
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán 
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí 
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. 
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de 
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de 
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa 
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en 
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas 
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová 
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para 
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero 
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en 
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del 
sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de 
tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no 
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
prójimo". 

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, 
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, 
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no 
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que 
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ 
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No 
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate 
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del 
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender 
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y 
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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http://radioalerta.com
date: Tue, 05 Jun 2007 21:47:08 GMT   author:   IVAN VALAREZO

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