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(IVAN): EL LEVANTAMIENTO AL PARAISO DE LA IGLESIA FIEL A JESUCRISTO   
Sábado, 28 de Abril, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 

 
EL LEVANTAMIENTO AL PARAISO DE LA IGLESIA FIEL A JESUCRISTO 

El advenimiento celestial del Señor Jesucristo, en su segunda 
aparición en las nubes de la tierra, para levantar a los 
fieles de su iglesia a la corte celestial de regreso al 
paraíso, por ejemplo, para empezar a vivir la vida infinita. 
La nueva vida celestial del Árbol de la vida, la cual gano 
para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, 
en el día de su crucifixión sobre los árboles cruzados y sin 
vida de Adán y Eva, y en su resurrección en el Tercer Día, de 
entre las profundas tinieblas del mundo y sus muertos de 
siempre. 

El levantamiento de la iglesia, "La Raptura": Un termino 
profético de nuestro cristianismo, el cual nace con la 
primera venida de Cristo a Israel, que no se encuentra en la 
escritura, pero sí su espíritu profético declarado por 
Jesucristo primero, y más adelante explicado aún más, por el 
apóstol Pablo, por ejemplo. El Señor Jesucristo dijo: "Si me 
fuera, no los dejare solos, porque mi Padre Celestial estará 
con ustedes. Luego volveré y me los llevare al cielo de 
regreso. Para que dónde yo estoy, ustedes también estén, y 
vean mi gloria, la cual siempre ha sido conmigo, desde mucho 
antes de la fundación del cielo y de la tierra. 

Por otra parte, el apóstol Pablo habla abiertamente de la 
venida secreta del Señor Jesucristo a Israel, en sus 
epístolas, para cambiar al mundo drásticamente. Su venida 
será tan secreta, como un ladrón que se esconde antes de 
entrar a la casa a robar, por ejemplo, nos revela el apóstol 
literalmente, sin que nadie sé de cuenta de su presencia ni 
de lo que se haya llevado. 

Pues así será la venida del Señor Jesucristo a la tierra, 
ningún pecador o pecadora le vera, sólo los que tienen su 
luz, de su palabra y de su espíritu de fe, implantados en sus 
corazones, en sus mentes y, por supuesto, en sus ojos. Por lo 
tanto, ellos si le verán descender del cielo para encontrarse 
con él, para jamás volverse a separar eternamente y para 
siempre, como sucedió con Adán y Eva en el paraíso, en el día 
de la rebelión ante el fruto de vida eterna, el gran rey 
Mesías, el Árbol de la vida del paraíso y de la humanidad 
entera. 

La llegada de Cristo es pronto, pero no sabemos cuando, nos 
manifiesta el apóstol, también. Sólo sabemos que ha de venir 
al mundo para levantar a su iglesia del ayer y de siempre, de 
la tierra al cielo. Esto significa que todos los que están 
durmiendo en el polvo de la tierra, desde la antigüedad y 
hasta nuestros días, entonces serán los primeros en 
levantarse, no como polvo, tierra o ceniza de lo que eran en 
vida sus cuerpos, sino con sus propios huesos, muslos, 
órganos y la formación exacta de sus personas de toda la 
vida. 

Es decir, que cada uno de ellos, tal como era en vida en la 
tierra, ni más ni menos, volverá a ser el mismo hombre, 
mujer, niño y niña de todas las naciones, de los que han 
creído en sus corazones y confesado con sus labios su fe 
salvadora, su nombre celestial de perdón, bendición y de 
salvación infinita, Jesucristo. Y luego, los que no han 
muerto, o los que aun no han descendido al hueco de la 
tierra, de donde salieron con la ayuda de la mano de Dios, se 
levantaran, en un momento milagroso, todos ellos, en sus 
millares, en todas las naciones de la tierra, para 
encontrarse con el Señor Jesucristo en el aire. 

Y, desde aquel momento en adelante, los antiguos y los 
modernos, como una familia infinita del cielo comenzara su 
nuevo ciclo de vida celestial, la cual no conocerá el fin de 
sus nuevas vidas, eternamente y para siempre, porque Lucifer 
y sus mentiras ya no estarán en sus corazones, sino sólo la 
palabra de la Ley Divina del paraíso cumplida. Pero antes que 
todo esto acontezca, de acuerdo al apóstol, entonces el 
anticristo se manifestara al mundo con sus mentiras y 
rebelión terrible en contra de Dios y de su Jesucristo; es 
decir, que la fe, en el nombre del Señor Jesucristo, en los 
corazones que aman a Dios y su nueva vida celestial, sufrirá 
mucho, por un corto tiempo. 

Entonces cuando el tiempo del anticristo y de su espíritu 
rebelde a la fe, de Dios y de Jesucristo, haya llegado a su 
culmine, el cielo nos volverá a dar a Jesucristo por segunda 
vez. Y esta vez, será para levantar de la tierra y de sus 
tumbas a los antiguos y unirlos con los que aun viven en la 
tierra para estar por siempre con el Señor Jesucristo, en el 
paraíso o en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como 
La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá. 

Y, es por esta razón, que el Espíritu de Dios trae a tu vida, 
una vez más, y como de costumbre, la palabra de su Hijo 
amado, para que lo recibas en tu corazón, por medio de la 
oración de fe, ante Él, en el nombre sagrado del Señor 
Jesucristo, para recibir tu perdón y salvación, para la 
eternidad. Y así entonces estés listo para este gran día que 
llegara a tu vida, de un momento a otro, con el sello de la 
vida eterna del Señor Jesucristo (y no del anticristo, como 
el 666, por ejemplo), para levantarle al cielo, para unir y 
sellar tu cuerpo con tu alma a la nueva vida celestial e 
infinita del paraíso. 

Porque el Señor Jesucristo viene ya, para cumplir su promesa 
de un reino mejor para Dios y para sus seres amados, ángeles 
del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas del paraíso y de 
la humanidad entera. Y nuestro Padre Celestial ha esperado, 
con gran paciencia y mucha fe, en su corazón santísimo, 
siempre centrada en tu vida, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana, para que creas en tu corazón y confieses 
con tus labios tu resurrección y la salvación celestial de tu 
alma, en Jesucristo, Señor nuestro, en la tierra y en el 
paraíso, infinitamente. Es por eso, que Jesucristo viene por 
ti y los tuyos, muy pronto, como ya, por ejemplo, en un abrir 
y cerrar de ojos, si sólo crees en Él, en tu corazón.

EL SEÑOR JESUCRISTO DESCENDERÁ DEL REINO DE LOS CIELOS

Pues bien, a su debido tiempo, el Señor Jesucristo mismo 
bajara andando del cielo con gran griterío celestial, con voz 
de arcángel y con trompeta de Dios delante de él; y los 
muertos en su nombre salvador, como el Hijo de Dios, entonces 
resucitarán primero, para ver la luz de su nuevo día sin fin, 
en la nueva eternidad venidera. Ellos vivirán infinitamente, 
porque el Señor Jesucristo vive en su perfecta luz, en sus 
corazones y en sus almas eternas, desde el momento que 
creyeron en él; por tanto, ya no son de las tinieblas de las 
tumbas de la tierra, ni del "sello 666", sino de la luz del 
paraíso y del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! 

Porque la palabra de verdad y de justicia infinita reina en 
sus vidas, como así reina en Dios y en cada uno de sus 
ángeles celestiales, por ejemplo, para jamás volver a ver 
tinieblas, sino sólo la luz del cielo y de su paraíso 
infinito. Y luego nosotros, los que vivimos y habremos 
quedado aun en la tierra, como tú y yo, hoy en día, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, entonces seremos 
levantados juntamente con ellos en las nubes, para formar una 
sola familia celestial e infinita, para el reencuentro final 
con el Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el 
paraíso. 

Y, así estaremos siempre con el SEÑOR, por los siglos de los 
siglos, en la nueva eternidad venidera del nuevo reino de los 
cielos, en donde sólo hay vida infinita, para los que aman: 
la paz, la vida, la justicia y la salud divina de sus 
corazones y de sus almas eternas, también. Es decir, en donde 
sólo vive el gozo, la gloria y la felicidad perpetua de cada 
ángel del cielo y así también de cada hombre, mujer, niño y 
niña de la tierra, para vivir y para conocer eternamente de 
corazón a corazón a su único Creador infinito de su nueva 
vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! 

Porque nosotros hemos de conocer al SEÑOR cara a cara, tal 
como Él siempre ha sido (y como ha de ser) en su vida 
infinita del reino celestial, de ángeles y de su nueva 
humanidad inmortal de todas las naciones, de las que hayan 
sido redimidas por el nombre y por la palabra redentora de la 
Ley cumplida, en Jesucristo. Y este conocimiento infinito y 
siempre creciente en nuestros corazones de nuestro Padre 
Celestial y de su Espíritu Santo, al pie de la letra, sólo 
puede venir a nosotros día y noche en nuestras almas 
inmortales, por medio de la luz celestial e infinita de 
nuestro gran rey Mesías y salvador de nuestras vidas eternas, 
¡el Señor Jesucristo! 

Además, sin el Señor Jesucristo viviendo en nuestros 
corazones y en nuestros espíritus eternos, entonces jamás 
podremos realmente ver a nuestro Padre Celestial, ni menos 
conocerle en nuestras vidas, por la abundancia de nuestras 
tinieblas y de nuestros pecados mortales, también. Hemos de 
seguir ciegos, perdidos entre las tinieblas de las llamas de 
la ira de Dios, en el infierno y en el lago de fuego, si 
Cristo no viene a nosotros y nos toca con su nombre sagrado y 
milagroso, para ayudarnos y llenarnos de él y de su espíritu 
viviente y de poderes, en la tierra y el paraíso. 

Por lo tanto, sólo en la luz divina del gran rey Mesías es 
que realmente podremos comenzar a conocer a Dios día a día y 
hasta que finalmente le podamos ver personalmente en su nueva 
vida infinita del reino celestial, para jamás volvernos a 
separar de Él, eternamente y para siempre. Por eso, anímense 
los unos a los otros con estas palabras de gran jubilo y de 
gloria celestial, para sus corazones y para sus almas 
eternas, que han descendido del cielo para encender la luz de 
Cristo en sus espíritus, y así ninguna tiniebla de mentira 
vuelva jamás a habitar en sus cuerpos, corporales e 
espirituales, eternamente y para siempre. 

Porque la verdad es que, sea ángel del cielo u hombre o mujer 
del paraíso o de la tierra, si no tiene a Cristo en su vida, 
entonces no vivirá jamás delante de su presencia para verlo, 
ni menos para conocerlo al SEÑOR, como sólo Cristo le conoce, 
desde el comienzo de las cosas aun mucho antes de la 
inmortalidad. Además, porque para Dios no hay mayor jubilo 
delante de su presencia, sino de ver al hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera, creyendo en su corazón y sólo 
así honrando en su alma viviente: al dador de la vida eterna, 
el Señor Jesucristo, desde hoy mismo y por siempre, en la 
eternidad venidera del nuevo reino celestial. 

Por cuanto, nuestro Dios crea a los ángeles y así también a 
los hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones, para que 
conozcan en sus corazones a su Jesucristo, para sólo así 
entonces él darse a conocer a cada uno de ellos, en sus 
millares, en el cielo y en la tierra, por medio de Él, para 
la eternidad. Es por eso, que cada vez que un pecador o una 
pecadora se convierte a la luz del Señor Jesucristo en su 
corazón, entonces hay jubilo y gran gozo en el reino 
celestial con Dios y con su Árbol de vida, rodeado por 
siempre de su Espíritu Santo y de sus huestes celestiales, en 
sus millares. 

Y estas alabanzas de gloria y de honra infinita del Espíritu 
Santo y de su Árbol de vida, rodeado de sus millares de 
ángeles del cielo y de los hombres, mujeres, niños y niñas, 
redimidos por la sangre Cristo, son las que hacen nacer 
nuevas santidades infinitas para Dios y su nombre santo, en 
las vidas de sus fieles celestiales. Por ello, ésta es una 
fiesta para los hijos e hijas de Dios, redimidos por los 
poderes sobrenaturales de la sangre del pacto eterno del 
Señor Jesucristo, la cual jamás terminara en el corazón, de 
cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y 
demás seres santos del reino celestial y de su Árbol de vida 
eterna, ¡el Señor Jesucristo! 

Y éste es el reino celestial, lleno de vida y de alabanzas de 
glorias y de honras infinitas, de la cual nuestro Padre 
Celestial siempre soñó, para sus ángeles y para su humanidad 
infinita, para alegrar e enriquecer por siempre con grandes 
bendiciones de honor y de santidades especiales y perpetuas 
para su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque 
todo lo que Dios crea con su palabra y así también con su 
nombre y con sus manos sagradas será para enriquecer, aun 
mucho más que antes, la vida gloriosa y eternamente sagrada 
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, por medio de 
millares de ángeles, en sus diferentes grados de glorias y de 
grandezas espirituales. 

Pues así también con todos los hombres, mujeres, niños y 
niñas de la humanidad entera, de todos los tiempos del 
paraíso y de la tierra de nuestros días, por ejemplo, para 
que jamás le dejemos de servir a Él, el Dios del cielo y de 
la tierra, y a su Hijo amado, el Cristo, en la nueva 
eternidad infinita. Es por eso, que en Cristo Jesús, Señor 
nuestro, todo aquel que haya creído e invocado su nombre 
santo con sus labios y en su corazón, entonces tiene vida 
eterna, en la tierra y en el paraíso, también, para miles de 
siglos venideros, en el nuevo más allá de Dios y de sus 
huestes angelicales. 

Y esto es verdad en el hombre, en la mujer, en el niño y en 
la niña, de buena fe y de buena voluntad de la tierra, de hoy 
en día y de siempre, porque el Señor Jesucristo vive en sus 
vidas, para jamás volverse a separar de Él, como Adán y Eva 
lo hicieron por error, en el paraíso. Por lo tanto, ya no 
vive el enemigo de toda verdad y de toda justicia en esa vida 
humana del hombre o de la mujer, como Lucifer o como cada una 
de sus mentiras y de sus maldades eternas, también, por 
ejemplo, del más allá y del fuego eterno, sino que sólo 
Cristo vive en él y en ella, infinitamente. 

Además, su vida ya no es una vida antigua, vil, llena de 
tinieblas, perjuicios y ofensas, sino "una vida llena de la 
luz de la imagen y de la semejanza perfecta del Árbol de la 
vida, el Señor Jesucristo", mirando siempre hacia la nueva 
eternidad venidera, para jamás volvernos a separar de Dios y 
de su voluntad perfecta. Y esta voluntad de Dios, así como es 
en el cielo, entonces será por fin en la tierra, de todos 
nosotros vivir con Él, en su perfecta paz, amor, justicia, 
felicidad y conocimiento absoluto de su vida celestial, en 
nuestros corazones y en nuestras mismas almas infinitas, 
también, eternamente y para siempre. 

Es decir, que sólo el Señor Jesucristo y su amor celestial e 
infinito de su Padre Eterno, es en cada uno de nosotros, en 
nuestros millares, en toda la vida de la tierra, y así 
también seguirá siendo en la eternidad venidera del nuevo 
reino de los cielos, de nuevas tierras y de nuevos cielos 
indelebles, eternamente y para siempre. Entonces esperamos, 
hoy más que nunca, el pronto regreso del Señor Jesucristo a 
la tierra, para levantarnos junto con Él hacia la nueva vida 
eterna, en donde nuestro Dios nos espera ansioso de vernos y 
de abrazarnos con un brazo eterno, el cual no terminara jamás 
en ninguno de nosotros, en nuestros millares, en toda la 
humanidad celestial e infinita.

TENEMOS UN GRAN MISTERIO DE LA REAPARICION DE JESUCRISTO

He aquí, que les manifiesto un secreto muy grande, por 
cierto, escondido en el corazón de nuestro Dios y su 
escritura, desde los primeros días de la antigüedad y hasta 
nuestros días, por ejemplo, en tu misma vida infinita, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana. Y esto es que 
realmente: No todos dormiremos entre las profundas 
oscuridades de la tierra, como muchos piensan, por no variar, 
sino por lo contrario. Nosotros mismos seremos transformados 
en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta 
final del archiángel, en el cielo y en todos los lugares de 
la tierra, también. 

Porque sonará la trompeta en el día señalado del SEÑOR, y los 
muertos serán resucitados sin corrupción de pecado alguno en 
sus cuerpos de siempre (y no en ningún otro cuerpo no 
conocido por la persona resucitada, de entre las 
profundidades de la tierra). Todos los antiguos, comenzando 
con Adán y Eva, volverán a vivir y a respirar el aire de la 
tierra, como antes, como en el comienzo de sus primeros días 
de vida, por ejemplo. 

Y nosotros mismos los veremos y nos maravillaremos del poder 
y de la gloria infinita de Dios y de su nombre santo y 
milagroso, el Señor Jesucristo. Espantados veremos con 
nuestros propios ojos, el milagro divino, como los que viven 
en el polvo de la muerte y entre sus oscuridades eternas, se 
levantan otra vez, con sus mismos cuerpos de siempre, para 
volver a caminar en la tierra y hablar entre ellos mismos, de 
sus pensamientos y de sus conocimientos delante de Dios y de 
su Jesucristo. 

Ciertamente ellos mismos vivirán, porque creyeron a la verdad 
y no a la mentira fatal de Lucifer y de sus ángeles caídos; 
por lo tanto, nosotros, los que estamos aun vivos, en un 
instante del poder de la resurrección, entonces seremos 
transformados milagrosamente, como con el mismo cuerpo, 
sangre y espíritu de vida y de salud del Árbol Viviente. Y 
viviremos eternamente, porque el pecado original de Adán y 
Eva ya no nos hace daño más ni nos retiene en su tumba, sino 
que la gracia y la misericordia infinita de nuestro Dios y 
del Señor Jesucristo nos han de dar vida en abundancia, para 
que solamente conozcamos la vida y la salud celestial, del 
nuevo reino infinito. 

Es por esta razón, que nuestro Señor Jesucristo ha de 
regresar a nosotros, con gran pompa y gloria celestial del 
reino, porque el ángel tocara su trompeta al mando universal 
de Dios, para que todo empiece de nuevo en la vida de los 
ángeles del cielo y así también para todo hombre, mujer, niño 
y niña de la humanidad entera. Porque nuestro Dios decidió 
empezarlo todo de nuevo, en la vida de los ángeles y así 
también de Adán y de cada uno de sus descendientes, desde 
mucho antes del día de la rebelión de Lucifer y de sus 
ángeles caídos, en el reino de los cielos, por ejemplo; 
puesto que, nuestro Dios es omnisciente, omnipotente, y, 
además, omnipresente. 

Es decir, que Dios lo sabia todo, lo conocía todo, lo 
entendía todo y hasta ya lo había vivido todo nuestro futuro, 
también, día a día y aun hasta la nueva era venidera de su 
nuevo reino celestial, sólo en la vida gloriosa y perfecta de 
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esto es un milagro 
interminable en cada uno de nosotros, en nuestros millares, 
en todos los lugares de la creación de Dios, comenzando con 
Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, el cual nosotros 
vivimos diariamente y aun así no entendemos con nuestros 
sentidos humanos, pero sí en el espíritu de la fe, del nombre 
del Señor Jesucristo. 

Y entenderemos todo lo que nuestro Dios ha hecho con 
nosotros, cuando el Señor Jesucristo nos transforme en su 
cuerpo y en su espíritu glorificado de la nueva vida infinita 
del reino de los cielos, por ejemplo. Porque por esto el 
Señor Jesucristo regresa a la tierra, para levantarlos al 
cielo en nuestros mismos cuerpos humanos, pero glorificados 
sobrenaturalmente en los dones de los poderes milagrosos de 
su sangre santísima, la cual nos limpia del pecado y, a la 
vez, transforma nuestros cuerpos y almas eternas, como la de 
Cristo, ni más ni menos, para la eternidad.

Por lo tanto, nuestro Dios nos conoce muy bien, desde mucho 
antes de habernos formado en sus manos y, también, después de 
habernos redimido por los poderes sobrenaturales de la sangre 
y de la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 
Es decir, también, que para nuestro Dios no hay nada que él 
no conozca: en el pasado, en el presente ni menos en el 
futuro; él ya vivió todo, en cada uno de sus seres creados, 
como ángeles del cielo y hombres del paraíso y de la tierra, 
en la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, el 
Cristo. Y nuestros cuerpos glorificados en la sangre del 
Señor Jesucristo, nuestro Padre Celestial los conoce muy 
bien, de pies a cabeza y de adentro hacia fuera, también, 
para vivir eternamente y para siempre, nuestra nueva vida 
infinita en las nuevas tierras y en los nuevos cielos.

Y aunque todo esto es verdad, y un profundo misterio, a la 
vez, en los poderes sobrenaturales de la naturaleza divina de 
nuestro Dios, en su omnisciencia, en su omnipotencia y en su 
omnipresencia absoluta en toda su creación y en su eternidad 
infinita, no ha podido realmente hacer mucho por sus seres 
amados, por razones de su Ley. Realmente, nuestro Dios no 
podía hacer mucho por nadie por ángeles del cielo ni por la 
humanidad entera, hasta que su Ley sea cumplida en la vida de 
su gran rey Mesías y en los cuerpos cruzados de Adán y Eva 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
en Israel, para ponerle fin al pecado. Y sólo así entonces 
empezar su nuevo reino celestial, en la nueva eternidad 
venidera de ángeles y de su humanidad infinita, lavada por la 
sangre del pacto eterno y rodeando siempre para comer y beber 
de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Dado que, éste pecado de la transgresión de la Ley del 
paraíso tenia que terminar, no sólo en el cuerpo de Adán y 
Eva, sino también en el poder de la sangre redentora y 
todopoderosa del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!, por 
razones de justicia y de verdad infinita, en su nueva 
eternidad venidera, de su nuevo reino celestial. Y luego así 
empezar todo de nuevo, con cada una de sus criaturas, como si 
jamás hubiese sucedido nada malo entre sus ángeles del cielo 
y con sus hijos e hijas de la humanidad entera, desde el 
paraíso y hasta el día final de vida de todo hombre, mujer, 
niño y niña de humanidad entera, en toda la tierra. 

Ahora, cuando los muertos se levanten de sus tumbas, por 
muchos años que lleven en ellas debajo de la tierra, será un 
milagro poderoso; será porque el poder del pecado de la 
transgresión de la Ley del paraíso ya no tendrá efecto alguno 
en ninguno de ellos, porque el mismo Señor Jesucristo pago 
con su misma vida, su precio eterno. Entonces cuando esto 
suceda, los que se encuentran aun vivos en la tierra serán 
elevados a los cielos, por el poder sobrenatural de la 
palabra de la Ley y del nombre sagrado del gran rey Mesías, 
porque el poder del pecado de su transgresión en contra de la 
Ley ya no tendrá efecto alguno, en ninguno de ellos, para 
siempre. 

Y, desde entonces, hemos de estar con nuestro Dios y con su 
Árbol de vida eterna, para vivir la eternidad, llenos de gozo 
y de felicidad infinita, de haber sido hechos libres del 
poder del pecado en contra de la Ley y de su castigo eterno 
entre las llamas ardientes del infierno y del lago de fuego, 
por ejemplo. Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo les 
enseñaba a sus discípulos a que se alegren mucho en sus 
corazones, porque sus nombres están escritos en "el libro de 
la vida eterna", en el reino de los cielos; y más no que se 
alegren, porque tienen poderes sobrenaturales en su nombre, 
en contra de Lucifer y de sus ángeles caídos. 

Pues aun mayor es el gozo del corazón de Dios, de ver a sus 
hijos e hijas con sus nombres escritos, en su libro eterno 
del nuevo reino celestial, antes de verlos enseñorearse o 
apoderarse de Lucifer y de cada una de las posesiones o 
riquezas de sus seguidores de la gran mentira y de la maldad 
eterna, por ejemplo. Porque cada una de estas riquezas que 
Lucifer le presento al Señor Jesucristo "en el día de la 
tentación", cuando le mostró el mundo y sus muchas riquezas, 
entonces el Señor Jesucristo las rechaza categóricamente, y 
le dijo a Lucifer: Al Señor tu Dios servirás, y a él sólo 
honraras todos los días de tu vida, eternamente y para 
siempre. 

Por lo tanto, la mayor riqueza que el hombre, la mujer, el 
niño y la niña, de la humanidad entera y de todos los 
tiempos, podría tener en su vida terrenal y celestial, a la 
vez, no serán sus riquezas materiales, las cuales son muy 
importantes para su vida y para los suyos, también, siempre, 
sino mucho más que estas. Y estas son riquezas del paraíso, 
las espirituales, como la de los ángeles del cielo, por 
ejemplo, de tener al Señor Jesucristo viviendo en sus 
corazones y sus nombres escritos, en "el libro de la nueva 
vida infinita" del nuevo reino de los cielos, en el más allá 
aun mucho más alto que el reino de los ángeles, por ejemplo. 
Porque los ángeles del cielo, en sus diferentes rangos de 
honra y de gloria infinita para Dios y para su Espíritu 
Santo, también, desean ascender al cielo más alto que el 
reino antiguo de los cielos, por los poderes sobrenaturales 
del Señor Jesucristo, para vivir con su Dios y Fundador de 
sus vidas, mucho más cerca que antes.

En la medida en que, nuestro Padre Celestial ha formado 
nuevas tierras con nuevos cielos aun más allá del antiguo 
reino celestial, en donde el pecado ni su maldad eterna jamás 
han entrado, ni entraran eternamente y para siempre, para 
gloria y para honra infinita de su nombre santo, para miles 
de nuevos siglos venideros, en el más allá. Por eso, 
aliéntense cada uno de ustedes, de los que creen en la 
verdad, la justicia y la salvación infinita de la gracia y 
del amor manifestado de Dios y del Señor Jesucristo, en el 
día de la crucifixión y en el día de su resurrección de entre 
los muertos, de debajo de la tierra, para entrar al cielo. 

De ahora en adelante, canten sólo salmos y honren por 
siempre, en sus corazones y en sus almas eternas el nombre 
bendito de nuestro único gran rey Mesías, ¡el Señor 
Jesucristo!, para que vean la vida y la salvación infinita 
del nuevo reino celestial, en el nueva eternidad venidera de 
Dios y de su Árbol de vida infinita. Y estas nuevas tierras 
eternas no esperan de ti que lleves nada del mundo, salvo el 
nombre del Señor Jesucristo y de su palabra viviendo en tu 
corazón y en tu alma, para seguir viviendo la vida, contento 
y feliz con tu Dios y tu Árbol de vida, ¡el Santo de Israel y 
de la humanidad entera, el Señor Jesucristo! Entonces espera 
al Señor Jesucristo con su nombre sagrado en tu corazón, 
porque viene por ti, en un segundo, por amor a Dios y al 
Espíritu de su Ley Sagrada, para empezarlo todo de nuevo en 
tu vida, pero con mayores bendiciones del cielo y de la 
tierra, que antes.

ESPERAMOS, PUES, EL REGRESO DE EL REY DE LA RESURRECCIÓN, 
CRISTO

Entonces esperamos día y noche descender de los cielos a su 
Jesucristo, a quien resucitó de entre los muertos y nos libra 
de la ira venidera, desde el momento que creemos en él e 
invocamos su nombre santo y milagroso, para nuestros 
corazones y para nuestras almas vivientes, en la tierra y en 
el paraíso, también, eternamente y para siempre. Porque sólo 
a Jesucristo tenemos en el cielo, quien realmente vela por el 
bienestar de cada uno de nosotros, en la tierra y, quien 
regresara a Israel, para volvernos a bendecir con sus más 
ricas y gloriosas bendiciones de paz, amor, gozo y felicidad 
infinita, de conocer su nombre enteramente en nuestros 
corazones y en nuestros cuerpos humanos, también. 

Puesto que, si realmente nosotros llegamos a conocer su 
nombre santo y sumamente milagroso en nuestros corazones, así 
como los ángeles del cielo le conocen desde siempre, desde el 
día de su formación por los poderes sobrenaturales de su 
palabra y de su nombre santo, entonces nosotros comenzaremos 
a vivir verdaderamente la nueva vida infinita del nuevo reino 
celestial. Y sólo así entonces ya no sufriremos más, como 
antes, como de costumbre, por culpa del pecado y de sus 
tinieblas actuando peligrosamente, en nuestros corazones y en 
nuestras almas vivientes, también, por falta del conocimiento 
sagrado de su nombre santo en nuestro diario vivir, en un 
mundo lleno de las profundas tinieblas de las mentiras de 
Lucifer, por ejemplo. 

Porque nosotros hemos sido creados por las manos de Dios para 
vivir con él y más no (vivir) en un mundo lleno de las 
mentiras del corazón malvado y de los labios pecadores de 
Lucifer y de sus seguidores fieles, como ángeles caídos y 
gentes de la gran mentira y maldad eterna, por ejemplo, en 
toda la tierra. Es decir, que de estos son de los enemigos de 
Dios (y amigos de lo ajeno), de los cuales se presentan día y 
noche, en todas las naciones de la tierra, con sus corazones 
llenos de tinieblas para robar, matar y destruir toda vida 
humana, con el fin de quedarse con sus posesiones, sea lo que 
sea de ellos. 

Es por eso, que el Señor Jesucristo les decía a sus 
discípulos siempre: De que le vale al hombre ganar todo el 
mundo, y luego perder su alma, eternamente y para siempre, en 
el fuego eterno del infierno. ¿O conque podrá pagar jamás el 
precio tan grande de la salvación de su alma eterna, en la 
tierra o en el más allá? Y, la respuesta a ésta pregunta del 
Señor Jesucristo hacia ellos (y de la humanidad de todos los 
tiempos), fue él mismo siempre delante de sus ojos ciegos, 
ciegos por sus pecados y por sus muchas tinieblas, pero muy 
pocos lo entendieron así en sus corazones. De hecho, 
entendieron al Señor Jesucristo en todas sus palabras, porque 
el Espíritu de Dios les ayudaba a entender lo entendible por 
el espíritu humano del hombre pecador y perdido en las 
profundas tinieblas de su corazón, sin Cristo y sin su 
justicia celestial e infinita para su alma eterna. 

Porque los viles le veían con sus ojos, pero no su luz; le 
oían con sus oídos, pero no su verdad; le veían hacer 
grandezas para el bien de muchos desdichados, por el nombre 
del SEÑOR, pero no veían la mano de Dios en su vida santa y 
sumamente honrada en la tierra y en el paraíso, para la 
eternidad. Todos estaban muertos en sus delitos y pecados 
delante de su presencia sagrada y no le podían ver como uno 
de sus mejores amigos de sus vidas, para perdonar sus pecados 
y sanarlos de sus males, concediéndoles así su salvación 
gratuita, si tan sólo alzaban sus ojos a él, en aquellas 
horas finales y cruciales para sus almas eternas. 

Sin embargo, el pueblo de Israel y con sus gentes de otras 
naciones viviendo entre ellos (o visitando sus tierras) por 
amor al nombre del SEÑOR, entonces le veían con sus ojos y 
también su luz; le oían sus palabras y entendían su verdad; 
le veían hacer grandezas y observaban en él, la mano gloriosa 
y todopoderosa de Dios moverse. La mano sagrada del Dios del 
cielo y de la tierra haciendo grandes milagros, maravillas y 
prodigios sobrenaturales para el bienestar de muchos de 
Israel y de los de afuera, también, para gloria y para honra 
de su nombre santo, en sus corazones y en los corazones de 
los demás, en todos los lugares del mundo entero y hasta 
siempre. 

Y, de estos son, en sus millares, no sólo de las tribus de la 
casa de Israel, sino de las familias de las naciones de toda 
la tierra, a las cuales Dios mismo les manifestara su gloria 
infinita de su nuevo reino celestial e infinito, en el más 
allá, cuando el Señor Jesucristo los levante al cielo. En la 
nueva vida eterna, en donde ellos sólo conocerán a su Dios y 
Creador de sus vidas, por medio del fruto de la vida eterna, 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, como debió de ser así con 
cada uno de ellos, desde el comienzo de todas las cosas, en 
el paraíso, como con Adán y Eva, por ejemplo. 

Dado que, sólo en los poderes sobrenaturales de la vida y de 
la gracia perpetua del Señor Jesucristo, entonces será que 
todo hombre, mujer, niño y niña de todas las razas, familias, 
tribus, pueblos y reinos de la tierra, vean por fin con sus 
propios ojos y almas eternas: la vida infinita del paraíso y 
del nuevo reino celestial. De otra manera, ninguno de ellos, 
sea judío o gentil, en verdad, jamás podrá ver la vida eterna 
del reino infinito; así como Adán y Eva, por ejemplo, a ellos 
Dios los llamo a comer de su fruto de vida eterna, para que 
puedan ver la vida infinita de su nuevo reino celestial, pero 
no entendieron así, nada de nada. 

Ambos, así como sus descendientes, jamás entendieron ninguna 
de las cosas de lo que Dios les hablaba en aquella hora de 
aquel día eterno del corazón de todo hombre; por eso, 
entrambos tropezaron y murieron en sus pecados y espíritu 
rebeldes al nombre del Señor Jesucristo, el fruto de la vida 
del Árbol de Dios y de sus ángeles celestiales. Por ende, 
Dios tiene cosas grandes y sumamente gloriosas para cada uno 
de ellos, en sus millares, de todas las naciones, comenzando 
con Israel, para los que le entienden a él, su Dios y Señor 
de sus vidas, sólo por medio de su Jesucristo, entonces vivan 
gozosos y felices de su nombre sagrado viviendo en sus 
corazones infinitos, desde ya. 

Porque fuera de la vida y de la gloria perpetua del Señor 
Jesucristo, entonces ningún ser viviente del cielo, sea ángel 
del reino u hombre o mujer del paraíso o de la tierra, no 
podrá jamás entender en su corazón a su Dios y Fundador 
infinito de su vida y de su alma, en la tierra ni en el 
paraíso. Porque sólo por medio de la vida y del espíritu 
glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo es que 
realmente todo ángel del cielo y así igual todo hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera, podrá ver, oír, 
sentir y entender al Dios de su vida, en esta vida y en la 
venidera, también, eternamente y  para siempre. 

Y, es precisamente por ellos, sea que vivan o no, por lo cual 
Dios envía a su Jesucristo de regreso a Israel, para 
elevarlos muy en alto, en el poder sobrenatural de su mismo 
Espíritu, para que vuelvan a ver la vida, no tanto como antes 
en la tierra rebelde, sino como la del cielo y de su paraíso 
infinito. Y este Espíritu de Dios, quien levantara a todo 
hombre, mujer, niño y niña, de entre las entrañas del mundo y 
de sus muertos, es el mismo que levanto al Señor Jesucristo 
en el día de la resurrección, para volverle a dar vida, en la 
tierra y en el nuevo reino angelical y de su Nueva Jerusalén 
Infinita del cielo. 

Entonces debemos vivir felices, porque Cristo nos ama; y él 
nos lo demostró, cuando siendo nosotros pecadores y reos de 
juicio eterno, pues aun así entrego su vida por cada uno de 
nosotros, sobre la cima de la roca eterna, clavado a los 
arboles cruzados de Adán y Eva, para que no suframos la 
muerte jamás, sino por lo contrario. Y esto es de que sólo 
vivamos la paz y la gloria de la felicidad infinita, en 
nuestros corazones y en nuestras almas, de que algún día no 
muy lejano, hemos de ver a nuestro Dios y Creador de nuestras 
vidas, para llegar a conocerle tal como él es: "Nuestro Padre 
Eterno" para todos nosotros, eternamente y para siempre. 

Y esto ha de ser sólo como Él siempre deseo que sea así en su 
corazón y en su alma santísima, para ver por si mismo su 
imagen y su semejanza perfecta en cada uno de nosotros, como 
su linaje celestial, gracias a la perfección de Cristo, en 
nuestros millares en la tierra, comenzando con Adán, en el 
paraíso, por ejemplo. Porque sólo nosotros, de todos los 
hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por el espíritu de 
la fe, de la sangre del pacto eterno de Jesucristo, es, que 
realmente somos los hijos legítimos e hijas legitimas de su 
imagen y de su semejanza perfecta, para la nueva era 
venidera, de su nuevo reino celestial (y más no los ángeles 
sagrados).

VIGILEN, PUES, EN TODO TIEMPO: POR EL REGRESO DE JESUCRISTO

Por lo tanto, salvaguarden en todo momento, orando que tengan 
fuerzas para escapar de todas estas cosas que han de suceder, 
y de estar en pie delante del Hijo de Dios, también, para 
glorificar y honrar por siempre en nuestros corazones, al 
Dios del cielo y de toda la tierra, ¡al todopoderoso de 
Israel y de la humanidad entera! Porque todos hemos de subir 
al paraíso, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus, 
naciones y reinos de la tierra, para honrar y para 
glorificar, eternamente y para siempre, a nuestro Padre 
Celestial y a su nombre santo, junto con cada uno de sus 
millares de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y 
demás seres santos, del reino de los cielos.

Pues esta es la voluntad de nuestro Dios, desde el comienzo 
de todas las cosas, en el más allá, para que vivamos con él y 
con sus huestes angelicales, como en una gran familia 
infinita, la cual jamás conocerá el pecado ni la muerte, sino 
sólo la vida del Árbol Viviente, su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! Y es esta misma vida, sin duda alguna, por la 
cual, invito a Adán a vivirla con Él en el paraíso; y, hoy en 
día, te invita a ti con cada uno de los tuyos, también, para 
que la hagas tuya, sin tener temor alguno, a que te la 
arrebaten, como lo hizo Lucifer con mentiras al corazón de 
Adán. 

Y si aceptas esta vida eterna de Dios y de su Hijo amado, en 
verdad, vivirás seguro eternamente y para siempre, en la 
tierra, en el paraíso y en el nuevo reino de los cielos, como 
en la gran Jerusalén Celestial, por millares de siglos 
venideros de la nueva época venidera de Dios y de su Árbol de 
vida infinita. Entonces sólo así conocerás profundamente la 
verdad y la justicia celestial, las cuales te llevaran a 
conocer la vida eterna, con gran gozo en tu corazón, tal como 
Dios y cada uno de sus ángeles celestiales la conocen en 
profundos detalles sobrenaturales en sus corazones, sólo 
posible en el fruto de la vida eterna, su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo! 

En la medida en que, sólo en el Señor Jesucristo realmente 
hay perdón, gozo, felicidad, paz, sabiduría y muchas cosas 
grandes y sumamente gloriosas para nuestro Padre Celestial y 
así también para cada uno de sus ángeles, hombres, mujeres, 
niños y niñas de la humanidad entera, sin jamás hacer 
excepción de persona con ninguno de ellos, eternamente y para 
siempre. Y aparte del Señor Jesucristo, nuestro Dios jamás 
podrá ser feliz y vivir su vida santísima con cada uno de 
nosotros, en el paraíso ni en su nueva vida de nuevas tierras 
y nuevos cielos de la eternidad, de un nuevo amanecer de 
nuevos días, soñado sólo por Dios, desde mucho antes del 
comienzo de las cosas y el tiempo. 

Porque la verdad es que, desde el día que nuestro Dios crea 
al hombre y a la mujer, desde entonces no ha vivido con ellos 
en su espíritu de amor perfecto, como intento hacerlo así, 
desde el comienzo de todas las cosas, en el reino y en el 
paraíso, también, si sólo Adán y Eva hubiesen comido del 
fruto viviente. Y muy pronto, si nuestro Señor Jesucristo no 
se tarda más en regresar a Israel, entonces este sueño de 
Dios, de vivir con el hombre y con sus ángeles divinos, en 
una nueva vida celestial e infinita, será una realidad, la 
cual jamás conocerá el fin en su corazón ni en el corazón de 
los suyos, eternamente y para siempre. 

Es por eso, que la palabra de Dios y de su Jesucristo es muy 
importante en nuestros corazones y en nuestras almas 
vivientes día y noche y por siempre, también, en la eternidad 
venidera; porque sólo por ellas podremos realmente vivir 
felices la vida con nuestro Dios y con su Árbol Viviente, en 
la tierra y en el paraíso angelical. Entonces nosotros no 
seremos felices, ni menos conoceremos la felicidad verdadera 
en nuestras vidas, hasta que lleguemos y pisemos firmes la 
tierra santa del reino celestial, para unirnos, por medio del 
Señor Jesucristo, a la nueva vida gloriosa y sumamente 
honrada de nuestro Padre Celestial y de sus millares de 
ángeles celestiales, por la cual fuimos creados, en el 
principio. 

Porque hasta que ese gran día llegue a nuestras almas 
eternas, hambrientas y sedientas de Dios y de los frutos de 
la vida del Árbol Viviente del paraíso, entonces no 
conoceremos verdaderamente la vida y la felicidad única, por 
la cual, Dios nos llamo desde las profundas tinieblas de la 
tierra, para formarnos en sus manos santas, en seres 
vivientes. Seres infinitos, celestiales del cielo, del mundo 
y del paraíso, capaces de verlo y conocerlo tal como él es (y 
ha de ser) eternamente y para siempre, en la nueva vida 
infinita de su nuevo reino; en donde, como sólo el Señor 
Jesucristo le conoce (y le ha de conocer) por siempre, en su 
corazón y en su alma santísima. Pues así también nosotros 
conoceremos a nuestro Padre Celestial, ni más ni menos, en 
nuestros corazones infinitos, lavados y redimidos por la 
sangre del sacrificio eterno, como sólo el Señor Jesucristo 
le conoce a Él, desde siempre y hasta nuestros días, por 
ejemplo.

Entonces nuestro Dios tiene un día muy especial, por cierto, 
en el cual, todo esto comenzara con Él y con su nueva gran 
familia infinita, de ángeles y de la humanidad entera, unidos 
eternamente y para siempre, por la sangre del Señor 
Jesucristo y por su gran obra sin igual, llevada acabo en 
Israel para el bien eterno de muchos. En donde, muchos lo 
recibieron por amor infinito del paraíso y de nuestro Padre 
Celestial, y otros lo rechazaron por sus tinieblas, por sus 
cegueras espirituales y por falta de entendimiento de sus 
corazones a la verdad y a la justicia celestial de Dios, a 
través de los siglos y hasta nuestros días, por ejemplo. 

Pero nosotros que le recibimos por amor a Dios y por 
complacer la justicia y el derecho perfecto de la Ley de la 
vida santa de nuestro Creador Infinito, entonces estaremos 
juntos finalmente en la tierra sagrada de su gran gloria y de 
su honra celestial, en donde, también, se cumplirá en su 
totalidad, su voluntad antigua de su corazón. Y esto es, 
realmente, de vivir eternamente en paz y feliz con sus hijos 
e hijas, siempre rodeados de las glorias infinitas de sus 
muchos ángeles celestiales de la antigüedad y de siempre, 
porque así como la justicia y el derecho de la Ley reina en 
el cielo, pues, ha de reinar igual en la tierra, entre los 
hombres. 

En aquel día, todos sus seres creados, tanto ángeles del 
reino como hombres de la humanidad entera, comenzaran 
realmente a conocerle a Él, tal como siempre ha sido (y como 
será) conocido, como nuestro único Padre Eterno de todos en 
la nueva eternidad venidera, de su nuevo reinado infinito. 
Pues todos seremos, en aquel día, tan felices como siempre 
nuestro Dios ha sido (y ha de ser) feliz en la eternidad, con 
cada uno de sus ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas de 
la humanidad entera, por los siglos de los siglos del nuevo 
amanecer de la resurrección infinita, de su Árbol de vida 
eterna, ¡el Señor Jesucristo! 

Y esto ha de ser, en aquel día, con cada uno de nosotros, en 
nuestros millares, de todas familias de la tierra, para jamás 
volvernos alejar de él, por ningún mal, como Adán y Eva se 
alejaron por el pecado de sus corazones y de sus labios 
manifestado en contra de su Árbol de vida, su unigénito, ¡el 
Cristo Celestial! Y hemos de ser felices en el paraíso y en 
su nueva vida eterna, por amor a la vida sagrada de Dios y de 
su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, quien realmente es el 
único y verdadero cumplimiento de la Ley del paraíso y de la 
humanidad entera, delante de Dios y de su Espíritu Santo, 
para siempre. 

En verdad, sólo viviremos para el amor de Dios y de su Árbol 
de vida infinita, el gran rey Mesías de Israel y de la 
humanidad entera, ¡el Todopoderoso! Porque ya no habrá más 
llanto ni dolor alguno, la Ley glorificada y honrada 
eternamente y para siempre, en el corazón de todos, por lo 
tanto, todo será sólo gozo en el corazón de Dios y en el 
corazón de cada uno de sus seres amados, como ángeles y 
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. 

Porque todos conocerán la Ley Celestial en sus corazones, 
para agradar por siempre su nueva vida santísima, sin jamás 
delinquir en contra de ella ni de su Dios Santo y Eternamente 
glorioso, por la cual, en su día la escribió con su dedo y 
con el espíritu de la tinta sangre de Jesucristo, para bien 
de la nueva vida celestial. Y es precisamente esta nueva vida 
celestial, la cual espera por ti y por los tuyos, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, si tan sólo crees en tu 
corazón y así confiesas el nombre de Dios de tu salvación 
infinita, para el día de tu resurrección y levantamiento al 
paraíso, por el espíritu de nuestro salvador celestial, ¡el 
Señor Jesucristo! 

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en 
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos 
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es 
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán 
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí 
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. 
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de 
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de 
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa 
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en 
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas 
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová 
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para 
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero 
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en 
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del 
sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de 
tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no 
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
prójimo". 

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, 
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, 
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no 
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que 
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ 
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No 
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate 
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del 
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender 
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y 
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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date: Wed, 02 May 2007 00:14:19 GMT   author:   IVAN VALAREZO

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