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(IVÁN): LA NATURALEZA CARNAL DEL HOMBRE y sus MISIONES   
Sábado, 11 de noviembre, año 2006 de Nuestro Salvador 
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 
 

(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 


LA NATURALEZA CARNAL DEL HOMBRE y sus MISIONES 

Como está escrito: No hay justo ni aun uno entre todos los 
hombres de la humanidad entera, del ayer o de siempre, salvo 
el Hijo amado de Dios, el Hijo de David, ¡el Cristo de Israel 
y de la eternidad venidera, en el nuevo más allá de Dios y de 
sus huestes de ángeles gloriosos! Porque sólo el Señor 
Jesucristo ha descendido de la vida santa de nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos; por lo tanto, no hay otro 
igual a él entre todos los hombres, mujeres, niños y niñas, 
de todas las naciones de la tierra y del reino de los cielos. 

Puesto que, en el reino de los cielos si hay naciones de 
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos 
de la tierra, que en sus días de vida en el mundo, si 
recibieron en sus corazones al Señor Jesucristo, para que sea 
su único salvador eterno delante de Dios en la tierra y en el 
paraíso, para siempre. Por cuanto, para ellos no había nadie 
tan santo y tan justo delante de nuestro Dios, que el Señor 
Jesucristo, que realmente "los podía librar de sus pecados", 
por los poderes sobrenaturales de su cuerpo, de su carne, de 
su sangre, de su vida y de su nombre santísimo, en los cielos 
y por toda la tierra, también, para siempre. 

Es decir, que aun los antiguos ya conocían al Señor 
Jesucristo: como "el santo de Dios y de su sangre santísima", 
en el cielo y por toda la tierra, aunque todavía no había 
nacido del vientre virgen de la hija de David, en Israel. 
Además, a él se lo conocía como "el Ángel del Señor", porque 
descendía sobre toda la tierra, para librar a muchos, de sus 
hermanos y de sus hermanas, de todos los poderes escondidos 
de sus enemigos eternos, de las profundas tinieblas de 
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, del más allá o 
del bajo mundo. 

Por eso, podemos leer éxodo 14: 19, por ejemplo; en donde 
observamos que "el Ángel del Señor" descendía del cielo, 
desde su nube santa y resplandeciente, la gran Shekinah 
Celestial, y se ponía delante de su pueblo, para guiarlos por 
sus caminos y protegerlos de la presencia de sus enemigos y 
de otros peligros naturales del desierto, a la vez. Y cuando 
era necesario, entonces se movía de su posición frontal, 
hacia atrás del pueblo del SEÑOR, para, otra vez, protegerlos 
de peligros eminentes. 

En una ocasión, por ejemplo, los egipcios perseguían a los 
hebreos, para llevárselos con ellos, de regreso a Egipto, 
para que le sirvan a faraón como siempre, pero el Ángel del 
Señor torna nubes y oscuridad para los egipcios, para que no 
los pudiesen ver; y, a la vez, era luz y protección constante 
para su pueblo Israel. Así, el Ángel del Señor, el Señor 
Jesucristo, ¡el Cordero de Moisés!, el gran rey Mesías, 
protegía a Israel siempre de los poderes de sus enemigos 
habituales, de aquellos días, para que el nombre santo y su 
Ley bendita sean guardados y por siempre honradas, en la 
tierra y en el cielo, también. 

Y esto tenia que ser, realmente, por los corazones y por las 
almas vivientes de sus hermanos y de sus hermanas, en sus 
millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de todas las naciones de toda la tierra, comenzando 
con Israel. Por eso, por las grandes y numerosas hazañas del 
Ángel del Señor, entonces fue escrito, desde los días de la 
antigüedad, en el libro del SEÑOR, que dice: no hay un hombre 
justo, ni aun uno, en toda la tierra, excepto el Hijo de 
David, el Cristo, el Santo de Israel y de las naciones de la 
humanidad entera. 

Es por eso, que Dios nos ha llamado a confiar sólo en 
Jesucristo, para que entonces nos pueda perdonar nuestros 
pecados y, al mismo tiempo, bendecirnos grandemente con sus 
muchas bendiciones, milagros, maravillas y prodigios eternos, 
de sus dones del Espíritu Santo, en nuestros corazones, en 
nuestros espíritus humanos, en nuestras almas vivientes y en 
nuestros cuerpos corporales, también. Porque todos los 
poderes de los dones del Espíritu de Dios han descendido del 
cielo, para el bien de cada hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, que "ame de verdad" a su Padre Celestial y 
Creador de su vida, sólo por medio del espíritu de fe, del 
nombre bendito de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Ya que, si creemos en Dios y en la vida santa y sumamente 
perfecta de su Hijo amado, entonces cada uno de nosotros ha 
de llegar a ser "tan santo y tan perfecto" eternamente, como 
Dios mismo y como su Hijo Santo, el Señor Jesucristo, por 
ejemplo, en el paraíso y por toda la creación, también. 
Porque para esto el Espíritu Santo y el Señor Jesucristo han 
descendido de sus lugares santos del reino de los cielos, con 
poderes absolutos, de parte de Dios, para convertir, por los 
poderes sobrenaturales de los dones de Dios, a cada hombre, a 
cada mujer, a cada niño y a cada niña, penitente, en un ser 
santo y justo. 

Tan santo y tan justo para que sea por siempre para Dios y 
para su nueva vida santísima, del nuevo reino de los cielos: 
libre de todo pecado y de toda condena eterna, en la tierra y 
en el paraíso, en el más allá, para siempre. Es por eso, que 
hoy mismo, por más pecador o por más pecadora que te sientas, 
mi estimado hermano o mi estimada hermana, Dios te puede 
"volver a dar vida en abundancia", al hacerte nacer de nuevo, 
no de la carne ni del espíritu de Adán, sino de la carne y 
del espíritu de vida, de su Árbol viviente. 

Y éste Árbol de vida eterna para tu vida en la tierra, como 
en el paraíso para Adán y Eva, por ejemplo, es el Señor 
Jesucristo, ni más ni menos, para siempre. Por lo tanto, sólo 
con el Señor Jesucristo en tu corazón podrás entonces llegar 
a ser tan santo y tan perfecto, como Dios mismo y como todos 
los ángeles del reino de los cielos, para entrar a la vida 
eterna desde ya, si tan sólo crees en tu corazón y así 
confiesas con tus labios su nombre salvador. 

Por ello, éste nombre santo y eternamente salvador de Dios y 
de su Espíritu Santo, para ponerle fin a tus pecados y a la 
condena de muerte, la cual está pendiente en contra de ti, en 
la tierra y en el más allá, también, como en el infierno o el 
lago de fuego, por ejemplo, es el nombre del Señor 
Jesucristo. Porque para Dios, el que cree en su Jesucristo y 
en sus grandes obras, para el bien y para la vida santa de 
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, es 
tan santo y tan justo, como él mismo o como su Árbol de vida 
eterna, su Hijo amado, ¡el Cristo de Israel y de las 
naciones! 
 
Y el que no cree en Dios, ni en su Jesucristo, es tan diablo 
como el mismo Lucifer del más allá o de sus ángeles caídos, 
por ejemplo. Pero Dios no desea que ninguno de sus seres 
creados por sus manos santas sea un "diablo", como su enemigo 
numero uno, Lucifer, sino todo lo contrario. Dios sea que 
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sea 
convertido, en un momento de fe y de oración, en el nombre de 
su Jesucristo, en un ser tan santo y tan justo, como él mismo 
o como su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Porque sólo así, como Dios mismo o como su Hijo amado, 
entonces el hombre y la mujer podrán realmente heredar la 
vida eterna, de su nuevo reino de los cielos, en el más allá, 
desde hoy mismo y por siempre, en la nueva eternidad 
venidera, para seguir viviendo y pensando por siempre, en las 
cosas agradables del Espíritu de Dios. Porque sólo los que 
son tan santos y tan justos, como Dios o como Jesucristo, 
entonces podrán ver la vida, en sus corazones y en sus almas, 
desde hoy mismo, en toda la tierra, mucho antes que entren a 
sus vidas nuevas, en el paraíso o en el nuevo reino de Dios, 
como la Jerusalén Santa e Infinita del cielo.
 
Porque los que viven conforme a la carne piensan siempre en 
las cosas de la carne (de la mente pecadora de Adán y de Eva, 
por ejemplo); porque la carne del hombre es la carne de Adán 
y de su primer pecado, creámoslo a sí o no. Y éste primer 
pecado en el cuerpo del hombre empezó, cuando comió por vez 
primera del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien 
y del mal, para mal eterno de todo su cuerpo y de la 
humanidad entera, en el paraíso y por toda la tierra, 
también, de nuestros tiempos. 

Como sucede hoy en día, por ejemplo, en toda la tierra, cada 
vez que el hombre peca y se enferma su cuerpo, por su culpa, 
por su pecado, hasta que finalmente muere su carne, para 
"descender a la raíz", del árbol de la ciencia del bien y del 
mal. Sin embargo, los que viven conforme al Espíritu de Dios 
y de su Ley Viviente, entonces piensan siempre en las cosas 
del Espíritu de Dios y de su vida eterna, también. 

Por lo tanto, sus cuerpos "no bajan" a la tierra, jamás, sino 
que "suben" a la tierra santa del paraíso, para entrar en la 
vida santa y perfecta, del Árbol de vida de Dios, el Señor 
Jesucristo. Porque el que vive por el Espíritu de Dios, 
realmente está viviendo por los frutos de vida y de salud 
eterna, del Árbol de vida de Dios, el Señor Jesucristo, en 
todos los lugares de la tierra, hasta finalmente en su día 
entrar a la vida eterna perfecta de su salvador eterno, el 
Árbol viviente. 

Es decir, que cuando su vida termina, entonces "no 
desciende" a las profundas tinieblas, de la raíz del árbol de 
la ciencia, del bien y del mal, el infierno o el bajo mundo 
de los muertos, en el más allá, sino todo lo contrario; 
porque nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos. 
Realmente su espíritu y su alma viviente "suben" a la tierra 
santa del paraíso, para "entrar en la raíz" o en la vida 
perfecta, del Árbol de vida de Dios, el Señor Jesucristo. 

Es como cualquier árbol que comienza a dejar sus frutos 
desprenderse de sus ramas, por ejemplo, si nadie los 
aprovecha para consumirlos, cuando están maduros; entonces 
caen sobre la tierra y se descomponen, para luego ser parte 
de la tierra que a de alimentar el árbol, para que luego 
vuelva a dar frutos, una y otra vez, en su tiempo. Pues así 
son los hombres y las mujeres de la humanidad entera: porque 
cuando sus días de vida terminan en la tierra, entonces caen 
a la tierra, como debajo de su árbol, de donde han salido sus 
cuerpos, sus carnes, sus espíritus, para vivir sus vidas en 
el paraíso o en la tierra, de nuestros tiempos, por ejemplo. 

Ahora, si las personas que terminaron sus días de vida por la 
tierra, y que jamás aceptaron al Señor Jesucristo en sus 
corazones, como su salvador personal de sus almas vivientes, 
entonces "caen" a la tierra para entrar de nuevo sus cuerpos 
sin vida al árbol de la ciencia, del bien y del mal, el 
infierno o el bajo mundo. Pero si las personas que han 
terminado sus vidas por la tierra, recibieron al Señor 
Jesucristo en sus corazones, entonces aunque sus cuerpos 
caigan en la tierra de su nacimiento, por ejemplo, en 
realidad están "entrando a la raíz" del Árbol de vida eterna, 
el Señor Jesucristo, en el paraíso de Adán y Eva, en el más 
allá. 

Y esto es la nueva vida santa del más allá, del nuevo reino 
de los cielos, para cada uno de todos ellos, en sus millares, 
de todas las razas, familias, tribus, pueblos, linajes y 
reinos de toda la tierra, de nuestros tiempos y de siempre. 
Por eso, los que viven conforme a la carne de sus 
antepasados, como Adán, por ejemplo, entonces "piensan 
siempre" en el oscuro espíritu de rebelión, del fruto 
prohibido del árbol, de la ciencia del bien y del mal, para 
mal eterno de sus corazones y de sus almas vivientes, 
también, en esta vida y en la venidera, para siempre. 

En sentido opuesto, los que "viven" según el espíritu de fe, 
del fruto de vida, del Árbol viviente, Jesucristo, entonces 
"gozaran de poderes sobrenaturales" en sus corazones y en sus 
almas, por el amor de Dios y de la gracia salvadora de la 
sangre bendita, del Hijo de David, el Cristo de Israel y de 
la eternidad venidera, para siempre. Porque sus carnes con 
sus buenos frutos, "de haberle creído" en sus corazones y en 
sus espíritus humanos, a Dios y a su Hijo, entonces jamás han 
de morir, en esta vida ni en la venidera, porque "han vuelto 
a nacer" no de la carne de Adán o del fruto prohibido, sino 
del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. 

Porque si hemos creído al nombre de Jesucristo y a su obra 
sobrenatural, la cual lleva acabo sobre la cima de la roca 
eterna, en las afueras de Jerusalén, no fue sólo para ponerle 
fin al pecado y así cumplir la Ley de Dios, en todo hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera, sino mucho más que 
esto. Pues, también, fue para "vestirnos" de su carne, de su 
espíritu, de su nombre sobrenatural y de su sangre santísima, 
para siempre, para que seamos "eternamente santos y justos" 
para Dios, en la tierra y en el paraíso de regreso, para 
miles de siglos venideros, en el nuevo reino de los cielos, 
de Dios y de su humanidad infinita. 

Por esta razón, no toda carne es la misma carne, en el cielo 
y por toda la tierra, también. Porque en el cielo hay 
animales de todas las especies, que la palabra de Dios ha 
creado, para que vivan con Él y con su gran familia eterna 
(como la humanidad entera y sus huestes de ángeles 
gloriosos), en su nuevo reino santo, del más allá. Por eso, 
de todas las carnes de la creación de Dios: una es la carne 
de la humanidad, otra la carne de los animales, otra la de 
las aves, otra la de los peces y otra la de nuestro gran rey 
Mesías, el único salvador posible, de nuestros corazones y de 
nuestras almas vivientes, ¡el Señor Jesucristo! 

Todas estas carnes han sido creadas por la palabra de Dios y 
la del hombre, también, por sus manos santas, en el más allá, 
para gloria y para honra de su vida y de su nombre santo, 
para siempre. Pero la carne del Señor Jesucristo siempre ha 
existido en el secreto, en el corazón, de la vida santa de 
Dios, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, el 
Señor Jesucristo, en el paraíso, en el reino de los cielos y 
en toda la tierra de nuestros días y de siempre, por ejemplo. 
Porque la carne del Señor Jesucristo jamás ha visto 
corrupción, como la del hombre pecador, por ejemplo, ni sus 
huesos han sido quebrados o fragmentados ni menos vistos por 
los ojos de nadie.

Porque en el día que la carne del Señor Jesucristo descendió 
a la tierra de nuestros tiempos, por ejemplo, primero tuvo 
que entrar en el vientre virgen, de una de las hijas escogida 
de David, para que nueve meses después, entonces rompa la 
virginidad de la virgen desde dentro hacia fuera. Para que 
entonces salga el Espíritu de vida de Dios, "vestido en la 
carne" santa de su Hijo amado, el Hijo de David, el Cristo. 
Pues en éste instante histórico, no sólo el Señor Jesucristo 
nace en la tierra de nuestros tiempos, en la carne santa de 
la vida gloriosa, como del Árbol de la vida del paraíso y del 
reino de los cielos, sino que también de todo pecador y toda 
pecadora de la humanidad entera, redimido para el nuevo reino 
venidero de Dios. 

Es decir, que en aquel momento nace con el Señor Jesucristo, 
todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, para 
finalmente cubrirlos / vestirlos de su carne y de su sangre 
santa, para luego poder entonces llevarlos con él, a la 
gloria eterna del nuevo reino de los cielos, en el más allá. 
Porque de otra manera, ningún pecador o pecadora podrá jamás 
"heredar el perdón de Dios" y su salvación perfecta para su 
alma viviente, en esta vida y en la venidera del más allá, 
del nuevo reino de los cielos. 

Porque sin la carne y la sangre de Cristo, entonces todo 
pecador ha de seguir viviendo su vida pecadora, como la 
recibió Eva y luego Adán del árbol de la ciencia del bien y 
del mal, en el día que ambos comieron de su fruto prohibido, 
para mal de cada uno de sus descendientes, en toda la 
creación, para siempre. Pero gracias a los poderes 
sobrenaturales del Espíritu Santo, para todo aquel que tan 
sólo cree en su corazón y así confiesa con sus labios: el 
nombre del fruto de vida eterna, de Dios y de su paraíso 
eterno, el Señor Jesucristo, entonces su cuerpo y su vida 
pecadora han de cambiar, en un instante de fe, para vida 
infinita. 

Los pecadores han de cambiar sus vidas viles y perdidas, 
milagrosamente y maravillosamente, en un momento de fe y de 
oración, por el cuerpo y por la vida gloriosa de su Hijo 
amado, el Santo de Israel y de la humanidad entera. Porque 
sólo el Hijo de David es el Cristo, ¡el Señor Jesucristo de 
todos (gentiles y hebreos)!, para seguir viviendo sus vidas 
eternas aun más allá de la nueva eternidad venidera de Dios y 
de su Árbol de vida viviente del paraíso, por ejemplo. Para 
que desde ya cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, entonces "siga viviendo" eternamente su vida libre de 
todo pecado y de toda amenaza de destrucción eterna, del 
ángel de la muerte, en la tierra, en el infierno y hasta en 
el lago de fuego, por ejemplo, en el más allá. 

Porque todo aquel que desee ver la vida eterna, en la tierra 
y en el nuevo reino celestial, entonces tiene que convertirse 
no a la vida santa de los ángeles, arcángeles, serafines, 
querubines y demás seres santos del cielo, lo cual es muy 
loable, por cierto, sino sólo a la vida perfecta y sumamente 
honrada de su Hijo, el Señor Jesucristo. Porque en el nuevo 
reino de Dios, cada uno de los ángeles, hombres, mujeres, 
niños y niñas, han de tener que vivir sus vidas santas, tal 
cual como la vida perfecta, ni más ni menos, de la del Árbol 
de la vida eterna, el Hijo amado de Dios, el Santo de Israel 
y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! 

Por cuanto, esta fue la primera razón, por la cual Dios llama 
al hombre, desde el fondo del mundo, para que abandone su 
cuerpo de tierra y se vista de la carne santa, de su Árbol de 
vida, el Señor Jesucristo, en el paraíso y en su nueva vida 
celestial de su nuevo reino eterno, de la nueva eternidad 
venidera. Pero Adán ni menos Eva pudieron entender jamás en 
sus corazones: a la voz del gran "llamado de Dios", una vez 
formados en las manos de su Creador, de comer de su fruto de 
vida infinita, del cuerpo, de la carne, del espíritu de la 
sangre y del nombre santísimo de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo. 

Además, Dios deseaba todo éste gran bien para Adán, porque 
jamás deseo ningún mal para él ni para ninguno de sus 
descendientes, en sus millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra. Por lo tanto, desde el 
comienzo de todas las cosas, Dios siempre deseo vivir con el 
hombre y con todo ángel de su reino eterno, sin ningún 
problema alguno. 

Dado que, Dios no desea jamás tener ningún tipo de conflictos 
ni de dificultades algunas en su nueva vida celestial de todo 
hombre y de todos sus santos ángeles del reino celestial, 
sino que siempre ha querido ver la vida perfecta de su 
Jesucristo en cada uno de ellos, sin jamás hacer excepción de 
personas alguna, en la eternidad venidera. Porque en el reino 
de los cielos, todo el pecado y toda la maldad que Lucifer 
causo a Dios y a sus ángeles santos y luego al hombre del 
paraíso, por ejemplo, fue por culpa de una palabra obscena de 
su corazón perdido. 

Ya que, Lucifer pensó que "podía exaltar su nombre" más alto 
que el nombre de Dios y de su gran sacerdote, rey, cordero y 
Mesías celestial; por lo tanto, hizo una gran revolución para 
destronar a Dios y a su Árbol de la vida santa del reino de 
los cielos y de toda su creación venidera, también. Pero 
gracias a Dios, Lucifer no pudo lograr su objetivo y se 
perdió para siempre en su gran maldad, de "sus palabras mal 
intencionadas" hacia Dios y hacia la vida santa, de su Árbol 
de vida, su Hijo Santo, el Señor Jesucristo, en el reino de 
los cielos y en la tierra, también, por el poder de su 
nombre.

Es por esta razón, de que Dios no desea oír ninguna palabra 
obscena que salga de sus labios, mis estimados hermanos y mis 
estimadas hermanas, sino la que sea buena para expiación / 
salvación de sus corazones y de sus mismos espíritus humanos 
según sea necesaria, para que imparta también: gracia y 
verdad a los que les oyen siempre. Y de ninguna manera 
entristezcan al Espíritu de Dios, tampoco, con palabras 
incorrectas de sus corazones y de sus bocas, en quien "han 
sido sellados legítimamente por Dios mismo", para el día de 
la salvación y de la resurrección, en la tierra y en el 
paraíso, también, como en el nuevo reino de los cielos, en el 
más allá. 

De suerte que, sus mismos nombres han sido escritos en "el 
libro de la vida de Dios" en el reino de los cielos, por 
causa de sus buenas palabras de sus corazones y de sus labios 
ante Dios y ante su Árbol de vida eterna y sus huestes de 
ángeles santos, también, al confesar su mismo nombre 
salvador. Además, sus nombres han sido escritos por el poder 
de la mano de Dios, con la cual escribió la Ley Celestial de 
Moisés y de Israel, por ejemplo, por amor a la vida preciosa 
y sumamente santa de su Hijo amado, Jesucristo, el Santo de 
Israel y de la humanidad entera, en la tierra y en el 
paraíso, para siempre. 

Por lo tanto, honren siempre a Dios y a su Jesucristo en sus 
corazones, delante de él y de los demás, en todos los lugares 
de la tierra, a donde sea que vivan o transiten. Porque Dios 
mismo siempre ha de estar con ustedes, por amor al nombre 
santo de su Hijo amado, nuestro salvador Jesucristo, el cual, 
por cierto, ya vive en sus corazones, desde el momento que 
creyeron en Él y en su obra santa y sumamente gloriosa. 

Obra sublime de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo 
sobre el madero, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para 
alcanzar de una vez por todas y para siempre: la muerte del 
pecado y el perdón eterno de sus vidas y de sus almas 
vivientes, también, en la tierra y en el paraíso, para los 
siglos de los siglos. Es por eso, que es bueno siempre cuidar 
de toda palabra que salga de sus labios, para no ofender a 
Dios, a su Espíritu Santo, a su Jesucristo y a sus seres 
creados por sus palabras y por sus manos, como los ángeles 
del cielo y la humanidad del paraíso y de la tierra de 
nuestros días, también, por ejemplo. 

Porque hay un juicio final de parte de Dios, para todas las 
cosas, de lo que se han hecho y dicho en el cielo y en la 
tierra, para todo pecador y para toda pecadora; por eso, cada 
cual ha de dar cuenta por sus malas acciones y sus palabras 
ante Dios y ante su prójimo, en toda la creación. Porque no 
es posible que ninguna palabra que haya salido de la boca de 
Adán y de cada uno de sus descendientes, por ejemplo, quede 
entonces impune, ante Dios y ante su Espíritu Santo y ante 
sus huestes de ángeles santos, del reino de los cielos. 

Puesto que, tanto como Dios y cada uno de sus seres creados, 
tiene que recibir justicia por cada palabra que haya oído, 
sea buena o sea mala para él o para ella, en el paraíso y en 
toda la tierra, también. Y sólo así entonces la vida santa y 
totalmente nueva de Dios y de cada una de sus criaturas ha de 
empezar: libre de las malas palabras del enemigo de Dios y de 
toda verdad, Lucifer; y libre también eternamente de sus 
malas acciones en contra de Dios, en el cielo y del hombre 
por toda la tierra, para siempre. 
 
Por cuanto, el corazón de Dios y de cada uno de sus ángeles, 
hombre, mujeres, niños y niñas, desean "alcanzar toda 
justicia" en sus corazones, dichas en contra de ellos, de 
Dios y de su Jesucristo, para entonces poder seguir adelante 
a vivir sus vidas nuevas, en la nueva era de Dios, en el 
reino de los cielos, por ejemplo. De otra manera, la justicia 
de Dios jamás se ha de cumplir en el corazón y en la vida de 
cada uno de sus ángeles, del reino y de los hombres, mujeres, 
niños y niñas de toda la tierra, también. Y esto no podrá ser 
posible jamás ni por un sólo instante, sino por lo contrario. 

Toda palabra y acción en la vida del ángel y del hombre ha de 
ser "llena a satisfacción" de Dios y de su Espíritu Santo, de 
la justicia divina e infinita del Árbol de Dios, el Señor 
Jesucristo, para que entonces sólo "la verdad y la justicia 
inmortal" existan para siempre, en la vida santa de su nuevo 
reino venidero. Es decir, también, para que "la verdad y la 
justicia infinita" del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo, 
existan por siempre en el corazón de cada ángel, hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin el mal 
destructivo de Lucifer, en la vida santa del nuevo reino de 
Dios, en la nueva eternidad venidera del más allá. 

Libro 137

MISIONES 

Nuestro Padre Celestial le ha entregado al hombre la misma 
misión celestial, la cual primero se la dio a su Espíritu 
Santo, de subyugar todos los poderes de las profundas 
tinieblas de sobre toda la faz de la tierra, para que luego 
el Señor Jesucristo descienda a la vida humana de todo 
hombre. Para que entonces el Señor Jesucristo mismo (y no 
otro) nos entregue de su perdón y de su gran reconciliación 
divina para con Adán y para con cada uno de sus 
descendientes, de la humanidad entera, en sus millares, en 
toda la tierra, de la antigüedad y de nuestros tiempos, 
también, para siempre.

Y esta misión divina de todo hombre, mujer, niño y niña, es 
de amar a su Padre Celestial día y noche en su corazón y en 
toda su alma, en el poder del Espíritu Santo y de nombre 
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Para que 
entonces todas las profundas tinieblas de Lucifer y de sus 
ángeles caídos, de enfermedades y de otros males eternos, 
como la muerte, por ejemplo, entonces se vallan de la tierra 
a su lugar eterno, en el más allá, en el bajo mundo de la 
oscuridad y de la perdición infinita de sus espíritus 
rebeldes y de las almas perdidas.

Porque la verdad es que Dios ha creado a todo hombre y a toda 
mujer de la humanidad entera, para que le sirvan a Él día y 
noche en la tierra y en el cielo, en el espíritu de vida y de 
salud infinita de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para 
que su nombre bendito sea exaltado y honrado mucho más que 
antes. Es decir, para que su nombre santo, entonces alcance 
mayores glorias y santidades sobrenaturales de nuestros 
corazones y de nuestras almas eternas, jamás alcanzadas por 
sus ángeles del reino de los cielos, desde los días de la 
antigüedad, hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Pues cantemos alegres a nuestro Padre Celestial con mucho 
amor en nuestros corazones eternos, en el nombre de su Hijo 
Santo, porque él es bueno. Porque nuestro Dios es grande en 
misericordia y en verdad, para cada uno de todos nosotros, 
los descendientes de Adán, en toda la tierra y del más allá, 
también, como el paraíso o como la nueva Jerusalén Santa y 
Eterna. Por lo tanto, anuncien día y noche y por siempre su 
gran amor y su evangelio de verdad y de justicia infinita 
para el corazón, de todo pecador y de toda pecadora de toda 
la tierra, para que "encuentre por fin" su perdón y su paz 
eterna, para con su Dios y para con su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Y sólo así entonces dejaran que las naciones vean la gloria 
de Cristo Jesús en cada uno de ustedes: al hablar y al cantar 
por siempre de su gran amor, en todos los pueblos del mundo. 
Y esto ha de ser, realmente, de la misma manera que los 
ángeles del cielo lo han venido haciendo así, desde los 
primeros días de la antigüedad, hasta nuestros tiempos, por 
ejemplo, para gloria y para honra infinita de su nombre 
santo. 

Por esta razón, sin más espera alguna, entonces pongan el don 
de Dios a obrar, para el bien de los demás. Para que las 
gentes sean perdonadas de sus pecados y sus enfermedades 
sanen (y hasta aun las más terribles e incurables), para que 
los ángeles caídos salgan, de sus cuerpos y de sus heridas. Y 
así ya no regresen jamás a ninguno de ellos, porque ahora 
Cristo vive en sus cuerpos glorificados, bendecidos y lavados 
por la sangre de Dios del pacto eterno, de Dios, de Israel y 
de la humanidad entera, para salud y vida eterna, en la 
tierra y en el cielo, para siempre. 

Fue por esta razón, más que ninguna otra, que el Señor 
Jesucristo les decía a las multitudes, además de los 
apóstoles de Israel: Vengan a mí y síganme todos los días de 
sus vidas, y los haré pescadores de hombres, para siempre, 
para gloria eterna de la vida y del nombre de su Dios, en el 
reino de los cielos. Porque si el evangelio de la palabra de 
vida y de salud eterna, para el corazón y para el alma del 
hombre, está silencioso en nuestros corazones y en nuestros 
labios, entonces estará oculta para todos los hombres, 
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera; por lo tanto, 
jamás conocerán del amor de Dios y de su Hijo Santo. 

Pero si hablamos del nombre del Señor Jesucristo y de sus 
muchas maravillas, milagros y de sus prodigios, que llevan en 
el corazón de cada uno de ellos, de los que creen en Él y en 
su nombre, entonces sus tinieblas dejaran de ser tinieblas, 
para llenar todos sus cuerpos y sus espíritus humanos, de la 
luz viviente de Dios. Porque nuestro Dios es "luz" y no 
tinieblas, en el corazón de los ángeles de los cielos y así 
también, en los corazones de cada hombre, mujer, niño y niña 
de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el 
paraíso, por ejemplo. 

Pues entonces así también "alumbre la luz" de Jesucristo en 
sus corazones, al tan sólo creer en él y en su obra santa, la 
cual ha llevado acabo sobre la roca eterna, en las afueras de 
Jerusalén, en Israel, para ponerle fin a tu pecado, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana. Y así no tengas que 
jamás morir, eternamente, en la tierra ni en el más allá, 
como en el infierno, por ejemplo. Porque cuando Jesucristo le 
puso fin al pecado, entonces ya había cumplido la Ley, con su 
propia vida y con su misma sangre, para luego darle muerte, 
en su día, al ángel de la muerte y así no tengas que vivir 
jamás, como hoy en día, por ejemplo, si crees en Él, asustado 
de la manaza de la muerte eterna. 

En otras palabras, también, si crees en tu corazón y así 
confiesas con tus labios, de que el Señor Jesucristo es "tu 
gran rey Mesías", el único salvador posible de tu vida, en 
esta vida y en la venidera, también, entonces ya no tienes 
"una cita con el ángel" de la muerte, como todo pecador la 
tiene con él. Porque la verdad es que todo pecador tiene una 
cita con el ángel de la muerte de seguro, en su ultimo día de 
vida en la tierra, sino que ahora tienes "una cita con tu 
Dios" y salvador eterno de tu alma viviente, el Árbol de 
vida, el Señor Jesucristo, en el paraíso celestial, del nuevo 
reino de los cielos. 

Por lo tanto, si Cristo vive en tu corazón, entonces deja que 
su luz "alumbre" en tu vida, haciéndole así ver a los demás, 
que aun no tienen "la bendición y la salvación" de sus vidas 
en sus corazones, algo que, por cierto, cada uno de ellos 
necesita para ver la vida eterna. Y entonces pueden vivir con 
su Dios y con su salvador eterno, felices en la tierra, hasta 
que entren por fin a su nuevo lugar celestial, del nuevo 
reino de los cielos, en el más allá, como en la nueva ciudad 
celestial del gran rey Mesías, el Hijo de David, el único 
Cristo posible de Israel y de las naciones. 

Es por eso, que la promesa del Señor Jesucristo hacia todo 
hombre, mujer, niño y niña de la tierra, ha sido la misma con 
ellos en su día, como con los antiguos, por ejemplo. Y esto 
es, de que todo aquel que le confiese a Él, delante de sus 
hermanos y de sus hermanas en la tierra, pues así también Él 
mismo le ha de confesar su nombre propio, delante de su Padre 
Celestial y de sus millares de ángeles santos, en el reino de 
los cielos. Y esto ha de ser, realmente, con cada uno de 
todos sus fieles a su nombre santo, en sus corazones y en sus 
labios, desde hoy mismo y por siempre en la eternidad 
venidera, del nuevo reino de Dios y de su humanidad infinita. 

PREDIQUEN DÍA Y NOCHE EN EL NOMBRE DE VIDA Y DE SALUD ETERNA

Por tanto, vayan y hagan discípulos a todas las naciones, les  
decía el Señor Jesucristo a sus apóstoles y discípulos, en 
Israel y en toda la tierra, también: "bautizándoles en el 
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y así 
enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado, 
desde el principio. Y he aquí, que yo estoy con ustedes todos 
los días de sus vidas por la tierra, hasta el fin del mundo". 

Porque éste evangelio del nuevo reino de los cielos tiene que 
llegar a la vida de todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, para eliminar de una vez por todas y para 
siempre, cada una de las tinieblas del pecado, de Lucifer y 
de la serpiente antigua del Jardín del Edén, en toda la 
tierra. Porque toda alma viviente del hombre tiene que ser 
bañada por la fe salvadora, de la sangre bendita del Hijo 
amado de Dios, para eliminar toda contaminación del pecado, 
en su vida en la tierra y de su nueva vida celestial, en el 
nuevo reino de los cielos, en el más allá, para siempre. 

Por cuanto, todo espíritu de ángel y toda alma del hombre ha 
de vivir delante de Dios para siempre, "lavado y purificado" 
de todo pecado, por la sangre bendita del "Cordero Escogido 
de Dios", el Señor Jesucristo. De otra manera, ningún ser 
viviente, creado por la palabra y por las manos de Dios, ha 
de poder entrar en su reino santo, para seguir viviendo su 
vida por siempre, en la verdad y en la justicia salvadora de 
su Árbol de vida eterna, ¡el Santo de Israel y de la 
humanidad entera, el Señor Jesucristo! 

Por esta razón, todo siervo y toda sierva de Dios y de su fe 
viviente, entonces tiene que hablar del nombre y de la vida 
gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, al corazón de 
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para 
que conozcan a su Dios y a su salvador eterno, el Señor 
Jesucristo. Y sólo así entonces puedan comenzar a ser "libre 
del pecado y de sus enfermedades eternas", que conllevan día 
y noche hacia la muerte eterna del más allá, del bajo mundo 
de los perdidos, el Abadón, el abismo del fuego eterno. 
 
En éste terrible lugar, en donde los diablos y las naciones 
rebeldes de la antigüedad al nombre del Señor Jesucristo, 
esperan por su día de su juicio final, de Dios y de su 
Espíritu, para recibir su condena y su castigo eterno, según 
hayan sido sus palabras y sus acciones, en contra de su Dios 
y de su palabra santa. Y nuestro Dios jamás ha deseado que 
ningún hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, 
baje a éste terrible lugar de perdición eterna, para su 
corazón y para su alma viviente, sino todo lo contrario. 

Nuestro Dios ha deseado desde siempre, que su corazón y su 
alma eterna suban hacia sus lugares santos, de gozo y de 
felicidad infinita en el más allá, como en sus lugares 
santos, por ejemplo, de su trono y de su altar en el reino 
celestial, para que viva y así jamás tenga que ver la muerte, 
para siempre. Porque el bajo mundo del más allá ha sido 
creado por culpa de las palabras mentirosas del corazón 
perdido, en sus profundas tinieblas, de Lucifer y de la 
serpiente antigua, para que en el día que ellos mueran, 
entonces desciendan a estos lugares terribles e inhumanos, de 
perdición eterna. 

Para que jamás se vuelvan a levantar en sus vidas, para 
"hablar maldad y rebelión" en contra de su Dios y de su Árbol 
de vida eterna, el Señor Jesucristo, como sucedió en el reino 
de los cielos, en el día de la rebelión de Lucifer y de sus 
ángeles caídos, o como en el paraíso, también. Por ejemplo, 
cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, para comenzar 
a perder sus vidas, para no volverlas a ver jamás, a no ser 
que "comiesen" del fruto de vida eterna, en sus corazones y 
en sus almas vivientes, también, por medio de la fe, del 
nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.  

Porque sólo por medio del poder sobrenatural, de la sangre 
del Señor Jesucristo, es que todo hombre, mujer, niño y niña 
de la humanidad entera, ha de ser perdonado de su pecado y 
justificado, a la vez, ante Dios, para volver a disfrutar de 
la vida, como en su día fue con Adán y Eva, en el paraíso, 
por ejemplo. Para que entonces ellos también, como 
descendientes, ya no tanto de Adán, sino de Jesucristo, no 
sólo "puedan heredar la vida" en el paraíso, sino también en 
el nuevo reino de Dios, como en la nueva ciudad celestial del 
más allá: La Nueva Jerusalén Santa y Eternal del gran rey 
Mesías, el Árbol de Dios y de su Espíritu Santo. 

Por esta razón, la palabra de Dios y de su Jesucristo tiene 
que ser "predicada" a tiempo y fuera de tiempo, en todos los 
lugares de la tierra, para que los que estén perdidos en las 
profundas tinieblas del pecado, de Lucifer y de la serpiente 
antigua, entonces puedan ser liberados por la palabra de 
Cristo Jesús, único salvador nuestro. Porque son las palabras 
del Señor Jesucristo que tienen "el poder y la unción 
sobrenatural", de parte de nuestro Padre Celestial, para 
liberarnos de todos los poderes sobrenaturales del pecado y 
de las profundas tinieblas del enemigo, que estén operando en 
nuestras vidas y en las vidas de nuestros familiares y hasta 
de nuestros amigos, también, por ejemplo. 

Porque la palabra de Dios es para cada uno de nosotros, de 
nuestros familiares y amigos cercanos y lejanos también: para 
perdonar, para liberar y para bendecirnos eternamente y para 
siempre, en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, 
en la tierra y en el cielo. Y esto es, realmente, para 
hacernos "libre" de todas las palabras antiguas y de gran 
maldad de Lucifer y de la serpiente antigua del paraíso, que 
aun están operando en nuestras vidas, para llevarnos a la 
perdición eterna del más allá, sin Dios y sin Cristo Jesús, 
en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también, 
para siempre. 

Por eso, si creemos en nuestros corazones y así confesamos su 
nombre bendito y milagroso con nuestros labios, entonces el 
Señor Jesucristo ha prometido que permanecerá con cada uno de 
nosotros día y noche, en nuestros millares, hasta el fin de 
todas las cosas, en toda la tierra. Y esto ha de ser día y 
noche con cada uno de nosotros y con cada uno de nuestras 
familias y amigos, en la tierra y en el más allá, también, 
hasta que entremos de lleno a su nuevo reino celestial, de 
vida y de salud infinita, de nuestro Dios y de sus huestes de 
ángeles gloriosos y eternamente honrados.

RECIBIRÁN PODER PARA PREDICAR SU NOMBRE SANTO Y SALVADOR

Por eso, todo hombre, mujer, niño o niña, que haya creído al 
Señor Jesucristo en su corazón y así le haya confesado con 
sus labios, entonces está llamado de parte de Dios a anunciar 
la vida y el nombre bendito de su Jesucristo a todos los 
demás, como a sus familiares y amigos, por ejemplo, para que 
reciban "la vida". Y esto es perdón y salvación eterna de sus 
almas vivientes, en la tierra y en el  paraíso, también, para 
siempre, para que jamás se vuelvan alejar de su Padre 
Celestial y de su fruto de vida y de salud infinita, para sus 
corazones y para sus cuerpos eternos, su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo! 

Por lo tanto, los que tan sólo creen en el nombre del Señor 
Jesucristo, entonces "recibirán poder", cuando el Espíritu 
Santo haya venido sobre cada uno de ellos, para que le sean 
testigos en sus tierras, en Israel, y en todos los lugares 
del mundo entero, hasta el fin de todas las cosas. Porque 
ésta palabra del evangelio del reino de Dios tiene que ser 
predicada a todo ser viviente, para que entonces venga el 
nuevo reino de los cielos sobre toda la tierra, y sólo así 
luego poder comenzar la nueva era del nuevo reino de los 
cielos, de Dios y de su Árbol de vida infinita, en el más 
allá. 

Porque todo pecador y toda pecadora, de todas las naciones de 
la tierra, ha de ser redimido con poder del más allá, del 
reino de los cielos de Dios y de su Árbol de vida infinita, 
si tan sólo cree en su Dios y en su salvador eterno, ¡el 
Señor Jesucristo!, en su corazón y en toda su alma viviente, 
también. Y este poder de Dios es el mismo poder del Espíritu 
Santo, quien entra en el vientre virgen de la hija de David, 
para entonces nueve meses después "romper la virginidad" de 
la hija de David, para luego manifestarse a Israel y a la 
humanidad entera, como "el Cordero de Dios", que quita el 
pecado del mundo, para siempre. 

Porque sólo el Hijo de David podía ser llamado "el Cordero de 
Dios", para destruir al pecado y al ángel de la muerte, 
también, en la tierra y en el más allá, con el poder 
sobrenatural del nombre de nuestro Padre Celestial, viviendo 
en su corazón santo, en perfecta santidad y en gloria 
infinita, para bendecir a la humanidad entera. Es por eso, 
que Dios nos ha dado de su Espíritu Santo, sin medida alguna 
a todos nosotros, en toda la tierra. Porque su Espíritu Santo 
tiene cada uno de sus dones sobrenaturales, para destruir día 
y noche a cada una de las obras de Lucifer y de sus ángeles 
caídos, en la tierra y en el más allá, también, para siempre. 

Es decir, también, de que cada vez que nosotros creemos a 
nuestro Dios y Padre Celestial en nuestros corazones, por 
amor a nuestro Señor Jesucristo, salvador único de nuestras 
vidas, en la tierra y en el paraíso, entonces poderes del 
cielo descienden en el Espíritu de Dios, para edificar 
nuestras vidas con poderes sobrenaturales, de perdón y de 
bendiciones eternas. Y cuando estos poderes sobrenaturales de 
los dones del Espíritu de Dios entran a nuestras vidas, por 
amor a Dios y por amor a nuestro Señor Jesucristo, entonces 
nosotros tenemos "el poder y la unción" para predicar la 
palabra de nuestro Dios y salvador, el Señor Jesucristo, a 
todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera. 

Y es aquí, en esta predicación, de la palabra del Señor 
Jesucristo, es cuando cada persona que está enferma se 
comienza a sanar de cada una de todas sus enfermedades y de 
sus males eternos, como hasta de la misma muerte, también, 
por ejemplo. Porque la verdad es, que aun la muerte es una 
enfermedad terminal, para el hombre y para la mujer de la 
tierra, pero no para Dios o su Jesucristo. Porque nuestro 
Dios tiene poder sobrenatural también, en la sangre bendita 
de su Hijo amado, para sanar aun hasta de la muerte eterna 
del infierno: a cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, 
si tan sólo cree en Él y en su obra redentora. 

Y ésta obra redentora de nuestro Dios y de su Jesucristo es 
la cual ha llevado acabo sobre la cima de la roca eterna, en 
las afueras de Jerusalén, para ponerle fin al pecado y al 
ángel de la muerte, en la vida del hombre y de la mujer y 
hasta de la tierra misma de nuestros días, por ejemplo. 
Porque aun la tierra de nuestros tiempos y de siempre, 
siempre ha necesitado de la bendición y de la salvación 
infinita, de su Dios y Creador de sus cielos, mares, tierras 
y misterios indescriptibles de selvas aun no visitadas por la 
ciencia, con todas sus glorias de vidas terrenales, 
celestiales y hasta de las profundidades de su corazón vivo, 
también. 

Entonces nosotros hemos recibido poder de lo alto, por tan 
sólo haberle creído a nuestro Padre Celestial, por todo lo 
que su Hijo amado ha hecho en la tierra, para bien de Adán y 
de cada uno de sus descendientes, en sus millares, en todos 
los rincones de la tierra, de nuestros días y de siempre, 
hasta la eternidad venidera. Y estos poderes de Dios están en 
nuestros corazones, en el poder sobrenatural de la presencia 
y de la unción celestial de su Espíritu Santo, para darnos 
vida y vida en abundancia, para destruir a cada una de las 
profundas tinieblas de las palabras mentirosas, de Lucifer y 
de sus ángeles caídos. 
  
Además, estos son males del más allá del bajo mundo de 
Lucifer, de los que puedan estar "operando siempre", en 
contra de cada uno de nosotros, para destruir nuestras vidas 
y así hacer que nuestras almas se pierdan para siempre, en la 
eternidad venidera, de nuestro Dios y de su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo. Por lo tanto, es nuestro deber por siempre 
día y noche, de orar a nuestro Dios para que siempre nos 
bendiga, en el nombre de su Jesucristo, con todos y cada uno 
de los dones de su Espíritu Santo, que "ya están en la 
tierra", para cumplir su palabra, de bendición y de salvación 
eterna, en cada uno de nosotros. 

Es decir, que estos poderes de los dones del Espíritu Santo 
ya "están operando" en los corazones y en las vidas de todos 
los hombres, mujeres, niños y niñas de la fe, del nombre 
bendito del Señor Jesucristo, para perdonar sus vidas de 
todos sus pecados, y llenarlos de muchas y ricas bendiciones, 
de los lugares celestiales del más allá. Porque todos 
nosotros, no sólo tenemos que alimentar nuestros cuerpos y 
espíritus humanos, con los frutos de la tierra, sino también 
con los frutos gloriosos, de la palabra de Dios, del Árbol de 
la vida y de los dones sobrenaturales, de poderes, de 
milagros y de maravillas indescriptibles, del Espíritu Santo 
de Dios. 

EL HIJO DE DIOS TIENE QUE QUEDARSE CON LOS PECADORES

Por eso, nuestro Señor Jesucristo ha venido al mundo, para 
cumplir su más "sublime misión", de cumplir la Ley de Dios y 
de Moisés, para entonces poder destruir el poder del pecado y 
de su muerte eterna, sobre todo hombre, mujer, niño y niña, 
de la humanidad entera. Porque el pecado de Adán y de cada 
uno de sus descendientes, "no se podía destruir" antes de la 
llegada de Cristo a Israel, "ni menos se podía cumplir" la 
Ley Eterna de Dios, para ponerle fin al ángel de la muerte, 
de cada alma del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, 
de la humanidad entera. 

Por lo tanto, como dijo el Señor Jesucristo a sus apóstoles, 
días antes de su crucifixión: "Es necesario que el Hijo del 
Hombre sea entregado en manos de los pecadores, y que sea 
martirizado y luego resucite al Tercer Día, desde el vientre 
de la tierra, destruyendo el poder de la muerte en su vida y 
sobre la humanidad entera". Porque en esta muerte, el Señor 
Jesucristo no sólo nos estaba limpiando, de todo poder del 
pecado, sino también del poder de la muerte eterna, en el más 
allá, para entonces "despertar a la nueva vida celestial", en 
la tierra y luego en el paraíso y delante de nuestro Padre 
Celestial y de sus santos ángeles gloriosos y eternamente 
honrados. 

Consiguientemente, el hombre y la mujer del espíritu de fe, 
de su nombre santo y eternamente honrado, son libres del 
poder de la muerte. Es decir, también, que tal persona, sea 
quien sea ella, en toda la tierra, ya no tiene un día ni una 
hora más de muerte para su alma, sino sólo la vida eterna le 
espera día y noche hasta que regrese al paraíso, desde hoy 
mismo en su hogar o en cualquier lugar de la tierra, por 
ejemplo. Es decir, también, que en el Señor Jesucristo cada 
uno de nosotros puede volver a nacer, no de la carne, en el 
día que nacimos en la tierra, de nuestros tiempos, por 
ejemplo, sino en la tierra santa y sumamente gloriosa del más 
allá, del nuevo reino de los cielos, aunque aun estemos 
viviendo nuestras vidas actuales en la tierra. 
 
Es por eso, que el Espíritu de Dios es de gran importancia, 
para el diario vivir de cada hombre, mujer, niño y niña, de 
la humanidad entera, para entonces nosotros no solamente 
nacer de nuevo, bajo los poderes sobrenaturales de su 
Espíritu de vida eterna, sino mucho más que esto. Porque 
también hemos de crecer diariamente hacia nuestro Padre 
Celestial, para ese "pronto encuentro" con Él y con la gloria 
bendita de su Árbol de vida y de salud eterna, el Señor 
Jesucristo, el único posible gran rey Mesías de nuestro Dios 
y para cada uno de nosotros, en la eternidad venidera de 
muchos siglos sin fin, en el cielo. 
 
Porque en la nueva eternidad, y a través de sus siglos sin 
fin, nuestra misión ha de ser de servirle a nuestro Padre 
Celestial, con el mismo Espíritu de amor, de su Árbol de 
vida, como los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y 
demás seres santos, lo han venido haciendo, a través de los 
tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo. Y hemos de ser 
fieles a nuestro Dios por siempre, sólo por medio de la vida 
de la "sangre sagrada", de su pacto eterno, para con cada uno 
de los antiguos y de nosotros también, en la tierra de 
nuestros días y en su nueva vida celestial, por ejemplo, en 
su nuevo reino de los cielos, en el más allá.  

Puesto que, la sangre de Jesucristo una vez que entra en 
nuestros corazones, cuando creemos en él, y en su nombre 
santo confesamos nuestro perdón y nuestra salvación infinita, 
delante de nuestro Dios, entonces nosotros hemos entrado a la 
vida, desde aquel mismo instante de oración y de fe, porque 
nuestro nombre ha sido "escrito" en su libro de vida. Por lo 
tanto, el espíritu de la vida eterna, de la sangre santísima 
y inmolada del Señor Jesucristo, jamás nos ha de abandonar, 
por ninguna razón, para siempre, en la tierra, ni menos en el 
más allá, en el nuevo reino de los cielos, de Dios y de su 
Árbol de vida eterna, sino por lo contrario. 

La sangre bendita de nuestro Señor Jesucristo ha de correr 
por nuestros corazones y por  las venas de nuestros cuerpos, 
de la misma manera que ha corrido siempre, en el corazón y en 
las venas santas de nuestro Árbol de vida eterna, el Hijo 
amado de Dios, el Señor Jesucristo, ¡único salvador posible 
de Israel y de la humanidad entera! Por esta razón, era muy 
necesario, que el cuerpo santo de nuestro salvador Jesucristo 
cayese en las manos de los pecadores, cuando su corazón y su 
alma santísima eran totalmente libres de toda maldad y de 
todo poder del pecado, de las palabras mentirosas de Lucifer 
y de la serpiente antigua del Jardín del Edén, por ejemplo. 

Para que entonces Jesucristo sea juzgado por los pecadores, 
por razones de los mismos pecados, de sus corazones llenos de 
las tinieblas, de las palabras de gran maldad de Lucifer, y 
luego sea crucificado sobre los arboles secos y sin vida de 
Adán y de Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las 
afueras de Jerusalén. Y sólo así entonces finalmente cumplir 
la Ley de Dios, de una vez por todas y para siempre, en el 
corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, para ponerle fin al pecado y a su ángel de muerte 
eterna, incluyendo también a Lucifer y a cada uno de sus 
diablos. 
 
Es decir, para ponerle fin a cada una de las profundas 
tinieblas del mal eterno del pecado y de sus muchas 
enfermedades terribles, para el corazón y para el alma 
viviente del hombre y de la mujer de toda la tierra, de 
nuestros días y de siempre, por ejemplo. Porque ésta era la 
única manera posible, que la Ley de Dios podía ser finalmente 
cumplida y sumamente honrada, para entonces "doblegar al 
pecado", hasta vencerlo eternamente y para siempre, por los 
poderes sobrenaturales del pacto eterno, de la sangre bendita 
del gran rey Mesías, ¡el Hijo de David!

Y esta sangre santísima de Dios es solamente "una", 
representando a la humanidad entera, la que fue derramada 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
por el cuerpo inmolado de Jesucristo, para vencer el mal 
eterno de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
eterna, de una vez por todas y para siempre. Para que 
entonces todo aquel que ame a Dios, por medio de la vida y de 
la sangre santísima de su Hijo amado, pueda comenzar a ver la 
vida en la tierra, hasta finalmente entrar en sus lugares 
eternos, de gran gloria infinita, en el más allá, en el nuevo 
reino de Dios y de su Árbol de vida, Jesucristo.
 
LOS QUE AMAN A DIOS Y A JESÚS, RESPLANDECERAN COMO EL SOL

Entonces en los últimos días, los entendidos de Dios y de su 
Jesucristo resplandecerán con el resplandor del firmamento; y 
los que educan justicia a las gentes, entonces serán sus 
rostros como las estrellas del cielo, por toda la eternidad. 
Porque la gloria de Dios se ha de engrandecer por toda la 
tierra, en los corazones de cada uno de sus hijos y de sus 
hijas. Y esto ha de ser, verdaderamente, de los hombres, 
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, sin que 
ninguno de ellos quede sin su bendición celestial, en su 
corazón y en toda su vida terrenal y celestial, también, de 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. 

En verdad, el Espíritu de Dios se ha de engrandecer en gran 
medida espiritual, en los corazones y en las almas eternas, 
de los que amen a Dios y a su Jesucristo, en todos los 
rincones de la tierra. Para que entonces todo lo que era 
antes tinieblas sea ahora "luz resplandeciente", en las vidas 
de cada uno de ellos, de todos los fieles a Dios y a su 
palabra santa, de todas las familias de la humanidad entera. 
Y sólo así entonces, todo lo que era tinieblas en todas las 
naciones de la tierra, ya no lo serán para la eternidad 
venidera. 

Porque ahora Dios y su Jesucristo reinan en los corazones y 
en las vidas de todos los hijos e hijas de la humanidad 
entera, para cumplir "la misión celestial" de la Ley de Dios, 
eternamente y para siempre. Así como es la voluntad perfecta 
de la Ley cumplida con los ángeles en el cielo, pues así será 
con todo hombre en la tierra, también, para siempre. Por lo 
tanto, todo ha de ser luz y vida celestial, para nunca más 
volver a ser tinieblas como antes, como cuando Lucifer y su 
espíritu de error reinaban en los corazones de todos ellos, 
en sus millares, por toda la tierra, por ejemplo, desde Adán 
en el paraíso, hasta el último hombre o mujer que nazca en la 
tierra. 

Entonces en aquellos días, por fin la perfecta voluntad de 
Dios se ha de cumplir en todo hombre y en toda mujer de la 
humanidad entera, incluyendo a toda la tierra; en donde hemos 
nacido en el pecado de Adán y Eva, por ejemplo, para cumplir 
"la misión de recibir el nombre de Jesucristo" en nuestros 
corazones y vidas eternas. Es decir, que la misión del 
Espíritu de Dios ha de ser por fin perfecta en nuestros 
corazones y en nuestras vidas terrenales y celestiales, 
también, en el más allá, para siempre, para nunca más volver 
a conocer el pecado ni sus profundas tinieblas, de muertes 
eternas, en la tierra, ni menos en el infierno. 

Realmente hemos de ser totalmente libres de los males del 
pecado y de su muerte infinita, en nuestros corazones y en 
nuestras almas vivientes, también, para entonces agradar a 
nuestro Dios y a su "fruto de vida eterna", el Señor 
Jesucristo por siempre, en su nuevo reino celestial, como en 
el paraíso o como en su nueva ciudad infinita. Y esta nueva 
ciudad es La Gran Jerusalén Santa y Eterna, la cual Dios les 
prometio a los israelíes por boca de Moisés, para que también 
pasen "ésta gran misión" de vida y de salud a todo hombre, 
mujer, niño y niña de la fe, del nombre de su "Cordero 
Escogido", ¡el Cristo de Israel y de la humanidad entera! 

Además, en esta ciudad celestial "sólo habitara": todo aquel 
que haya comido y bebido del fruto de vida, del Árbol de 
Dios, el Señor Jesucristo. Algo que Adán y Eva descuidaron de 
hacer en el paraíso, cuando Dios les dijo: -De todos los 
arboles del huerto podrán comer y también del Árbol de la 
vida. Pero del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del 
bien y del mal, no podrán comer de él jamás. Porque en el día 
que de él coman y beban, entonces dejaran de existir, en el 
paraíso y en toda la tierra, también, para Dios y para su 
Árbol de vida. 

Por lo tanto, todos ustedes y cada uno de sus descendientes, 
también, sólo podrán comer y beber del Árbol de la vida 
eterna, que está situada en el epicentro del paraíso y del 
reino de los cielos, el Señor Jesucristo. Porque sólo en 
Jesucristo está "la vida y la salud" eterna de cada uno de 
ustedes y de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de la 
humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra, de hoy y 
de siempre, hasta finalmente entrar en la vida eterna del más 
allá, del nuevo reino de los cielos. 

Y fue por estas palabras de nuestro Padre Celestial que el 
Señor Jesucristo en su día y delante de sus apóstoles, 
entonces les declaro abiertamente y no en parábolas, para que 
realmente entiendan, de una vez por todas: quien es él 
realmente para cada uno de ellos, en el paraíso y en toda la 
tierra, también. Y les dijo: - Yo soy el pan de vida que ha 
descendido del cielo. Para que todos aquellos que coman de 
mí, entonces tenga vida eterna y no mueran nunca por ningún 
pecado ni por ninguna de sus enfermedades eternas, en la 
tierra ni en el más allá, tampoco. 

En otra ocasión, el Señor Jesucristo les dijo también, por 
razones de las palabras de nuestro Padre Celestial, en el 
paraíso para con Adán y para con cada uno de sus 
descendientes: - Mirando al cielo, con el pan de la mesa en 
sus manos, entonces oro y dijo: - Éste es mi cuerpo, el cual 
es partido por ustedes. Y diciendo estas palabras, entonces 
partía el pan (en pedazos para sus millares de seguidores, de 
todas las generaciones venideras) y se los ponía en la mano, 
de cada uno de sus apóstoles, asegurándoles en sus corazones, 
de que si comen de Él, no volverán a tener hambre jamás. 

Entonces los apóstoles comían vida eterna de las manos y del 
pan de vida de su salvador eterno, el Señor Jesucristo. Tan 
pronto como los apóstoles terminaron de comer del pan que el 
Señor Jesucristo había partido con sus propias manos y puesto 
en sus manos, entonces cogió la copa de vino en sus manos, 
levantado la copa entonces volvió a orar. Y mirando a sus 
apóstoles, les decía: -Ésta copa es mi sangre, la cual ha de 
ser vertida sobre toda la tierra, por amor a cada uno de 
ustedes y por amor a todos los hombres, mujeres, niños y 
niñas de la humanidad entera. 

Por lo tanto, el que beba de esta copa no volverá a tener sed 
jamás, sino que "de sus entrañas correrán fuentes de agua de 
vida eterna, que no se agotaran jamás, en la tierra ni en el 
paraíso, para siempre". Aquí, los que han comido del pan del 
cuerpo inmolado y bebido de la copa, del espíritu de la 
sangre de vida y de salud del "Cordero Escogido de Dios", el 
Señor Jesucristo, entonces hónrenle con sus corazones y con 
sus labios: alabando su nombre salvador, desde hoy y por 
siempre, en la eternidad venidera de su nuevo reino 
celestial.

CANTEN Y PREDIQUEN DÍA A DÍA: LA SALVACIÓN DE DIOS

Sin duda alguna, asimismo, en sus corazones eternos y con sus 
labios: ¡Canten a su SEÑOR, toda la tierra día y noche y 
hasta siempre! Anuncien de día en día su salvación. Hablen 
entre las naciones de su gloria, y de entre los pueblos sus 
perfectas maravillas, porque el amor de nuestro Dios es 
grande para con cada uno de nosotros, en toda la tierra, de 
todas las familias, razas, linajes, tribus y reinos del 
hombre, en el mundo entero, hoy en día y por siempre, en la 
eternidad venidera. 

Porque en la nueva eternidad de Dios y de su Árbol de vida, 
entonces todas las familias de las naciones, de las que han 
honrado y exaltado el nombre de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, en sus corazones, han de estar delante de Dios y 
de su "Cordero Inmolado". Y esto ha de ser así, en aquel día, 
con cada uno de todos ellos: Para rendirle gloria y honra por 
los siglos de los siglos, en las diferentes lenguas, de todas 
las naciones de la tierra, redimidas para Dios, de la 
antigüedad y de nuestros tiempos, también, por la sangre del 
pacto eterno del Señor Jesucristo. 

Ya que,  nuestro Dios desea redimir con la sangre de su pacto 
eterno, a todas las naciones de la tierra, de las que han 
amado a su Ley Bendita y a la vida gloriosa y sumamente 
santísima de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Puesto que, 
sólo el Señor Jesucristo es "como la niña de sus ojos" para 
Dios: para perdonar, para bendecir, para sanar y para 
edificar a cada hombre y a cada mujer penitente, de hoy en 
día y de siempre, para su nueva vida infinita, en su nuevo 
reino celestial del más allá, de sus ángeles y de su Espíritu 
Santo. 

Es por eso, que para los que aman al Señor Jesucristo, 
entonces Dios tiene muy grandes bendiciones, desde hoy mismo 
en sus corazones y en sus vidas por la tierra, para 
entregárselas una a una, hasta que comiencen a llenar sus 
almas vivientes, de su Espíritu de vida y de salud eterna. 
Porque el Espíritu Santo de nuestro Padre Celestial está 
lleno de dones, de milagros, de maravillas y de grandes 
prodigios, para sanar sus vidas y la de los suyos, también, 
en todos los lugares de la tierra, sin jamás hacer excepción 
de persona alguna. 

Es decir, si es que en esta persona vive "la bendición 
celestial" del nombre bendito del Señor Jesucristo", de otra 
manera, no; no hay bendición, ni paz para el corazón del 
impío para siempre. Es por esta razón, de que nuestro Padre 
Celestial ha prometido que cada uno de sus hijos y de sus 
hijas, de todas las familias de la tierra, ha de resplandecer 
como el sol del cielo, porque la gloria de Jesucristo ha de 
vivir en todo su ser viviente, para siempre.  

Y porque también el Espíritu de verdad y de justicia infinita 
vive en su corazón, para honrar y para exaltar a nuestro Dios 
y a su nombre santo, en toda la tierra y aun hasta en el más 
allá, también, como en el nuevo reino de los cielos, de su 
Árbol de vida y de sus huestes de ángeles celestiales. 
Ángeles perfectos, en el amor, en la verdad y en la santidad 
divina, del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en sus 
espíritus celestiales y en sus labios eternos, que alaban y 
honran día y noche: el nombre bendito de nuestro Dios. 
 
Es por eso, que todos los entendidos, de toda las naciones de 
la tierra, han de resplandecer como el sol, como en su medio 
día sobre toda la tierra, para hacer desaparecer a cada una 
de las profundas tinieblas, de las palabras mentirosas de 
Lucifer y de cada uno de sus ángeles caídos, por doquier. (En 
realidad, tú eres un de los entendidos del SEÑOR, si 
Jesucristo vive en tu corazón, mi estimado hermano.) Y sólo 
así entonces la luz del Árbol de vida eterna, el Señor 
Jesucristo, ha de resplandecer con gran gloria y con gran 
poder sobrenatural sobre la tierra y sus cielos, como ha 
resplandecido desde siempre, desde los primeros días de la 
antigüedad, en el reino de los cielos y en el paraíso de Adán 
y de Eva, por ejemplo. 

Y así también, todos los que enseñan justicia y del amor 
divino de nuestro Dios y de su Árbol de vida eterna, del 
evangelio infinito, entonces vivirán delante de Dios para 
resplandecer, como estrellas eternas del cielo más alto que 
el reino de los ángeles, en el más allá. En verdad, ellos 
entonces han de resplandecer día y noche, por los siglos de 
los siglos, como el mismo Señor Jesucristo ha resplandecido 
con gran gloria y con gran santidad perfecta, ante los ojos 
de nuestro Padre Celestial y ante los ojos del Espíritu Santo 
y de sus huestes de ángeles gloriosos, del reino de los 
cielos. 

Por lo tanto, ellos ya no conocerán jamás ninguna de las 
profundas tinieblas del pecado de Lucifer y de sus palabras 
mentirosas, sino todo lo contrario. Ellos realmente sólo han 
de conocer por siempre, de la verdad y del amor de Dios hacia 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, y hacia cada hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera, que ha creído en 
Él en su corazón y así a confesado con sus labios su nombre, 
de gran bendición y de gran salvación, Jesucristo. 

Y esto es poder y gloria infinita del corazón del alma 
viviente del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la 
fe santísima, del nombre del Señor Jesucristo. Y hoy en día, 
tú mismo eres uno de los entendidos de nuestro Padre 
Celestial, mi estimado hermano y mi estimada hermana, al 
creer en tu corazón y confesar con tus labios: el nombre 
bendito de su Hijo amado, el único posible salvador de tu 
vida, el Señor Jesucristo, en la tierra y en el paraíso, para 
siempre. 

Porque fuera del nombre bendito del Señor Jesucristo, 
entonces no hay entendimiento alguno de ninguna verdad ni de 
ninguna justicia, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera, para ser justificado por Dios 
mismo y para entrar finalmente y eternamente: a la vida 
celestial del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Es 
por eso, que Dios nos ha llamado a recibir "la dádiva de vida 
y de salud" eterna, sólo posible en nuestros corazones, hoy 
en día y por siempre, en la eternidad venidera, si tan sólo 
confesamos con nuestros labios: "los poderes y autoridades 
sobrenaturales" del espíritu viviente, del nombre de nuestro 
único salvador de nuestras vidas, ¡el Señor Jesucristo!

PONGAN LA GRACIA DE JESÚS EN USTEDES A OBRAR, PARA LOS DEMÁS

Por esta razón, para complacer la voluntad perfecta de 
nuestro Padre Celestial, en nuestros corazones y en nuestros 
espíritus humanos, en todos los lugares de la tierra, 
entonces cada uno de ustedes, mis estimados hermanos ponga al 
servicio de los demás "el don que ha recibido", como buenos 
administradores de la gracia sobrenatural de Dios y de su 
Hijo, Jesucristo. Porque si el Espíritu de Dios ha entrado a 
nuestros corazones, entonces tenemos los dones de su 
fortaleza y de sus grandes poderes sobrenaturales viviendo en 
nuestros espíritus humanos, que están esperando ser usados 
para el bien de muchos, sólo en la invocación santísima, del 
nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo. 

Y estos dones del Espíritu de Dios están en nosotros día y 
noche para bendecirnos siempre, en todo lo que sea necesario, 
de acuerdo a la perfecta voluntad de nuestro Padre Celestial 
y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Entonces nuestro 
Padre Celestial no ha enviado en vano a su Espíritu Santo a 
la tierra, sino para hacer su obra perfecta en cada uno de 
nosotros en toda la tierra, hasta que finalmente entremos a 
la vida eterna del nuevo reino de los cielos. 

Pero mientras tanto tenemos que usar de los dones 
sobrenaturales de su Espíritu Santo, para no sólo edificar 
nuestras vidas terrenales e espirituales, sino también la de 
los demás, en nuestras tierras y en todos los rincones del 
mundo entero. Porque ésta salvación de Dios no es sólo de 
Adán y Eva, en el paraíso, de comer del fruto de vida y de 
salud eterna, de su Árbol Viviente, sino también de todos sus 
descendientes, de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos del mundo entero, de hoy en día y de 
siempre. 
 
Porque en toda la tierra hay almas de hombres, mujeres, niños 
y niñas, que están necesitados de Dios y de sus muchos 
milagros y maravillas, para edificar, sanar y bendecir sus 
cuerpos grandemente, día a día y hasta finalmente entrar a la 
vida eterna, en el nuevo reino de los cielos. Porque el reino 
de los cielos ha sido creado por Dios antes que crease al 
hombre y a los ángeles, no sólo para él entonces habitar ahí 
con cada uno de sus millares de ángeles, arcángeles, 
serafines, querubines y demás seres santos, de su Espíritu 
Santo y de su Árbol de vida eterna, sino también para la 
humanidad entera. 

Es más, el reino de los cielos ha sido creado por Dios y por 
su Espíritu Santo con cada hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, en su corazón, en su mente y en sus manos, 
también. Por ello, la tierra santa con sus cielos santos y 
eternos ha sido formada por Dios y por su Árbol de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, con Adán y con cada uno de sus 
descendientes en su corazón, para bendecir por siempre sus 
vidas y sus almas eternas, en la tierra y en el más allá, 
también, para siempre. 

Entonces el reino de los cielos no es tanto de los ángeles 
del cielo, sino que realmente de cada hombre, de cada mujer, 
de cada niño y de cada niña de la humanidad entera, sin hacer 
jamás excepción de persona alguna de ninguna clase. Por esta 
razón, "la misión de cada creyente" del nombre bendito de 
Jesucristo ha de ser, en la tierra y en el más allá, también, 
como en el paraíso o como en la nueva ciudad celestial, de 
poner en practica diariamente el don sobrenatural que ha 
recibido, de parte del Espíritu Santo, en su vida para bien 
de muchos. 
 
Por lo tanto, nosotros de los que hemos llegado a creer en la 
vida y en el nombre bendito del Señor Jesucristo en nuestros 
corazones, entonces tenemos la misión eterna del llamado de 
Dios, de poner en practica la gracia sobrenatural y 
todopoderosa de Dios y de su Jesucristo, en nuestras vidas y 
en las vidas de los demás, también. Con el fin de destruir 
cada una de las obras de Satanás y de sus ángeles caídos, en 
todos los lugares de la tierra y solo así entonces edificar 
por siempre la vida santísima del nuevo reino de Dios, en la 
tierra y en los nuevos cielos venideros de la nueva eternidad 
venidera, por ejemplo. 

Por todo ello, la misión celestial de cada hombre, mujer, 
niño y niña, de todas las familias de la tierra, tiene "el 
mismo llamado" de parte de Dios, el cual recibió el Señor 
Jesucristo, para edificar la vida santa del nuevo reino de 
los cielos, en la tierra y hasta finalmente entrar a la nueva 
vida infinita del más allá. Es decir, también, de que cada 
uno de nosotros tiene en su corazón y en toda su alma 
viviente, "el mismo llamado de Dios", el cual se lo hizo a su 
Espíritu Santo y luego a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
para edificar su vida santa, día y noche y hasta por siempre, 
en su nuevo reino celestial. 

Con el fin eterno de edificar grandemente su "Casa de oración 
para todas las naciones" y su nuevo reino celestial, con tan 
sólo creerle a Él y a su nombre bendito en sus corazones, hoy 
en día y como siempre, en la eternidad venidera, del nuevo 
más allá de Dios y de su Árbol de vida y de salud eterna. 
Entonces nosotros hemos vuelto a nacer, no de la carne para 
derrumbar la obra de Dios, sino del Espíritu de Dios y del 
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para 
edificar cada paso de la nueva vida y eternamente santa del 
nuevo reino de los cielos.

SIGAMEN Y SERÁN PESCADORES DE HOMBRES, palabra de Jesucristo

Es por esta razón, que el Señor Jesucristo descendió del 
cielo a Israel, para comenzar a edificar la casa de oración y 
el nuevo reino de Dios, en la tierra y en el cielo, también, 
para los ángeles del reino y para los hombres, mujeres, niños 
y niñas de la humanidad entera. Y entonces les decía a sus 
apóstoles y discípulos, una y otra vez: "Vengan y síganme a 
mí con toda la fe, de sus corazones eternos, y los haré 
pescadores de hombres, no sólo en Israel, sino también en 
todos los lugares del mundo entero, para engrandecer la luz 
de la vida santa del reino de mi Padre, en la tierra". 

Entonces nuestro Jesucristo ha venido al mundo a comisionar 
espiritualmente: a siervos y a siervas de nuestro Dios, para 
hacer de ellos pescadores de las almas preciosas, de 
pecadores y de pecadoras de toda la tierra, antes que sea 
demasiado tarde para cada una de ellas, en esta vida y en el 
más allá, como en el infierno, por ejemplo. Porque nuestro 
Padre Celestial no desea que ninguna de ellas muera, en el 
pecado original de Adán, ni menos en el espíritu rebelde de 
Lucifer o de sus ángeles caídos, para que se pierdan para 
siempre en sus profundas tinieblas, del castigo y de la 
perdición eterna del más allá, en el infierno y en el lago de 
fuego. 

Porque los planes de bendición y de vida eterna que ha 
preparado nuestro Padre, desde mucho antes de la fundación 
del cielo y de la tierra, para cada hombre, mujer, niño y 
niña, no lo ha podido discernir el corazón del ángel, ni 
menos el pecador de toda la tierra, desde los días de la 
antigüedad y hasta nuestros tiempos. Sólo Dios lo sabe todo 
en su corazón santo y su Hijo amado, también, el Señor 
Jesucristo. Es por eso, que el Señor Jesucristo entrega toda 
su vida para "alcanzar a Adán" y a cada uno de sus 
descendientes, con el fin de convertirlos, de las tinieblas 
de Satanás a la luz más brillante que el sol, el espíritu de 
vida de la sangre santísima, del Árbol de la vida eterna, del 
paraíso y de la tierra. 

Dado que, sólo en los poderes sobrenaturales de su sangre 
santa, es donde realmente está la bendición de "una salvación 
tan grande", que ningún hombre jamás la pudo haber alcanzado 
en su corazón, ni menos en su alma manchada por el espíritu 
rebelde y de gran error, de las palabras mentirosas, de 
Lucifer y de la serpiente antigua, por ejemplo. Es por eso, 
que todo aquel o aquella que cree en su corazón y así 
confiesa su nombre redentor del perdón de sus pecados y de su 
salvación infinita (Jesucristo) se ha convertido para Dios: 
en un pescador de almas de pecadores y de pecadoras de toda 
la tierra, para llevarlos a los pies santos de Dios, en el 
paraíso. 

Porque todo aquel que se humilla ante su Padre Celestial y 
confiesa sus pecados, en el nombre de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, entonces tiene perdón y asegurada la salvación 
perfecta para su alma viviente, en esta vida y en su nueva 
vida celestial, en el nuevo reino de los cielos, en el más 
allá, para siempre. Entonces los que creen y así confiesan 
con sus labios el nombre de Jesucristo van de detrás de Él, 
para alcanzar a muchas almas perdidas en toda la tierra, de 
las cuales todas ellas tienen que recibir a Jesucristo en sus 
vidas, para que sus nombres sean inscritos en "el libro de la 
vida", del nuevo reino de los cielos. 

De otra manera, ningún hombre, mujer, niño o niña, podrá 
jamás ver la vida, en la tierra ni menos en el más allá, si 
no va detrás de su único salvador eterno, nuestro Señor 
Jesucristo, el Santo de Israel y de la humanidad entera, para 
cumplir la Ley y así alcanzar toda verdad y justicia para su 
nueva vida celestial. Por lo tanto, el hombre sin el Señor 
Jesucristo en su corazón, entonces no podrá jamás alcanzar 
ninguna verdad ni ninguna justicia, para agradar al corazón y 
al espíritu de vida eterna, de nuestro Padre Celestial, en la 
tierra ni en el reino de los cielos, sino que su alma es rea 
de juicio eterno, para siempre, en el infierno. 

Y esto es muy penoso para Dios, cuando ve que el alma 
preciosa del pecador y de la pecadora se pierden vanamente en 
sus pensamientos y en sus palabras llenas de la maldad y de 
la mentira del espíritu de error, de Lucifer y de sus ángeles 
caídos. Porque habiendo "tanta gracia y tanta bendición" de 
parte de Dios, en la vida gloriosa y sumamente victoriosa, 
sobre todas estas grandes maldades de las palabras pecadoras 
y llenas de condenación y de juicio eterno de Lucifer, 
entonces se pierdan inútilmente cada una de las almas de los 
pecadores y de las pecadoras de toda la tierra. 

Es por eso, que nuestro Dios nos ha dado "su palabra" de vida 
y de salud eterna, para que todo aquel que en Él crea, 
entonces reciba así también a su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, en su vida. Para que sea entonces hecho libre de 
los males del pecado de Lucifer y de la serpiente antigua en 
su corazón y en su sangre enferma, que ha llegado a nosotros, 
también, de parte de Adán y Eva, como herencia eterna, por 
sus culpas y por sus rebeliones ante Dios y ante su fruto de 
vida eterna, el Señor Jesucristo. 

Porque la verdad es que si permanecemos en las tinieblas de 
las palabras mentirosas de Adán y de Eva, en nuestros 
corazones y en nuestros espíritus humanos, entonces hemos de 
heredar la muerte eterna en la tierra, para luego descender a 
nuestro lugar, de tormento infinito entre las llamas 
ardientes, de la ira de Dios en el infierno, por ejemplo. Sin 
embargo, si recibimos al Señor Jesucristo en nuestros 
corazones, de acuerdo a la voluntad perfecta de nuestro Padre 
Celestial, en su santa palabra: entonces hemos de ser hechos 
libre de todos los males del pecado y del infierno, para 
"heredar la vida" eterna, en el paraíso y en el nuevo reino 
de los cielos. 

Por esta razón, no sólo tenemos que recibir la perfecta 
voluntad de Dios en nuestros corazones, hoy en día, el cual 
es de recibir la vida perfecta y sumamente santa de su Hijo 
amado, en nuestras vidas, sino que mucho más que todo esto. 
En realidad, cada uno de nosotros tiene el llamado y la 
misión de hablar del Señor Jesucristo y de sus grandes 
victorias infinitas, en contra de las palabras de Satanás y 
de sus ángeles perdidos a otros, a otros necesitados del 
perdón y de la sanidad de Dios, como en casa o en tierras 
lejanas, por ejemplo. 

Porque hay muchos en toda la tierra, que están perdidos en 
las profundas tinieblas de Adán, como lo estabamos nosotros, 
también, en el pasado, hasta que la luz de Jesucristo 
resplandeció en nuestros ojos para verlo a Él, como nuestro 
amigo y único posible salvador, de nuestras almas y de 
nuestras vidas, para siempre. Y sólo así entonces nosotros 
comprender por fin "la misión de sus palabras" de vida eterna 
para nuestros corazones y para nuestros cuerpos enfermos por 
el pecado y, a la vez, amenazados día y noche por el ángel de 
la muerte, para tirarnos al infierno, en el último día de 
nuestras vidas en la tierra, por ejemplo. 

SI JESÚS NO BRILLA EN NOSOTROS, ENTONCES EL MUNDO NO LO PUEDE 
VER

Por esta razón, nosotros tenemos que "predicar la palabra 
viva" del evangelio del Señor Jesucristo a todos los demás, 
en toda la tierra, para que sus ojos se abran a la luz 
resplandeciente de vida y de salud eterna, de nuestro Padre 
Celestial y de su Espíritu Santo, en la tierra y en el 
paraíso, también. Porque en el paraíso Adán y Eva estuvieron 
tan ciegos ante la presencia santa de Dios y de su Árbol de 
vida, que no pudieron ver jamás su perfecta voluntad, para 
sus vidas y para la vida de cada uno de sus descendientes, si 
tan sólo hubiesen obedecido para "comer" de su fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo.  

Por esta razón, si nuestro evangelio está escondido en 
nosotros, entonces entre los que se pierden está, también, 
escondido. En otras palabras, si nosotros no hablamos de las 
buenas obras de nuestro Dios y de su Jesucristo, entonces el 
evangelio está oculto para los que no han llegado a conocer 
aun "la verdad y la justicia" justificadora y reformadora de 
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, para 
siempre. Y el que no da testimonio, de lo bueno que ha sido 
Dios en su vida y en la de los suyos, también, entonces le es 
contado por pecado ante su Dios y ante su Espíritu Santo. Y 
esto es peligroso, muy peligroso, por cierto, para su vida en 
la tierra y para su encuentro con Dios en el día final, en el 
juicio de todas las cosas, por ejemplo. 

Porque sabiendo hacer lo bueno y no lo hace, entonces le es 
contando como pecado eterno. Es más, se está haciendo día y 
noche injusticia infinita para Dios, para su Espíritu Santo, 
para el Señor Jesucristo y para todo pecador y para toda 
pecadora, por los cuales Jesucristo ha derramado su sangre 
santa, hasta que aquel hombre o mujer habrá su boca y 
comience hablar del perdón y de la salvación eterna de Dios. 
Porque todo lo que Dios ha declarado, y más todo lo que ha 
hecho en la tierra y en el cielo, ha sido para el bien 
infinito de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, para que se libre de sus pecados y de su muerte 
eterna, en la tierra y en el infierno, también, para siempre. 

Y, además, para que ellos mismos conozcan que tienen un Dios 
Todopoderoso en los cielos y en la tierra, también, a pesar 
de la terrible presencia de las profundas tinieblas de 
Satanás y de que, por tanto, ha estado trabajando por ellos y 
por su futuro, para engrandecer su nueva vida celestial en su 
nuevo reino venidero del más allá. Pues entonces cada uno de 
ellos tiene "derecho" de estar al tanto, de todo lo que ha 
salido de la boca de su Creador, y de todas las obras que ha 
hecho y que ha de hacer en los días venideros, también, para 
bien de ellos y de la humanidad entera, en general. 
 
Por eso, la palabra del Señor y cada una de sus grandes 
obras, como "la obra suprema de su holocausto", sobre la cima 
de la roca eterna, clavado sobre los árboles secos y sin vida 
de Adán y Eva, en donde su corazón dejo correr su sangre 
sobre su cuerpo, ha sido para santificarlo aun mucho más que 
antes. Con el fin de cumplir para todo hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera, de una vez por todas y para 
siempre: la Ley Eterna de Dios y así ponerle fin al pecado de 
Adán y de cada uno de sus descendientes, en el paraíso y por 
toda la tierra, también, para siempre. 

Por eso, es de suma importancia predicar la palabra de 
nuestro Dios y de su Jesucristo, para que las almas de los 
hombres y de las mujeres de toda la tierra sean perdonadas de 
todos sus pecados, para que escapen del ángel de la muerte y 
entonces vivan. Para que también sus cuerpos sean entonces 
"sanados y profundamente bendecidos", con todos los dones del 
Espíritu de Dios, los cuales están llenos de millares de 
maravillas, prodigios y de grandes milagros, en la tierra y 
del más allá, también. 

Es por eso, que los que han recibido al Señor Jesucristo, 
entonces poderosos dones del Espíritu de Dios obran para bien 
de ellos y de los suyos, día y noche sin cesar jamás, por 
ninguna razón. Es por eso, también, que muchos de ellos no 
solamente son perdonados de sus pecados cotidianos, porque no 
hay un sólo hombre que no peque en toda la tierra, sino mucho 
más que todo esto.  

Los dones del Espíritu Santo "los libran de males" terribles 
y, a la vez, los sanan de peligrosas enfermedades día y 
noche, para que siempre le sirvan al Dios del cielo y de la 
tierra, sin jamás parar de servirle a Él. Aquel que está 
sentado en su trono de gran gloria eterna y vive por los 
siglos de los siglos, en el reino de los cielos, en perfecta 
paz, amor y felicidad infinita, en su corazón y en su alma 
santísima, por amor a todo hombre, mujer, niño y niña y 
ángeles celestiales de su gran creación infinita. 

Por eso, nosotros no podemos ocultar la verdad y la justicia 
redentora, la cual ha descendido del reino de los cielos, 
para perdonar al pecador y a la pecadora de toda la tierra, 
para sanar su corazón y su cuerpo terrenal e espiritual, con 
los poderes sobrenaturales de los dones de la sangre bendita, 
de nuestro salvador, el Señor Jesucristo. Porque la gracia 
santísima y multiforme, de nuestro Dios y de su Hijo, es para 
nuestros corazones y para nuestros espíritus humanos, en toda 
la tierra, para ayudarnos a escapar día y noche de los 
poderes terribles, de las profundas tinieblas de Lucifer y de 
sus ángeles caídos. Porque los enemigos de Dios no han cesado 
jamás de mentir, de calumniar y de intentar con la vida del 
hombre y hasta con la de Dios mismo, si fuese posible hacerlo 
así con sus palabras y con sus obras malvadas, para destruir 
toda vida infinita. Y sólo así entonces todo sea tinieblas y 
perdición eterna, para siempre, en toda la creación de Dios. 

Es por eso, que nuestro Dios lucha día y noche con las 
palabras, con el espíritu de la sangre y de la misma vida de 
su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para librarnos de 
todos los males de sus enemigos habituales y eternos. Y así 
entonces vivamos por siempre: libres y limpios de todo mal 
eterno, como peligros, enfermedades y la amenaza constante 
del ángel de la muerte, para llevarnos al más allá, al bajo 
mundo de los espíritus y de las almas rebeldes y eternamente 
perdidas, entre las llamas del infierno, por ejemplo. Por 
esta razón, no debemos permanecer "silenciosos" ni por un 
solo instante ante Dios y ante todo hombre, mujer, niño y 
niña de la tierra, para ayudarlos a escapar: los males y los 
peligros eternos de las profundas mentiras, de Lucifer y de 
sus ángeles caídos, en sus corazones y en sus cuerpos 
terrenales e espirituales, también. 

Porque cuando ellos entran en "el conocimiento" de Dios y de 
su verdad viviente de Jesucristo en sus corazones, entonces 
salen de las tinieblas del más allá, a la luz de Dios y de su 
reino celestial, para ver la vida con sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra y del cielo, también, y más no la 
muerte eterna. Por lo tanto, para Dios "la predicación" de su 
palabra y de su nombre bendito a todos los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la tierra, es gloria tras gloria infinita 
para su nueva vida celestial, en el más allá y para su nombre 
santo, también. 

En vista de que, los corazones de las gentes han de cambiar 
siempre para "el bien infinito" de sus cuerpos y de sus 
espíritus humanos, en la tierra y en el paraíso, también, 
para siempre. Para que entonces cada uno de ellos sirva a su 
Dios y a su Espíritu todos los días de sus vidas por la 
tierra y en el más allá, también, como en la nueva ciudad 
celestial del gran rey Mesías, el Hijo de David, el Cristo de 
Israel y de la humanidad entera, en La Nueva Jerusalén 
Perfecta e Infinita. 

Pero si no hablamos de las verdades de Jesucristo y de su 
justicia sobrenatural e infinita, entonces la voluntad de 
Dios no fuese hecha jamás en nosotros, ni en nadie. Es decir, 
que las almas seguirían viviendo día y noche bajo los 
terribles peligros de un enemigo invisible que jamás se ve, 
haciendo siempre de las suyas, para destruir toda vida del 
hombre ante Él y ante su reino santo y celestial, para el más 
allá. 

Dado que, la predicación de la palabra de Dios es para 
perdonar y para sanar todo mal del cuerpo y de la vida del 
hombre, pero la verdad es mucho más que esto: la verdad 
siempre es sanidad y vida eterna para todos. Es decir, que 
entonces Dios está edificando su nueva vida celestial e 
infinita para su nuevo reino de los cielos, en el más allá, 
con cada hombre, con cada mujer, con cada niño y con cada 
niña, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus 
y reinos de toda la tierra, también, por ejemplo. 

Porque el nuevo reino de los cielos ha de ser habitado por 
todas las familias de las naciones de la tierra, desde Adán y 
Eva hasta el último descendiente de la humanidad entera que 
nazca en la tierra, para recibir a Jesucristo en su corazón y 
en toda su vida terrenal y celestial para la eternidad 
venidera. Y sólo así entonces complacer toda verdad y toda 
justicia infinita en su vida, para que en su último día 
entrar a su nueva vida celestial, en el nuevo paraíso de Dios 
y de su Árbol de vida eterna: La Nueva Jerusalén Santa e 
Infinita de Dios y de su Gran Rey Mesías, el Hijo de David, ¡
el Cristo!
 
QUE LA LUZ DE CRISTO BRILLE EN USTEDES, POR SUS OBRAS

Pues entonces así alumbre su luz delante de los hombres de 
toda la tierra, de modo que vean sus buenas obras y 
glorifiquen a su Padre Celestial que está en los cielos, en 
Cristo Jesús, Señor nuestro. Porque nuestro Dios tiene que 
ser glorificado con sus corazones, día y noche, llenos del 
nombre bendito de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para 
cumplir toda justicia y toda verdad en sus vidas. 

Para que luego junto con los ángeles santos del reino puedan 
entrar, desde ya, a la vida celestial e infinita, de cada uno 
de ustedes en toda la tierra y por siempre hasta el nuevo más 
allá de Dios y de su Árbol de vida eterna. Porque la vida 
santa del reino de los cielos tiene que ser llena de todos 
los hombres y de todas las mujeres de la tierra del ayer, de 
hoy y de siempre, confesando con sus corazones y con sus 
labios: las verdades y las glorias divinas del nombre 
bendito, de nuestro único salvador eterno, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Dado que, ésta confesión de fe, de la bondad y del amor 
infinito de Dios, hacia cada uno de nosotros, en nuestros 
millares, en la tierra, "descendientes directos" de la vida 
celestial del paraíso de Adán y Eva, por ejemplo, tiene que 
ser hecha por cada uno de nuestros corazones y de nuestros 
labios, también, para honra de nuestro Dios. Por cuanto, sin 
esta confesión de fe, entonces el hombre, la mujer, el niño o 
la niña de toda la tierra, está diciéndole a su Dios (sin 
saber verdaderamente que es lo que está diciendo): No te amo. 
Y esto es tiniebla; esto es pecado para muerte eterna. 

Puesto que, cuando Adán y Eva no comieron del fruto de vida 
eterna, del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo, en el 
paraíso, entonces estaban diciéndole al SEÑOR: No te amamos, 
Señor. Y al entender estas palabras inicuas el SEÑOR en su 
corazón santo, entonces no veía en ninguno de ellos, ni menos 
en sus descendientes, ninguna verdad ni ninguna justicia 
posible en sus corazones y en todas sus vidas celestiales y 
terrenales, a la vez. 

Es decir, si es que se hubiesen quedado a vivir sus vidas en 
el paraíso, Adán y Eva con todos sus descendientes en sus 
millares, por doquier, para comer por siempre del fruto 
prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, por 
ejemplo. Entonces antes de que todo éste terrible pecado del 
corazón de Eva primero y luego de Adán se regase por todos 
los rincones no sólo del paraíso, sino también por todo el 
reino de Dios, entonces Dios decidió trasladar sus vidas 
pecadoras y rebeldes a su fruto de vida, el Señor Jesucristo, 
a la tierra de nuestros días, por ejemplo. 

Hasta que cada uno de ellos, individualmente, cambie su vida 
por la verdad y por la justicia infinita de su Hijo amado, su 
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, en su corazón y en 
toda su alma viviente, también, para la eternidad venidera de 
su nuevo reino celestial, en el más allá. Por lo tanto, 
cuando Adán y Eva descendieron a la tierra para seguir 
viviendo sus nuevas vidas pecadoras, rebeldes, a la verdad y 
a la justicia de Dios, entonces dejaron la luz de la vida 
eterna, en el paraíso, el Árbol de vida de Dios, su Hijo 
amado.  

Y la luz de vida eterna se queda en el paraíso, no porque 
Dios lo quiso así, sino todo lo contrario. Fue realmente 
porque había sido rechazada por Adán, para mal eterno de cada 
uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo. Y 
la única manera que esta luz podría regresar a ellos, 
entonces seria si Dios lo quisiese hacer así, para ayudar a 
Adán y a sus descendientes, escapar la terrible presencia de 
las profundas tinieblas de sus pecados, en la tierra y en el 
más allá, también, como en el fuego eterno del infierno 
tormentoso, por ejemplo. 

Por esta razón, el Espíritu de Dios tenia "la misión" muy 
especial, por cierto, de parte de Dios, de descender sobre la 
faz de la tierra, para subyugar a las fuerzas del mal y así 
facilitar entonces el descenso de la luz más brillante que el 
sol de nuestro cosmos, su Árbol de vida eterna, el Señor 
Jesucristo. Porque sólo entonces con "la luz de Jesucristo 
brillando" en lo profundo de su corazón, Adán y sus 
descendientes podía volver a tomar la vida eterna, que habían 
dejado atrás en el paraíso, en el día que su corazón se torno 
de la luz de Dios, a las tinieblas de las palabras mentirosas 
de Lucifer, el enemigo eterno de Jesucristo. 
 
Es por eso, que la misión divina del llamado de Dios hacia 
cada hombre, ha sido desde siempre, de que cada uno de ellos 
entonces reciba en su corazón la vida eterna, que Adán en su 
día de gran error, desprecia en el paraíso. Y esto fue tanto 
en él, como en Eva, por ejemplo, al no comer del fruto de 
vida, del Árbol de Dios, cuando Dios le entrego su misión en 
su vida para hacerlo así por siempre para bien de su vida y 
la de sus descendientes, sino que peca cobardemente, sin 
saber sus consecuencias eternas. Y Adán peca cobardemente 
ante el Señor Jesucristo al comer del fruto prohibido, del 
árbol de la ciencia, del bien y del mal, de las manos de Eva, 
su esposa eterna, para mal eterno de muchos, en el paraíso y 
por toda la tierra de nuestros días, también, por ejemplo. 

Pero, sin embargo, si en esta hora "comes" del fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, en tu corazón y en toda tu alma 
viviente, también, entonces has de complacer a tu Dios y a 
toda su verdad y su justicia infinita para contigo y para con 
cada uno de los tuyos, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana. Para entonces Dios comenzar a entregarte todos los 
milagros, maravillas y prodigios que necesitas día y noche en 
tu vida, para poder vivirla en la tierra y en el paraíso, 
también, para siempre. 

Porque para el hombre "poder vivir" su vida normal, como Dios 
lo ha llamado a vivir su vida santa, ya sea en el paraíso o 
en la tierra o en el nuevo reino de los cielos, en el más 
allá, entonces necesita poder de lo alto, de Dios y de su 
Espíritu Santo. Y estos poderes de Dios y del Espíritu Santo 
para el corazón y para la vida de cada hombre, mujer, niño o 
niña de la humanidad entera, sólo se encuentran "en la vida 
gloriosa" y eternamente honrada de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, para poder entonces vivir su vida infinita y en 
perfecta normalidad, como Dios mismo la constituyo. 

Y esto es, realmente, de vivir su vida humana y celestial, de 
acuerdo a la perfecta voluntad de nuestro Padre Celestial, en 
el paraíso o en cualquier lugar de toda su creación, de hoy 
en día y de siempre, en el más allá, en su nueva vida 
celestial, de su nuevo reino de los cielos. Por esta razón, 
si tienes al Señor Jesucristo viviendo en tu corazón, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, entonces deja que su 
luz alumbre delante de la vida de los hombres de la tierra, 
para que ellos se den cuenta, de que están en las tinieblas, 
de perdición eterna y entonces regresen a Dios por la vía 
celestial, Jesucristo. 

Cuando realmente podrían muy bien vivir en la luz 
sobrenatural de vida y de felicidad eterna, en sus corazones 
y en todas sus vidas por la tierra, antes de entrar a la vida 
eterna, del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque 
la vida de Dios, por la cual su Espíritu Santo y luego el 
Señor Jesucristo han traído al mundo, para tocar a toda vida 
humana, ha sido con el fin de librarlos, del poder del pecado 
y de su muerte eterna, para que entonces vuelvan a sus vidas 
celestiales, de su Árbol de vida, en el paraíso, por ejemplo.

EL QUE CONFIESE A JESÚS, ENTONCES JESÚS LE CONFESARA EN 
ELCIELO
  
Por todo ello, todo aquel que confiese el nombre del Señor 
Jesucristo delante de los hombres, Él mismo entonces y no 
otro, le confesará delante de su Padre Celestial que está en 
los cielos y de sus numerosos ángeles celestiales del más 
allá. Porque el que se avergonzare cobardemente de Él y de su 
Ley Bendita, entonces él también se avergonzara de él y de 
sus pecados eternos, delante de Dios y de sus ángeles santos, 
por ejemplo, en el reino de los cielos, de hoy en día y de 
siempre, en el más allá, en la nueva eternidad venidera. 

Es por eso, que Dios llama, e insiste, también, de que todo 
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, crea en su 
corazón y así confiese con sus labios su nombre bendito, para 
cumplir toda verdad y justicia divina, para bien eterno de su 
alma y de su vida, en la tierra y en el cielo, para siempre. 
Así pues, otra vez, si el hombre le confesare delante de su 
prójimo y no tuviere vergüenza alguna de su nombre ni de 
ninguna de sus palabras, entonces el Señor Jesucristo también 
le confesara, delante de su Padre Celestial y de sus huestes 
de ángeles gloriosos, de su nuevo reino celestial, desde hoy 
mismo, en el más allá. 

Y para Dios ésta confesión de fe, del nombre de su Hijo 
amado, es tan importante para su verdad y para su justicia 
infinita, para bien de cada hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, que Él no lo reemplazaría por nada, en el 
reino de los cielos ni menos en la tierra. Es decir, de que 
con el corazón del hombre, en haber creído en él y en la obra 
santísima de su Hijo y así confesase el nombre del Señor 
Jesucristo, con sus labios, entonces le está diciendo todo lo 
que tendría que decirle para ser perdonado, por sus pecados y 
por sus muchas maldades, para entonces recibir la vida 
eterna. 

Además, también, de que para nuestro Padre Celestial, sólo el 
Señor Jesucristo es la verdad y la única justicia infinita y 
posible, para el hombre ser justificado por Él y por su 
Espíritu Santo, en la tierra y en el más allá, también, para 
entonces entrar de lleno a la vida eterna, del nuevo reino de 
los cielos. Por esta razón, es "la misión divina" y 
primordial del Espíritu de Dios, en el corazón de cada siervo 
y de cada sierva de él y de su nombre salvador, el nombre de 
su Jesucristo, para entregárselo al hombre, a la mujer, al 
niño y a la niña de toda la tierra, que necesite de su Dios, 
para reconciliación eterna. 

Y esto de que necesite del perdón, de la bendición y de la 
sanidad perfecta del "favor de Dios" y de los dones de su 
Espíritu Santo, para edificar su vida y la vida de los suyos, 
también, en cualquier tiempo o en cualquier lugar de toda la 
tierra, es de toda alma viviente. Para entonces poder vivir 
su vida terrenal en la tierra y celestial en el cielo, sólo 
de acuerdo a la perfecta voluntad de Dios y de su Árbol de 
vida eterna, el Señor Jesucristo. 

Es por eso, que el Espíritu de Dios y sus dones divinos, de 
parte de nuestro Padre Celestial, desciende del cielo día y 
noche, para ejecutar milagros, maravillas y prodigios, en 
nuestros corazones y en nuestros cuerpos corporales e 
espirituales, también. Por lo tanto, los dones de Dios jamás 
han dejado de descender del cielo, desde el día que el 
Espíritu de Dios descendió a la tierra por vez primera, por 
la palabra de Dios, génesis 1:2, por ejemplo, para comenzar 
su gran obra, de bendición y de salvación eterna, para cada 
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. 

Es decir, que hoy en día, aunque tú no lo entiendas en tu 
corazón eterno, mi estimado hermano y mi estimada hermana, el 
Espíritu de Dios, con cada uno de "los dones" de nuestro 
Padre Celestial y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, 
"están siempre contigo", para bendecir tu vida y 
salvaguardarte de todo mal eterno. Por lo tanto, en Dios, tú 
tienes grandes poderes sobrenaturales, siempre obrando día y 
noche y a toda hora, para bien y salud eterna de tu vida, en 
la tierra y de tu nueva vida infinita, en el nuevo reino de 
los cielos de Dios y de su gran Rey Mesías, el Santo de 
Israel y de las naciones, ¡Jesucristo! 

Por ello, si deseas desde hoy mismo que tu nombre sea 
pronunciado por los labios del Señor Jesucristo delante del 
Padre Celestial y de sus millares de ángeles, arcángeles, 
serafines, querubines y demás seres santos, de su reino 
celestial, pues bien, cree en tu corazón y confiesa con tus 
labios, desde este mismo instante, su nombre sobrenatural, ¡
el Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es tu 
misión divina de tu corazón, tu confesión de tu voz eterna, 
tu salvador viviente para tu alma sedienta y hambrienta de 
Dios, en la tierra y en el paraíso, como lo fue en su día, 
con Adán y Eva, por ejemplo, en sus vidas celestiales, en el 
cielo. 

Pero ambos le rechazaron, desdichadamente, no porque Dios o 
el Señor Jesucristo les haya hecho algún mal, sino por culpa 
de las palabras mentirosas en los labios, de la serpiente 
antigua del Jardín del Edén, para que sus almas se pierdan 
eternamente y para siempre, en su pecado y en sus profundas 
tinieblas, de confusión y de ceguera espiritual eterna. Es 
por eso, que para Dios, si crees en tu corazón y confiesas 
con tus labios a su Jesucristo, entonces no solamente 
Jesucristo ha de confesar tu nombre, en todos los lugares del 
reino de Dios, sino que también tu nombre será escrito en el 
cielo, para la eternidad venidera, como en "el libro de la 
vida eterna", por ejemplo. 

Y una vez que tu nombre se haya escrito en "el libro de la 
vida", entonces jamás ha de ser borrado por nadie ni menos 
por los poderes mentirosos, de Lucifer o de la serpiente 
antigua ni por ningún ángel caído, tampoco, sino que 
permanecerá para siempre. Tu mismo nombre permanecerá para 
siempre en el reino de los cielos, hasta que tú mismo entres 
a tu vida eterna, en el más allá, en la nueva ciudad 
celestial e infinita de Dios y de su gran rey Mesías, el Hijo 
de David, ¡La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta, para siempre!

LA GRAN COMISION CELESTIAL 

Desde el comienzo de todas las cosas, en el cielo y por toda 
la tierra, también, ha sido la voluntad perfecta de nuestro 
Padre Celestial, de que todos sus seres creados, hombres, 
mujeres, niños, niñas y hasta ángeles del cielo "anuncien" 
las buenas nuevas de su santa palabra y del nombre de su 
Jesucristo. Porque su palabra y el nombre de su Hijo amado 
tienen que ser predicados a todas las naciones del mundo 
entero, para que entonces puedan ser bautizados en su nombre 
santo, en el de su Hijo y en el de su Espíritu Santo. 

Para luego enseñarles todo lo del amor, de la verdad y de la 
gracia inagotable de su corazón santo y de la vida gloriosa y 
sumamente honrada, de su Hijo amado, el Cristo de Israel y de 
la humanidad entera, a cada uno de ellos, en la tierra y en 
el cielo, también, para siempre. Porque todo lo que tienen 
que aprender de Dios, de su Hijo y de su Espíritu Santo con 
sus millares de ángeles gloriosos, comienza en la tierra y 
jamás ha de terminar en el nuevo reino de los cielos, en el 
más allá, en la nueva eternidad venidera, para todo hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera. 

Porque el corazón del hombre de fe, de su nombre salvador, ha 
de tener que aprender y entender, a la vez, todo lo que es de 
su Dios y de la vida gloriosa y sumamente sagrada de su 
Jesucristo, en esta vida y en la venidera, también, para 
siempre, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. 
Para que entonces ninguna tiniebla de Lucifer y de sus 
palabras mentirosas ya no reine en sus corazones, como lo 
había sido así, desde siempre, desde el día que Adán y Eva 
pecaron en contra de Él y de su Árbol de vida, en el paraíso, 
para mal de sus vidas celestiales y de las de sus 
descendientes, por doquier. 

Es decir, que ninguna tiniebla ha de volver a existir jamás, 
en el corazón y en toda el alma viviente del hombre, de la 
mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, una vez 
que el Señor Jesucristo entra en su vida, para quedarse y 
para glorificar por siempre a su Dios y a su Espíritu Santo. 
Entonces sólo la luz de Dios y de su Jesucristo ha de brillar 
en la vida, de cada uno de sus nuevos hijos y de sus nuevas 
hijas, en la nueva vida celestial de su nuevo reino, junto 
con cada uno, de sus millares de ángeles, arcángeles, 
serafines, querubines y demás seres santos, del reino de los 
cielos, para siempre. 

Además, todos han de ser libres, eternamente y para siempre, 
de todas las tinieblas eternas, de Lucifer y de sus ángeles 
caídos, delante de Dios y de su Espíritu Santo, para no 
volver a conocer jamás ninguna tiniebla, de ninguno de ellos, 
para miles de siglos venideros, en el más allá. Sólo han de 
conocer por siempre, de su amor y de su verdad infinita, 
únicamente manifestada, en cada uno de nosotros, por la fe, 
la cual solo es posible en creer en nuestros corazones y de 
confesar con nuestros labios, de que "el Señor Jesucristo es 
el SEÑOR". 

Y esto ha de ser una confesión celestial y divina para gloria 
y para honra eterna, de nuestro Padre Celestial en su trono 
santo, en el reino de los cielos, desde ahora mismo, en esta 
vida y para siempre en la nueva eternidad venidera, del más 
allá del nuevo reino de Dios, en los cielos. Por eso, todos 
los que han creído en su Dios y en la vida de Jesucristo, 
entonces han recibido, sin duda alguna, en sus corazones y en 
sus espíritus humanos, poderes celestiales, de los lugares 
altos del reino de los cielos, para que actúen en sus vidas, 
mientras vivan en la tierra, siempre fieles a Él y a su 
nombre. 

Y estos poderes de Dios son para cada uno de nosotros, en 
esta misma hora y por siempre, poderes sobrenaturales que 
actúan en nuestras vidas, protegiéndonos de todos los males 
eternos del pecado y de Lucifer, en la tierra y en el más 
allá, también, como en el paraíso, por ejemplo. Es por eso, 
que todo ministro de Dios tiene la protección de Dios y de su 
Espíritu, para hablar libremente siempre de su palabra y de 
su nombre santo, a aquellos que aun permanecen perdidos y 
confundidos entre las profundas tinieblas de Lucifer y de sus 
ángeles caídos, en toda la tierra de nuestros tiempos y de 
siempre, por ejemplo. 

Por esta razón, nuestro salvador Jesucristo descendió del 
paraíso, para redimir no sólo a Adán de sus males eternos, 
sino también a cada uno de sus descendientes, de todas las 
familias, naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda 
la tierra, de la antigüedad y de nuestros tiempos, también. 
Porque nuestro Jesucristo no fue entregado por nadie a los 
pecadores, sino que él mismo, de su propia voluntad santa y 
perfecta, entonces se entrego a sí mismo para cumplir no sólo 
la Ley, sino "toda su verdad y toda su justicia" necesaria, 
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, complaciendo así a Dios para siempre. 

Para que entonces el poder de la Ley ya no le culpe de 
pecado, sino que le dé vida y vida en abundancia, en esta 
vida y en la venidera, también, en el más allá, en la nueva 
ciudad celestial del gran rey Mesías, en el nuevo reino de 
los cielos. Y esta ciudad de Dios es realmente: La Nueva 
Jerusalén Santa e Infinita, por la presencia permanente del 
Espíritu de Dios, de sus ángeles santo y del Padre Celestial 
con su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! 

Consiguientemente, en ésta misma ciudad del nuevo reino de 
los cielos, el Señor Jesucristo ha preparado lugares 
agradables al alma del hombre y de gran gloria y de 
santidades inescrutables, para todos los que le han creído en 
sus corazones y así le han confesado con sus labios, su 
nombre bendito, para vida eterna. Es decir, para perdón de 
sus pecados eternos y para sanidad infinita de sus almas 
vivientes, en esta vida y en la venidera, también, de Dios y 
de su gran humanidad infinita, de todas las naciones de la 
tierra, desde el día de su creación y hasta nuestros tiempos, 
por ejemplo. 

Porque cuando el Señor Jesucristo "resucito en el Tercer 
Día", entonces se levanto de entre los muertos, de todos los 
mundos de familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos 
de la antigüedad y de nuestros tiempos, también, para no sólo 
borrar sus pecados de los libros del juicio eterno, sino 
mucho más que todo este gran bien. Realmente, los lavo y los 
limpio uno a uno del poder de la muerte, para que también 
vuelvan a la vida eterna, no sólo a su tierra natal, sino a 
la tierra del paraíso y de la vida celestial, perdida por 
culpa de unas cuantas palabras con doble sentido, de Lucifer 
y de la serpiente antigua del Edén, por ejemplo. 

Para que entonces cada uno de ellos, junto con Adán y Eva, 
pues vuelvan a vivir sus vidas celestiales con Dios, con su 
Espíritu Santo y con su Árbol de vida, rodeados por siempre 
de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres 
santos, del nuevo reino de los cielos, para servir y para 
honrar a Dios, a nuestro Padre Celestial. Es por esta razón, 
de que los que han recibido al Señor Jesucristo en sus 
corazones y confesado su nombre santo con sus labios y en 
medio de las profundas tinieblas de la tierra, para complacer 
toda verdad y toda justicia infinita de la Ley de Dios en sus 
almas vivientes, entonces serán "los entendidos de Dios", 
para la eternidad. 

Ellos han de ser quienes realmente, en sus millares, como las 
estrellas del firmamento, resplandecerán por siempre, como 
Dios mismo, como su Hijo amado, como ángeles del reino de los 
cielos y las estrellas infinitas de la inmensidad del nuevo 
reino de Dios y de su Nueva Jerusalén Santa y Eterna, en el 
más allá. Y ésta estrella de Dios para su nuevo reino 
celestial, eres tú mismo, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, ni más ni menos, como ya te lo he mencionado algunas 
veces. 

Por eso, nuestro Dios y Padre Celestial lucha por ti día y 
noche e incansablemente en su misión personal, como el Señor 
Jesucristo lucho por tu alma, limpiándote así para hacerte 
libre de todo mal del pecado, hasta que le costo su misma 
vida, en una muerte tan cruel. Y aun peor, en una muerte 
cruel e indescriptible, por ejemplo, como la que tenias tú, 
mi estimado hermano y mi estimada hermana, en tu ultimo día 
de vida, no sólo en la tierra, sino en el infierno o en el 
lago de fuego eterno, la muerte final del alma perdida y del 
ángel caído del más allá. 

Por eso, fue que Dios envió a su Hijo amado a la tierra, con 
esa "gran misión de rescatarte" de las palabras mentirosas y 
de gran engaño eterno, de Lucifer y de sus ángeles caídos, en 
la tierra y en el más allá, también. Por esta razón, también, 
el Espíritu jamás ha dejado de descender, de sus lugares 
celestiales, con los dones y poderes muy especiales, de parte 
de Dios y de su Árbol de vida, para bendecir tu vida y 
edificarla por siempre, para su servicio especial y de su 
nombre, no sólo en la tierra, sino en la nueva Jerusalén 
Celestial, del más allá.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en 
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos 
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es 
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán 
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí 
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. 
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de 
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de 
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa 
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en 
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas 
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová 
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para 
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero 
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en 
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del 
sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de 
tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no 
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
prójimo". 

 
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, 
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, 
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no 
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que 
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ 
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No 
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate 
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del 
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender 
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y 
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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date: 12 Nov 2006 10:42:37 -0700   author:   IVAN VALAREZO

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