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date: Mon, 08 Jan 2007 20:32:53 GMT,    group: uk.education.maths        back       
(IVÁN): VENCIENDO AL MUNDO DE SIEMPRE   
Sábado, 06 de enero, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(NUESTRO PÉSAME ES PARA CON NUESTROS HERMANOS

Nuestras oraciones son para nuestros compatriotas fallecidos 
y para las familias de las victimas en general, de las que 
han sido afectadas por el mal del terrorismo. Porque 
rechazamos el método de la violencia, como medio o modo de 
vida y de comunicación. (Como un familiar, por ejemplo, de 
una de las victimas pidió, diciendo: -No queremos más 
violencia, queremos paz; que pare la violencia, por favor; 
buscamos sólo la paz para todos, fueron sus palabras al 
sentir el peso del dolor, por su hermano desparecido.)

Ciertamente que nuestros compatriotas están con el SEÑOR, 
Carlos Palate y Diego Estacio, gracias a Jesucristo; gracias 
a Jesucristo, ellos gozan de su presencia eterna, en el 
paraíso, para vivir y gozar de la vida eterna del reino 
celestial. Porque todo hombre fue creado por las manos de 
Dios para vivir con Él, en su nuevo reino celestial; tarde o 
temprano así ha de ser, con todo hombre, mujer, niño y niña 
de toda la tierra, en el poder de Cristo. 

Por lo tanto, todos los que parten tarde o temprano de la 
tierra hacia la eternidad, entonces empiezan sus nuevas vidas 
infinitas con su Dios y Fundador de sus vidas, para jamás 
volverse alejar de su fruto de vida, su Árbol viviente del 
paraíso y del reino de los cielos, el Señor Jesucristo. 

Por eso, nosotros damos gracias a Dios siempre por su 
Espíritu Santo y por la gracia infinita de la sangre bendita 
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, que nos ha redimido y 
limpiado de todo mal del pecado y así ha vencido el mal de la 
muerte, para hacernos libres. 

Para hacernos eternamente y para siempre libres sólo para 
amar y servirle a nuestro Dios y Padre Celestial que está en 
los cielos, en donde, hoy en día, Carlos Palate y Diego 
Estacio se encuentran respirando vida y vida en abundancia, 
para su nueva eternidad celestial, en el seno y en el gozo 
perfecto de nuestro SEÑOR. 

¡Que nuestro Dios bendiga y guarde en perfecta paz, hoy y por 
siempre, las vidas de sus hijos e hijas en todos los lugares 
de la tierra, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.)


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 


VENCIENDO AL MUNDO DE SIEMPRE

Pues bendito todo aquel que ama a Dios, por medio del 
espíritu de la sangre, de su pacto infinito, su Hijo amado, 
el Señor Jesucristo. Porque este hombre o esta mujer ha de 
perseverar y vencer sobre los poderes del enemigo, en el 
mundo y en el más allá, aunque jamás sé de cuenta, de sus 
muchas victorias de día a día, dado que el espíritu de la 
sangre viviente de su gran salvador eterno obra en su corazón 
y en su vida, sin cesar. 

Por lo tanto, desde hoy mismo, nuestro Padre Celestial ya 
tiene lista su "corona de oro y de vida eterna", la cual la 
ha formado, desde mucho antes de la fundación del mundo, para 
entregársela a su siervo fiel a su sierva fiel (como tú y yo, 
hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana). 
Porque en la vida eterna, del nuevo reino de los cielos, 
hemos de llevar sobre nuestras cabezas coronas de oro, porque 
el nombre del Señor Jesucristo y su espíritu de su sangre 
viviente viven en nuestras vidas eternamente y para siempre, 
para jamás dejar de ser, en ninguno de nosotros, en la nueva 
eternidad venidera. 

Ya que, en el día que aceptamos al Señor Jesucristo en 
nuestros corazones, por amor a su palabra, por amor a su 
llamado santo y por amor a muchas de sus cosas personales de 
su vida santa y justa en el reino de los cielos, entonces la 
corona de vida y de salud eterna es legalmente y 
legítimamente nuestra. Nuestra por siempre, para presentarla 
delante de nuestro Padre Celestial ante su trono santo y 
eterno, en el cielo, para decirle a Él: Gracias, Señor 
nuestro, por tan gran salvación. Gracias, Padre y Dios 
nuestro, por habernos amado y redimido por los poderes 
sobrenaturales del espíritu viviente, de la sangre de tu Hijo 
amado, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Y, en aquel día, nuestro Padre Celestial ha de recibir 
nuestras alabanzas de gloria y de honra infinita de nuestros 
corazones, como lo ha estado haciendo igualmente desde 
siempre, como en estos momentos de tu vida crucial, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, para bendecirte como 
jamás has sido bendecido, hasta el día de hoy, por ejemplo. 
Porque nuestro Padre Celestial nos oye siempre, cada una de 
nuestras oraciones, ruegos, peticiones, suplicas, 
intercesiones, alabanzas y glorias infinitas a su nombre 
santo, que salen de nuestros corazones, ungidos poderosamente 
y sobrenaturalmente, con "el olor grato de gloria y de honra 
infinita", del nombre santísimo de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo. 

Pues por amor al nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro 
Padre Celestial nos oye y, a la vez, contesta nuestras 
oraciones y ruegos hechas a él, para enriquecer nuestras 
vidas y hacernos libres siempre, de los poderes terribles del 
enemigo eterno de nuestras vidas, Lucifer y sus secuaces, de 
mentira eterna, como ángeles caídos y gentes de gran 
decepción. Por esta razón, nuestro Dios desea que no nos 
dejemos vencer del mal de sus enemigos eternos por ninguna 
razón, sino que siempre los "derrotemos", una y otra vez y 
por siempre, "sólo con el bien", del espíritu vivo de la 
sangre del pacto eterno, de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Puesto que, cada una de nuestras victorias para vencer a 
nuestros enemigos contemporáneos, sólo está en la 
"invocación" del espíritu de la sangre viviente y del nombre 
sobrenatural del Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en 
nuestros labios, delante de Dios y de su Espíritu Santo, en 
la tierra y en el paraíso, para siempre. Y estos enemigos de 
Dios y de su Jesucristo tienen que ser vencidos, hasta que 
finalmente salgan del camino y de la vida de sus hijos e 
hijas, en la tierra y en el más allá, también, para que 
entonces empiece de lleno: la nueva vida infinita y 
eternamente gloriosa de su Árbol de vida, en su nuevo reino 
celestial. 

Y ahí, has de estar tú, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, si tan sólo le eres fiel y verdadero a tu Dios y 
Creador de tu vida, en el espíritu de la sangre y del nombre 
bendito de su Hijo, el Santo de Israel y de la humanidad 
entera, en la tierra y en el cielo, para siempre. Por esta 
razón, no te dejes vencer por el mal que tus enemigos lancen 
contra ti, sino véncelos a ellos con el bien eterno, de 
Cristo Jesús en tu corazón (único salvador nuestro, en la 
tierra y en el paraíso, hoy en día y para siempre, en la 
nueva eternidad venidera, de Dios y de su Árbol de vida 
eterna). 

Dado que, nuestro Padre Celestial ciertamente nos ha 
prometido que si vencemos al enemigo y a su mundo vil, 
entonces cada uno de nosotros ha de heredar todas sus cosas 
santas de su vida eterna, en el más allá, en el nuevo reino 
de los cielos, como, por ejemplo, nuestra nueva vida 
infinita, en su gran ciudad celestial: La Nueva Jerusalén. 
Ciertamente promesa de nuestro Padre Celestial es ésta, firme 
y eterna, para todo aquel que venza su mundo de siempre y a 
su enemigo eterno, con el bien de su Hijo amado, su fruto de 
vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y, ésta promesa 
de Dios, es de que Él mismo ha de ser por siempre su Dios, y 
él (o ella) ha de ser llamado su hijo (o su hija) delante de 
su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en su nueva 
vida eterna, en el reino celestial, desde hoy mismo y para 
siempre, en la eternidad venidera. 

(Por eso, te digo a ti, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, sele siempre fiel a tu Padre Celestial que está 
sentado en su trono, con el nombre y con el espíritu de vida 
eterna, de su sangre viviente en tu corazón, para que él 
mismo te reciba día y noche delante de su presencia, en el 
cielo. Porque sólo Él es quien día y noche te bendice y 
guarda tu vida de los males del maligno, para que tu corazón 
y tu cuerpo sanen de sus enfermedades y así puedas crecer 
cada vez más hacia Él: en tu espíritu, en tu corazón, en tu 
mente y con tus fuerzas humanas, en el nombre de su 
Jesucristo. Porque realmente nadie jamás podrá hacerte ningún 
bien eterno, si no lo hace Él: sólo con los poderes y 
autoridades prodigiosas y maravillosas del espíritu y de la 
sangre del pacto eterno de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo.) 

SOMOS MÁS QUE VENCEDORES, SÓLO EN CRISTO JESÚS

Realmente, en todas las cosas del mundo entero, cada uno de 
nosotros es más que vencedor, sólo por medio de aquel que nos 
amó y sobre una cruz ensangrentada, sufriendo nuestros 
pecados y nuestras mismas muertes, de la tierra y del 
paraíso, en el más allá, el Señor Jesucristo, para entonces 
darnos vida y en abundancia, eternamente y para siempre. 
Porque así como el Señor Jesucristo ha vencido al mundo, en 
su vida, entonces también nosotros hemos vencido a todas las 
cosas que nos rodean, para alcanzar cada una de las grandes 
bendiciones, milagros y maravillas que Dios ha preparado para 
cada uno de nosotros, desde muchos antes de la fundación del 
cielo y de la tierra, por ejemplo. 

Y si permanecemos fieles a Dios, por medio de su Jesucristo, 
entonces nada ni nadie nos podrán vencer jamás, en esta vida 
ni en la venidera, tampoco. Porque la verdad es que Dios y su 
Hijo amado viven en nuestros corazones. Porque esta es su 
promesa eterna, de que si le obedecemos a él, "entonces él 
vendrá con su Padre Celestial a morar en nuestros corazones, 
desde hoy mismo para siempre". Porque para esto Dios nos ha 
creado en su imagen y conforme su semejanza bendita, para que 
Dios con su Hijo amado y su Espíritu santo vivan en nuestros 
corazones y en nuestras nuevas vidas regeneradas y 
rejuvenecidas, sólo por la gracia infinita de la sangre 
santa, del gran sacrificio eterno. 

Además, éste sacrificio eterno, el cual Dios ha llevado acabo 
por el bien no sólo de Adán, sino de sus descendientes, en 
sus millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos de la tierra, ha sido el derramamiento de la 
sangre bendita de Jesucristo, el único Cordero posible de 
Dios, "para quitar el pecado del mundo entero". Porque el 
Espíritu de la sangre comenzó a derramarla nuestro Padre 
Celestial mismo, desde el momento que comenzó a regenerar al 
mundo entero, con la misma sangre bendita, ni más ni menos, 
de su Hijo amado, su Árbol de vida eterna, ¡el Señor 
Jesucristo!

Y esto comenzó a tomar lugar, en todos los lugares de toda la 
tierra, para subyugar a cada una de las profundas tinieblas 
de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, (génesis 
1:2). Y con esto Dios nos está diciendo, que Él mismo fue 
quien comenzó a "derramar" sin limite alguno, el espíritu 
bendito de la sangre sobrenatural de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, desde mucho antes que comenzase a crear cada una 
de todas las cosas en toda la tierra, para entonces 
finalmente crearnos a nosotros. Y Dios quería crear al hombre 
y a cada uno de sus descendientes, en sus millares, en todos 
los lugares de la tierra, para que camine por el camino del 
espíritu de la sangre eterna, de su misma vida santa y 
eternamente gloriosa de su Árbol de vida, el Señor 
Jesucristo; porque Él es santo. 

Por lo tanto, su camino es santo y, además, es el que lleva a 
la vida eterna día y noche a todo hombre, mujer, niño y niña 
de la humanidad entera, sin jamás dejar a ninguno de ellos 
atrás, en este mundo que está muriendo, por culpa del pecado 
del hombre. Es por eso, que el Señor Jesucristo les decía a 
sus apóstoles y discípulos: -Yo soy el camino, la verdad y la 
vida; nadie podrá jamás entrar al reino de los cielos y ver a 
Dios. Porque el camino de la sangre del Señor Jesucristo en 
el cielo y por toda la tierra, de nuestros días, no hay otro 
igual; aunque Lucifer se las invente, con sus artimañas de 
siempre, para engañar a las gentes con caminos diferentes y 
extraños a Dios y a su reino santo, que sólo conducen a la 
confusión eterna del infierno.

Y es por esta razón, que el espíritu de la sangre bendita de 
vida y de salud eterna de Jesucristo jamás ha cesado de 
descender de sus lugares santos, del altar de Dios, para 
bendecir día y noche a todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, para que viva y vea la vida eterna, desde 
hoy mismo. Porque la vida eterna de nuestro Padre Celestial 
para cada uno de nosotros está: en nuestra eternidad, en 
nuestra paz, desde el momento que abrimos nuestros ojos: a la 
luz del espíritu de la sangre bendita, de su Hijo amado, para 
comenzar a caminar por sus caminos santos y eternos, en la 
tierra y en el paraíso, también, para siempre. Porque un 
camino diferente al espíritu de la sangre del Señor 
Jesucristo no existe otro igual, por más que Lucifer mienta 
al mundo; ya que, sólo el camino original del cielo y del 
paraíso existe, el de nuestro salvador eterno, el Hijo amado 
de Dios, el Árbol de vida eterna, de Israel y de la humanidad 
entera.

Es decir, también, que éste camino eterno, el cual conduce al 
Árbol de la vida de eterna, en el paraíso está con nosotros, 
aquí, en la tierra; ha descendido del paraíso a nosotros para 
quedarse con nosotros, hasta que regresemos a casa, a nuestro 
hogar y familia celestial, en el paraíso, para siempre. En el 
paraíso, en donde el camino de nuestro Padre Celestial jamás 
ha de dejar de ser eternamente y para siempre para cada uno 
de nosotros, es decir, de los que le amamos a Él, en su 
espíritu y en su verdad celestial, de su fruto de vida 
eterna, su Hijo, el Cristo de Israel y de la humanidad 
entera. Entonces si somos vencedores ante todas las cosas del 
mundo, ha de ser porque el Espíritu de Dios vive en nuestros 
corazones y en nuestras vidas (el camino de Cristo está en 
nuestras vidas) desde mucho antes que Dios comenzase a formar 
el cielo y la tierra, por ejemplo, en los primeros días del 
génesis de toda su creación. 

Por cuanto, el Espíritu de Dios no es nada nuevo en la vida 
del hombre o de toda la tierra, de nuestros días y de 
siempre. Es más, sin la presencia del Espíritu de Dios, en la 
tierra y en nuestras vidas, entonces no habría vida alguna 
para el hombre ni para ninguna de las cosas que le rodea día 
a día y por siempre, durante los días de su vida por la 
tierra. Porque sin el Espíritu de Dios, entonces la tierra 
fuese como cualquiera de los planetas y estrellas de nuestros 
cosmos, por ejemplo, porque simplemente no existiría jamás la 
posibilidad de vida alguna, animal o humana. 

Es decir, también, de que si los planetas de nuestro sistema 
solar recibirán "el derramamiento 'del espíritu de la 
sangre' del Señor Jesucristo", el cual es inmenso porque 
puede llenar todo el universo con su presencia santa, por 
cierto, entonces habría vida en cada uno de ellos, como en la 
tierra de nuestros tiempos y de siempre, por ejemplo. Pero 
como nuestro Padre Celestial decidió derramar el espíritu de 
la sangre bendita de su Hijo amado sobre toda la tierra, en 
donde hemos nacido, entonces hay vida vegetal, animal y, por 
supuesto, humana también, por doquier; no sólo para llenar de 
vida la tierra, sino también el nuevo reino de los cielos, en 
el más allá, evidentemente. 

En otras palabras, en el día que nuestro Dios derrame del 
espíritu de la sangre bendita de su Hijo amado, sobre el 
planeta Marte, por ejemplo, entonces habrá vida en este 
mundo, extremadamente seco, frío y caliente, a la vez, para 
que ninguna vida, como la conocemos en la tierra, sea 
entonces posible en él. Porque la tierra antes que fuese 
tocada por el derramamiento del espíritu de vida, (génesis 
1:2), de la sangre eterna del Señor Jesucristo, entonces 
estaba extremadamente vacía, desordenada y desolada por 
completo; no había vida alguna, sólo profundas tinieblas a la 
redonda. 

Y éste espíritu de vida de la sangre bendita del Señor 
Jesucristo descendía del cielo para preparar nuestros 
corazones y nuestros cuerpos, para recibir la vida eterna de 
Dios y de su Hijo amado, el Santo de Israel y de la humanidad 
entera, ¡el Altísimo! Por lo tanto, éste espíritu de la 
sangre bendita del pacto eterno es que realmente ha vencido 
al mundo para ti y para todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
para que jamás veas la muerte sino sólo la vida infinita de 
Dios y de su Hijo amado, el Cristo. 

Es más, éste espíritu de vida de la sangre sagrada de Dios no 
ha de dejar de descender sobre la tierra, hasta llenarte a ti 
y cada uno de los tuyos con sus dones poderosos en batalla, 
en contra del enemigo y, además, grande en victorias eternas, 
para nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos, 
por ejemplo. Porque nuestro Dios nos ha creado para ser mucho 
más que vencedores, en el paraíso, en la tierra y de nuevo de 
regreso al cielo. Porque en el reino de los cielos sólo 
entran a vivir los que han derrotado a Lucifer y a cada uno 
de sus ángeles caídos, por el espíritu de la sangre viviente, 
de su fruto de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Por eso, es que el hombre con su corazón de fe, en el nombre 
del Señor Jesucristo, ha de vivir para ver la vida eterna, 
desde hoy mismo en su vida por la tierra, hasta que por fin 
entre al más allá, al cielo de regreso por vez primera, 
después de la desgracia (o caída) de Adán, por ejemplo. Pero 
esta vez, hemos de ir, a su nuevo reino celestial, en el más 
allá; en donde sólo habita el amor, la paz, el gozo y la 
felicidad infinita, de haber conocido a nuestro Dios "en éste 
grandioso espíritu bendito", de la sangre sobrenatural del 
Señor Jesucristo, el único posible salvador de nuestras 
vidas, eternamente y para siempre.

NUESTRO DIOS NOS GARANTIZA / ASEGURA VICTORIAS ETERNAS EN 
JESUCRISTO

Por eso, le damos gracias a Dios, quien nos da la victoria 
día y noche en contra de todos nuestros enemigos, de los que 
vemos y de los que no (vemos), por medio del espíritu de 
vida, de nuestro Colosal Salvador, ¡el Señor Jesucristo! 
Porque el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo vive en 
nuestros corazones y en nuestros cuerpos espirituales y 
corporales, para vencer a cada día y a cada noche de nuestro 
mundo cotidiano, en donde hemos nacido por juicio de Dios en 
contra de Adán y de su rebelión ante su Árbol de vida, 
Jesucristo. 

Porque Dios nos creo en el cielo, en su corazón y con sus 
manos santas para llenar toda su creación, cielo y tierra, 
sólo de su gloria infinita, la cual hemos de recibir por 
siempre en la vida santa de su Hijo amado, el Cristo, si sólo 
le somos fieles a Él. Es por eso, que en el día que Dios 
termino de crear al hombre, Adán, por ejemplo, entonces lo 
introdujo a su vida santa y perfecta en el paraíso, para que 
conozca la vida sagrada de su Hijo amado, su Árbol de vida y 
de salud eterna, el Señor Jesucristo, y no la vida errada de 
sus enemigos eternos. 

Puesto que, tanto Adán y como cada uno de sus descendientes, 
como tú y yo, hoy en día, por ejemplo, en todos los lugares 
de la tierra, necesitamos del espíritu de la sangre de vida 
eterna, de nuestro Señor y salvador eterno, el Señor 
Jesucristo, para entonces poder vencer a nuestros enemigos 
habituales. Enemigos habituales y eternos de Dios y de toda 
verdad y de toda justicia infinita también, en el cielo y por 
toda la tierra, que han entrado al mundo para destruir la 
gran obra de las manos de Dios, el hombre, como tú y yo, hoy 
en día y por siempre, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana. Es por eso, que Dios desea ver ya, en tu corazón y 
en toda tu alma viviente, también, el nombre de su Hijo amado 
reinar día a día y por siempre en tu vida, para entonces 
destruir todos los dardos del enemigo, hasta que deje de ser 
eternamente y para siempre, en la tierra y en el cielo.

Verdaderamente, el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo 
ha destruido, desde el día que culmina su gran obra infinita, 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
en Israel, para ponerle fin, de una vez por todas y para 
siempre, al poder del pecado en la tierra y en la vida de la 
humanidad entera. Es por eso, que Dos nos ha llamado a 
recibir a su Hijo amado en nuestros corazones y en nuestras 
vidas, para tener poder del cielo y vencer al enemigo de 
nuestras vidas eternas día y noche y hasta que deje de ser. 
Además, fue por esta razón, que el Señor Jesucristo le 
declaro al ángel de la muerte abiertamente, diciéndole: -¡
Muerte! Yo soy tu muerte. Y desde aquel día, el ángel de la 
muerte comenzó a morir para todo hombre, mujer, niño y niña 
de toda la tierra, que tan sólo cree en su corazón y así 
confiesa su nombre santo, en cada una de sus oraciones, 
suplicas, alabanzas, honras y glorias infinitas a nuestro 
Padre Celestial que está en los cielos.

Además, estas fueron palabras que jamás el hombre, ni menos 
el ángel de la muerte, había oído antes, desde el día de su 
rebelión en el paraíso, con Lucifer y con sus ángeles caídos, 
en contra del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo. Entonces 
delante de sus apóstoles y discípulos, el Señor Jesucristo 
termina con el ángel de la muerte, para que no le dé muerte a 
ninguno de todos ellos, de los que habían creído en sus 
corazones y confesado con sus labios, de que Él es el Hijo de 
Dios, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el 
Todopoderoso! 

(Es por eso, que cada vez que un hombre o mujer muere, en 
verdad, no muere, sino que pasa de este mundo a otro mundo 
para seguir viviendo. Y si la persona muere con Cristo Jesús 
en su corazón, entonces regresa al paraíso; pero si muere sin 
Cristo Jesús en su vida, entonces desciende al mundo de los 
muertos, el infierno. En ambos casos, la persona aunque esté 
muerta para la vida de la tierra, en verdad, vive en el más 
allá, ya sea en el paraíso o en el mundo de los muertos.)

Y cuando el Señor Jesucristo le declaro la muerte al ángel de 
la muerte, entonces lo hizo delante de sus siervos, para que 
entiendan, en lo profundo de sus corazones, de que sólo él es 
el dador de la vida, en la tierra y en el más allá, también, 
para siempre. En realidad, cuando Lucifer oyó estas palabras 
salir del corazón y de la boca del Señor Jesucristo hacia sus 
siervos y toda la tierra, entonces se sorprendió 
profundamente en su corazón pecador y eternamente perdido en 
el más allá, entre las llamas eternas del lago de fuego y 
comprendió por fin, de que su día había llegado. Algo que 
jamás él pensó que le iba a suceder, en el cielo ni menos en 
la tierra. Pero así fue, Cristo le anuncio su muerte, al 
ángel de la muerte, para que todos entiendan que no morirán, 
sino que seguirán viviendo, en el más allá, sus almas 
infinitas.

Lucifer perdido en sus profundas tinieblas, de su primer 
pecado de rebelión, en contra de Dios y de su Árbol de vida 
eterna, en el reino de los cielos y delante de sus ángeles 
santos, y ahora a fin de cuentas recibía en su corazón su 
justo castigo eterno, por sus mentiras y por su gran maldad 
con el hombre. Porque fue al hombre a quien le causo la 
muerte con sus mentiras, pues ahora el hijo del hombre le 
entrego su propia muerte, pero con las palabras y el juicio 
final de Jesucristo. Porque por fin entendió Lucifer que el 
Señor Jesucristo es su muerte también, como la muerte del 
mundo vil y pecador del ayer y de siempre, hasta que el nuevo 
reino de Dios empiece, con nuevos cielos y con nuevas 
tierras, para cada uno de sus hijos e hijas en la humanidad 
entera, del ayer y de siempre, por ejemplo. 

Por eso, nuestros corazones, llenos por siempre del espíritu 
de vida, de la sangre eterna del Señor Jesucristo, entonces 
les damos gracias, gloria y honra a nuestro Dios y Padre 
Celestial que está en los cielos, sentado en su trono santo 
de gloria y de gran honra infinita. Pues gracias a Dios por 
habernos amado tanto, hasta librarnos de las cadenas del 
pecado, para volvernos a dar vida y vida en abundancia, de la 
vida misma de su Hijo, el Señor Jesucristo, el único vencedor 
del mundo y de su muerte eterna, en todo hombre, mujer, niño 
y niña de la humanidad entera, del ayer y de siempre. 

En vista de que, el hombre sin Cristo Jesús en su corazón, 
entonces no podrá jamás recibir su victoria eterna, en contra 
del pecado y en contra de cada una de las profundas tinieblas 
de Lucifer y de sus ángeles caídos. Como males repentinos o 
enfermedades conocidas y hasta desconocidas, también, que 
estén atacándole (o planeando atacarle), para destruir su 
vida, de una manera u otra, en la tierra y en el fuego del 
infierno, eternamente; para que la obra de las manos de Dios 
jamás sea cumplida en ningún hombre, mujer, niño o niña de la 
humanidad entera, por ejemplo. 

Porque ésta es la victoria de Dios, "de que su obra sea 
cumplida en Adán y en cada uno de sus descendientes, por 
medio de su fruto de vida eterna", su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, el único Árbol de la vida y de salud eterna, en 
el paraíso y en toda la creación de Dios, hoy y por siempre. 
Visto que, todo mal que siempre le ha venido al hombre, 
físicamente, ha sido por medio del espíritu de desobediencia 
y de error del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del 
bien y del mal y más no del espíritu del fruto de vida 
eterna, del Señor Jesucristo, por ejemplo. 

Por eso, damos gracias a nuestro Dios día y noche y 
eternamente, en la eternidad venidera, porque nos ha dado "la 
victoria infinita" sobre todas las cosas del mundo entero y 
del más allá, también, por medio de su fruto de vida eterna, 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo; porque sin Cristo no 
somos nada, en la vida de Dios. Ni tampoco hemos de tener 
poder alguno, en el más allá, como en el paraíso, como cuando 
Adán caía en su gran rebelión delante de Dios y de sus 
huestes de ángeles celestiales, por falta del fruto de vida 
del Señor Jesucristo en su boca, en su corazón y en toda su 
alma viviente. 

Porque sólo en los poderes sobrenaturales del espíritu 
viviente, de la sangre del Señor Jesucristo, es que hemos 
alcanzado cada una de nuestras victorias, en el mundo y hasta 
la eternidad venidera, en el paraíso y en el nuevo reino de 
Dios, para jamás morir sino para vivir eternamente creciendo, 
en nuestro Dios y en sus frutos de vida infinita. Ya que, 
para esto Dios nos ha creado en sus manos santas a cada uno 
de nosotros, comenzando con Adán, por ejemplo, para vencer al 
paraíso, al mundo y a la nueva eternidad venidera, en la 
inmensidad del infinito, sólo por medio de su Hijo Santo, en 
el corazón y en la vida del hombre. 

Porque hoy en día, la inmensidad de nuestro cosmos y del 
reino de los cielos, en el más allá, ha sido, para nuestro 
entender, para nuestras fuerzas humanas y limitadas: un 
imposible de alcanzar, pero con Cristo en nuestros corazones 
nada de esto es verdad, sino por lo contrario. Realmente 
somos "más que vencederos" para Dios y para su creación 
infinita, hoy en día y para siempre, en su nueva eternidad 
venidera de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Y esto 
ha sido verdad en nosotros, desde los días del paraíso y 
hasta siempre: con tan sólo creer en nuestros corazones y así 
confesar eternamente a su fruto de vida eterna, su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, para gloria y para honra infinita 
de su nombre santo, en su corazón glorioso y en el corazón de 
sus ángeles celestiales.

SANTIFICADO ES EL HOMBRE QUE RECIBE LA CORONA DE VIDA ETERNA

Por esta razón, bendito el hombre que persevera día y noche 
bajo la voluntad perfecta de Dios para su vida, de comer por 
siempre, de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, 
para que su corazón y su alma viviente crezcan hacia la 
verdad y la justicia real y verdadera, de la vida eterna del 
reino celestial. Porque, cuando haya sido probado, como Adán 
fue probado y así venciese al fruto prohibido del enemigo, 
entonces "recibirá la corona de vida", que Dios ha prometido 
sólo a los que le aman, en el espíritu y en la verdad única, 
de su fruto de vida eterna, de su Árbol Viviente, ¡el Santo 
de Israel y de la humanidad entera! 

Y esto ha sido verdad día a día, en la vida de todo hombre, 
mujer, niño y niña de la humanidad entera, desde los días de 
vida de Adán, en el paraíso y hasta nuestros días, por 
ejemplo, con todos nosotros. Porque cada uno de nosotros, así 
como Adán y Eva, por ejemplo, tiene que obedecerle a Él, para 
entonces comer por siempre no del fruto prohibido, del árbol 
de la ciencia del bien y del mal, sino del fruto de vida 
eterna de su Árbol Viviente que está en el epicentro del 
paraíso, ¡el Señor Jesucristo! 

Por ende, si creemos a nuestro Padre Celestial, en lo íntimo 
de nuestros corazones, para comer por siempre, del espíritu 
de fe y del espíritu de la sangre viviente, de su Árbol de 
vida, su Jesucristo, entonces hemos de recibir sobre nuestras 
cabezas: la corona de oro de la vida eterna, para jamás 
morir, sino para sólo vivir la vida. Porque nuestro Padre 
Celestial creo a Adán y a cada uno de sus descendientes, en 
sus millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos del mundo entero, para ver la vida eterna, 
sólo la de su Hijo amado, por siempre en el paraíso y en la 
eternidad venidera de su nuevo reino celestial, en el más 
allá. 

Ya que, el mundo que Dios siempre ha idealizado tener, para 
sus ángeles y hombres de la humanidad entera, ha sido un 
mundo sin Lucifer y sin ninguno de sus ángeles caídos; es 
decir, un mundo libre del mal de las palabras mentirosas y de 
muerte eterna, para sus ángeles y para la humanidad entera. 
Porque han sido siempre los espíritus inmundos de los ángeles 
caídos que han profanado su palabra viva y su nombre santo, 
en el cielo y por toda la tierra, también, como en nuestros 
días, por ejemplo, en tu mismo corazón sin Cristo y en los 
corazones de las gentes que tampoco tiene amor ni justicia 
alguna, en sus vidas. 

Y éste es un mundo rebelde a Dios y a su vida santa, 
totalmente contraria a los "mandamientos fieles", de la Ley 
de Israel y de Moisés, por ejemplo, el cual jamás pensó tener 
en su vida ni en la vida de ninguna de sus criaturas, en el 
pasado ni menos en la eternidad venidera, para ninguno de sus 
fieles. Porque sólo la "vida santa" de su vida infinita y 
totalmente perfecta, el Señor Jesucristo, ha de reinar por 
siempre en la eternidad venidera, de su nuevo reino 
celestial, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, 
rodeado día a día y por siempre de sus huestes de ángeles y 
de su nueva humanidad infinita, por ejemplo. 

Además, en esta nueva vida de su nuevo reino celestial estás 
tú con cada uno de los tuyos, si tan sólo le crees a Él, por 
medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, viviendo y 
creciendo en tu corazón y en tu alma viviente, para una vida 
sobrenatural, desde hoy, en la tierra y en el cielo, para 
siempre. Porque es por medio del espíritu de fe, del nombre y 
de la sangre bendita del Señor Jesucristo que todo hombre, 
mujer, niño y niña, ha de vivir su vida infinita, desde hoy 
mismo en la tierra, para luego entrar en su vida venidera (y 
no muy lejano), al reino de los cielos, en el más allá. 

Por esta razón, bendito es para Dios todo aquel que ha creído 
en su corazón y así ha confesado con sus labios, que el Señor 
Jesucristo es su vida eterna y el Hijo amado de Dios, en la 
tierra y en el reino de los cielos, para miles de siglos 
venideros, en el más allá, en la nueva eternidad. Porque nada 
hay mayor para el corazón de Dios, de que los ángeles del 
cielo y así también los hombres de la tierra, crean que el 
Señor Jesucristo es su Hijo amado, el Santo y la vida 
perfecta de todo ser viviente, en la eternidad venidera de su 
nuevo reino celestial. 

Por cuanto, en la vida santa de su nuevo reino celestial, 
"Dios no podrá jamás aceptar una verdad y una justicia 
menos": que el de creer de todo corazón y de confesar con los 
labios: el nombre bendito de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! Es por eso, que Dios llama a Adán y a cada uno de 
sus descendientes, comenzando con Eva, en el paraíso, ha 
creer en su fruto de vida eterna, su Hijo amado. Porque mayor 
que Jesucristo no existe en el paraíso ni menos en la tierra, 
para luego entrar en los días finales a la nueva vida 
infinita, del más allá, como su nueva ciudad celestial e 
infinita: La Gran Jerusalén Santa y Eternamente Gloriosa de 
su gran rey Mesías y de sus huestes celestiales con su nueva 
humanidad celestial, por ejemplo. 

Es por eso, que todo aquel que se encuentra en su corazón con 
el nombre del Señor Jesucristo, entonces ha encontrado su 
vida eterna, para nunca más volverse alejar de ella, como 
Adán y Eva lo hicieron por culpa de las palabras de mentira, 
de la serpiente antigua y de Lucifer, por supuesto, en el más 
allá. Es decir, que todo aquel que ha recibido al Señor 
Jesucristo, entonces ha vencido no sólo al mundo sino también 
al paraíso y a la nueva eternidad venidera, para comenzar su 
nueva vida infinita, la misma vida celestial que Adán perdió 
en el paraíso, pero esta vez con mayores glorias y con 
mayores poderes sobrenaturales, del fruto de vida eterna. 

Puesto que, el triunfo del Señor Jesucristo sobre los árboles 
secos, cruzados y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la 
roca eterna, con el Señor Jesucristo clavado a ellos con su 
propia sangre santa, no es sólo para la tierra, sino mucho 
más que toda esta gloria infinita. Realmente éste sacrificio 
celestial, también es para el paraíso y para todo el viejo y 
el nuevo reino de los cielos, de Dios y de sus ángeles 
celestiales, por ejemplo; por lo tanto, el sacrificio de 
Cristo jamás ha de dejar de ser en nosotros ni en los 
ángeles, sino que ha de ser para siempre, para la eternidad.

NO DEJES QUE EL MAL TE VENZA JAMÁS: VÉNCELO CON JESUCRISTO

Pues bien, mis estimados hermanos no sean vencido por el mal, 
de ninguna manera ni por ninguna razón, sino venzan el mal 
con el bien, el bien infinito de Cristo Jesús en sus vidas. 
Porque el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo comenzó 
a descender desde el cielo (génesis 1:2), de parte de Dios y 
con grandes poderes y autoridades sobrenaturales, para vencer 
a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus 
ángeles caídos, para darle paso a la nueva vida infinita del 
ángel y de todo hombre, por ejemplo. 

Es decir, que el Señor Jesucristo venció todos los males de 
sus enemigos y de los enemigos del hombre con su propio bien 
infinito y celestial, el espíritu viviente de su sangre 
santísima, la cual derramo sobre toda la tierra, en génesis 
1:2 y siguió derramándola sobre la roca eterna, para vencer 
al mundo. Es más, el espíritu de la sangre de vida eterna del 
Señor Jesucristo jamás ha dejado de descender de nuestro 
Señor Jesucristo para bendecirnos y salvaguárdanos de todos 
los males del enemigo, Lucifer y la muerte eterna del 
infierno, en el más allá, por ejemplo.

Puesto que, sin el derramamiento del espíritu, de la sangre 
del fruto vivo, de su Árbol de vida, su gran "Cordero 
Escogido", entonces no hubiese sido posible jamás la vida de 
ningún ser, sea ángel del reino u hombre de la tierra y de 
todas sus demás especias de animales, aves del cielo y hasta 
peses de los mares, también. En realidad, en la tierra no 
hubiese vida alguna ni de animales ni menos de hombres, como 
los planetas secos y sin vida alguna de nuestros cosmos, por 
ejemplo. 

Pues así es la vida del hombre, sin Cristo Jesús en su 
corazón; realmente no es vida alguna en la tierra ni en 
ningún planeta de la inmensidad de los cosmos, ni menos en el 
paraíso, por ejemplo. Precisamente éste fue el problema 
celestial que Adán y Eva se encontraron al comer, del fruto 
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal; en 
vez, de haber comido del fruto de vida eterna, el Señor 
Jesucristo para bien eterno de muchos. 

Pues ambos se encontraron, en el día de su gran rebelión 
celestial, sin vida alguna en sus corazones y en sus almas 
vivientes, también, para jamás volver a ver la vida, sino 
desdichadamente a la muerte. A la muerte eterna de sus 
cuerpos y de sus almas vivientes, en el paraíso y por toda la 
tierra, también, para siempre, o hasta que reconozcan a 
Jesucristo con sus labios y en sus corazones, para 
reconciliarse con Dios y con su vida infinita, en el paraíso. 

Por lo tanto, tuvieron que abandonar la tierra santa del 
paraíso, no porque Dios lo haya querido así, de ninguna 
manera, sino por lo contrario. Ambos abandonaron el paraíso 
inmediatamente, porque: "la tierra misma sagrada los 
desconoció y los tuvo que vomitar por ser enemigos de la 
palabra de Dios y hasta que Cristo regrese a sus corazones y 
a sus vidas, también, para siempre". Porque sólo el Señor 
Jesucristo podía vencer a la tierra santa del más allá, para 
bien de Adán y de cada uno de sus descendientes, comenzando 
con Eva, por ejemplo, en sus millares, de todas las familias, 
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, 
de hoy y de siempre. 

Es por eso, que el llamado que Dios les hizo, en su día, a 
los ángeles del reino de los cielos, en sus millares, por 
doquier, por ejemplo, realmente se lo ha hecho al hombre, la 
mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, también, 
para que obedezcan a su Árbol de vida, a Jesucristo. Y esto 
es de vencer al mal, sólo con el bien de Cristo en sus 
corazones y en cada momento de sus vidas por la tierra y en 
el paraíso, para siempre. Porque el bien eterno de nuestro 
Señor Jesucristo tiene los poderes sobrenaturales y 
autoridades especiales de parte de nuestro Dios, de subyugar 
a cada uno de los males y de sus tinieblas eternas, de 
Lucifer y de cada uno de sus ángeles caídos, en el paraíso y 
en la tierra, para bien eterno del hombre y de los suyos. 

Es decir, que con el espíritu de la sangre bendita de 
Jesucristo obrando en tu corazón y en toda tu alma, entonces: 
tu vida ha de ser llena de milagros tras milagros, de 
maravillas tras maravillas y de prodigios tras prodigios 
sobrenaturales en la tierra y en el cielo, también, aunque tu 
jamás te des cuenta de nada, por ahora. Por eso, Dios ha de 
hacer todas estas cosas pequeñas y grandes, día y noche y 
hasta sin cesar jamás, por ti y por los tuyos, también, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, para enriquecer por 
siempre tu nueva vida infinita, en Dios y en su Espíritu 
Santo, por ejemplo, en la tierra y en el paraíso, para 
siempre. 

Porque la verdad es que Dios jamás ha sido vencido por el mal 
de nadie, sino que el hombre se dejo vencer al creer en las 
palabras mentirosas de la serpiente antigua y de Lucifer, en 
el paraíso y por toda la tierra, también. Porque la tierra 
está llena de estas terribles profundas tinieblas de las 
palabras de mentira y de engaño eterno, del corazón perdido y 
eternamente rebelde a Dios y a su Jesucristo, en el cielo y 
en toda la creación, de ángeles y de hombres, también. 

Es por eso, que Dios llama no a los ángeles, sino a los 
hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, ha que no 
se dejen vencer por el mal de las cosas del mundo de toda la 
vida, sino todo lo contrario. Y esto es de que triunfen por 
siempre con el nombre de Jesucristo, en sus corazones y en 
sus almas, delante de Dios y de su reino celestial y en la 
tierra, también, para gloria y para honra infinita del nombre 
sagrado que "Dios ama tanto" (y que Lucifer odia neciamente), 
el nombre de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! 

Y si vences al mundo de siempre, con el nombre de Jesucristo 
en tu corazón, entonces habrás levantado gloria y honra al 
nombre de Dios, desde tu corazón, hasta finalmente alcanzar 
la gloria infinita de la vida del nuevo reino de los cielos, 
hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera de su 
nuevo reino celestial, por ejemplo. Porque toda gloria y toda 
honra que el nombre del Señor Jesucristo alcance en tu 
corazón, para levantarla muy en alto sobre todos los cielos a 
nuestro Padre Celestial que está en los cielos más allá de 
los cielos angelicales, ha de ser para enriquecer por siempre 
tu nueva vida infinita, en el nuevo reino infinito del más 
allá. 

Porque en la nueva vida celestial del nuevo reino celestial 
tú, mi estimado hermano y mi estimada hermana, tienes un 
lugar muy especial en el corazón de Dios, que nadie ni nada 
jamás te lo podrá quitar por ninguna razón, para siempre, 
porque amas a tu Dios verdaderamente, sólo por medio de su 
Hijo amado. Y esto es gloria eterna para Dios y así también 
para tu corazón y para tu nueva vida eterna, en el cielo, 
desde hoy mismo y por siempre, en el nuevo reino de los 
cielos, como en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más 
allá, de su gran rey Mesías, el Cristo de Israel y de las 
naciones.
 
EL QUE VENZA AL MUNDO, HA DE HEREDAR LA VIDA ETERNA Y SUS 
COSAS

Es por eso, que Dios mismo le ha prometido al hombre y a la 
mujer de toda la tierra, por ejemplo, asegurándoles que: El 
que venza al mundo, entonces heredará todas las cosas 
gloriosas de la vida santa del paraíso y del nuevo reino de 
Dios, en la tierra y en el cielo, también, para siempre. 
Además, sólo Él será su Dios, y el hombre será su hijo, 
delante de las huestes angelicales del más allá, del nuevo 
reino de los cielos, para miles de siglos venideros, en la 
nueva eternidad celestial e infinita. 

Por ello, todo aquel que vence el mal delante de Dios, ya sea 
ángel del cielo u hombre de la tierra; es decir, si el nombre 
de Jesucristo vive en su corazón, entonces triunfara por 
siempre, para no morir jamás, sino para ver la vida, en el 
paraíso y en La Nueva Jerusalén Celestial, del nuevo reino de 
los cielos. Porque sólo el nombre santo del Señor Jesucristo 
ha de hacer que el espíritu de la sangre del pacto eterno, 
entre Dios y el hombre, llegue a su corazón y a toda su vida, 
también, día y noche para que ningún bien le falte a él ni a 
ninguno de los suyos, tampoco, hoy en día y para siempre. 

Visto que, Dios ha creado al hombre no para que sufra, sino 
para que vea la vida celestial del más allá; una vida santa y 
totalmente gloriosa, la de su Hijo, el Santo de Israel y de 
la humanidad entera, que Adán, en sus días, tuvo la gran 
oportunidad de alcanzarla y vivirla por siempre, pero la 
desprecio por error. Históricamente, para mal eterno de 
muchos, Adán desprecia la vida de Cristo en el paraíso, no 
porque quiso hacerlo así, sino porque fue engañado por las 
palabras, llenas de mentira y de muerte eterna, de la 
serpiente del Edén y de Lucifer, por ejemplo, en boca de su 
esposa, Eva. 

Puesto que, Lucifer había entrado en el paraíso, con gran ira 
en su corazón mentiroso, en contra de Dios y de la obra 
sagrada de sus manos santas, para destruirla y así humillar a 
Dios, de una vez por todas y para siempre, como jamás nunca 
antes nadie lo había humillado a Él, para destruir toda 
santidad perfecta. Porque en verdad, la única manera que 
Lucifer podía verdaderamente humillar a nuestro Padre 
Celestial, no iba a ser por medio de los ataques y de la 
destrucción de la vida celestial, de los ángeles del reino, 
sino mucho más que esto, el hombre. 

En realidad, Lucifer sólo podía humillar a Dios en gran 
medida espiritual, como jamás había sino humillado por 
ninguno de sus seres creados, por el poder de su palabra, o 
de su nombre santo, por ejemplo, al destruir la obra santa y 
perfecta de sus manos santas, Adán y sus hijos, como tú y yo, 
hoy en día, por ejemplo. Por lo tanto, esto iba a ser, 
realmente atacando y, a la vez, destruyendo al hombre, a Adán 
y a cada uno de sus descendientes, para que ninguno de ellos 
vea la vida celestial e infinita del nuevo reino de los 
cielos, en el paraíso. 
 
Realmente un nuevo reino celestial e infinito, del cual Dios 
había decidido crear, después de haber visto tanta rebelión y 
tanta violencia en su reino celestial, con los ángeles caídos 
atacando en todo momento a su Árbol de vida eterna, el Señor 
Jesucristo, su Hijo amado. Entonces Dios decidió crear un 
nuevo cielo con nuevas tierras infinita, para darle vida para 
siempre a toda su creación antigua y moderna, como hoy en 
día, por ejemplo, en el cielo y en la tierra, de nuestros 
días, también. Es decir, con el fin eterno de darle vida y 
salud infinita a cada uno de sus seres creados, en el más 
allá y en toda su antigua creación celestial, para siempre, 
como ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres 
santos del nuevo reino de los cielos, como el nuevo hombre, 
en Cristo Jesús, Señor nuestro, por ejemplo. 

Pero cuando Lucifer pensó desacertadamente, que le había 
ganado a Dios, en su propio terreno y con su propia obra 
suprema y sumamente gloriosa, para su corazón santo, entonces 
realmente se equivoco otra vez, como siempre, para mal eterno 
de muchos. Y esta vez, se equivoco tanto, Lucifer, que 
realmente fue mortal para su plan fallido, mucho antes que lo 
empezase, de un reino para él y para sus seguidores fieles, 
como ángeles caídos y gentes de la mentira eterna, porque el 
espíritu de la sangre santa y de la Ley Viviente de Dios 
decidió terminar con ellos, de manera drástica. 

En otras palabras, de terminar con la mala vida de Lucifer, 
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera y, a la vez, vencer al paraíso y a la vida 
inmoral de la tierra, también, con la misma vida de Cristo, 
ni más ni menos, para gloria y honra infinita de nuestro 
Padre Celestial. Porque nuestro Dios está sentado en su trono 
santo, de gran gloria y de gran honor infinito, para recibir 
a cada ángel del cielo y a cada hombre, mujer, niño y niña de 
la humanidad entera, que le ame a Él, como su único y 
suficiente Dios y Creador de su vida, por medio de su Hijo, ¡
el Señor Jesucristo! 

Es por eso, que la promesa de nuestro Padre Celestial, por 
medio de la vida santa de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
es de que todo aquel que venza al mundo, entonces heredara 
todas las cosas santas grandes y maravillosas de la vida del 
reino de los cielos y de sus santos ángeles celestiales, del 
más allá. Y esto es una bendición, la cual realmente Lucifer 
deseo mucho en su corazón alcanzar en el reino de los cielos, 
en el paraíso o en la tierra, pero no lo logro jamás, ni en 
sus sueños más profundos, a pesar de su gran sabiduría y de 
su gran gloria angelical. 

Porque Lucifer se rebela erróneamente en contra del fruto 
viviente, el Señor Jesucristo, para mal eterno de su vida y 
la de cada uno de ellos, de los que le llegaron a creer, en 
el cielo, como los ángeles caídos y como Adán en el paraíso y 
sus descendientes en la tierra, de nuestros días, también, 
por ejemplo. Entonces para Dios y para su "libro de vida 
eterna", del reino de los cielos, en donde los nombres 
escritos están de todos los hombres, mujeres, niños y niñas 
de la humanidad entera, de los que han recibido al Señor 
Jesucristo en sus corazones, son los que realmente han 
vencido el mal del paraíso y de la tierra, también, 
eternamente. 

Es decir, que han vencido al mundo y a la eternidad venidera 
del paraíso y del nuevo reino de los cielos, por ejemplo, 
para jamás volverse a separar de Dios y de su Árbol de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, por las palabras mentirosas, de 
un ser tan terrible y con una lengua experta en mentiras, 
como Lucifer, por ejemplo. En verdad, en la vida nueva del 
nuevo reino de los cielos ningún ángel ni menos el hombre, 
mujer, niño o niña, volverá a alejarse peligrosamente de su 
Dios y de su Árbol de vida eterna, por el mal de nadie; 
porque el mal ya no existirá junto con su pecado, sus 
enfermedades y su muerte eterna, en el infinito. Realmente, 
hemos de ser libres por siempre, gracias al espíritu viviente 
del Señor Jesucristo; y gracias a nuestro Padre Celestial, 
por vencer al mundo y al más allá, también, por amor a cada 
uno de nosotros, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus 
y reinos de la humanidad entera, hoy en día y para siempre.

SOMOS VENCEDORES DE TODOS NUESTROS ENEMIGOS, PARA SIEMPRE

Ciertamente, en Cristo Jesús, Señor nuestro, somos más que 
vencedores, en esta vida y en la venidera, también, en el 
nuevo reino de los cielos, por ejemplo, por amor a nuestro 
Padre Celestial y a su reino Colosal e Infinito. Y, además, 
porque nuestro Dios nos ha creado y, a la vez, nos ha llamado 
ha ser "vencedores eternos", en contra de sus enemigos 
habituales, como Lucifer y sus ángeles de gran maldad del más 
allá y de la tierra, de nuestros tiempos. 

Es decir, que Dios nos ha llamado a derrotar y a destruir a 
cada uno, de los poderes de las palabras de mentira y de 
muerte eterna, de las cuales comenzaron en la vida de Eva 
primero, para luego manchar a Adán y a cada uno de sus 
descendientes. Descendientes directos y eternos, como tú y 
yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
por ejemplo, para alejarnos más y más de su fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, para que muramos y así jamás 
veamos nuestras vidas celestiales, en la tierra ni menos en 
el paraíso. 

Y Lucifer ha tratado todos estos males en contra de nosotros, 
por medio de su espíritu de error y de maldiciones eternas, 
de sus palabras mentirosas que aun existen (o viven) en 
nuestras sangres humanas, que hemos heredado de Adán, por 
ejemplo, para que nos enfermemos y muramos, en la tierra y en 
el infierno tormentoso y violento, también. Es más, es por 
eso que nosotros nos enfermamos y morimos día y noche en 
todos los lugares de la tierra, hasta que por fin regresamos 
al más allá, como en el principio, pero no a la vida eterna 
sino a la muerte eterna. Porque no podremos entrar jamás a la 
tierra santa del paraíso, porque nos rechaza; es decir, que 
la misma tierra santa del reino de los cielos nos rechaza, 
porque nos falta Cristo en nuestros corazones y en nuestras 
almas infinitas. 

Y esto es verdad, de la misma manera, que rechazo a Adán y a 
Eva, por ejemplo, en el día que pecaron y estuvieron delante 
de Dios para darle cuenta a Él, de todo lo malo que habían 
hecho: al comer del fruto prohibido, del árbol de la ciencia 
del bien y de mal, para mal eterno de muchos. Es decir, que 
como Adán y Eva no vencieron a Lucifer ni al paraíso, 
tampoco, entonces ahora tenían que vencerlo en la tierra y en 
el mundo que les presentaba, como el mundo de nuestros días, 
por ejemplo, lleno más de las palabras del enemigo, que de 
las palabras de vida eterna de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Es por eso, que la vida del Señor Jesucristo es de suma 
importancia, para el corazón de cada hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera, comenzando con el mismo Adán del 
paraíso de Dios y de sus huestes de ángeles santos, del reino 
de los cielos, por ejemplo. Porque de otra manera, el hombre 
y la mujer, así como Adán y Eva, han de seguir por siempre 
perdidos en sus profundas tinieblas, de enfermedades y de 
muertes eternas, de las primeras palabras de Lucifer que 
llegaron a nosotros, por boca de la serpiente antigua, para 
darnos maldiciones y así la segunda muerte final. Y de esta 
segunda muerte final no se escapa nadie ni el mismo ángel 
caído menos el pecador o pecadora sin Cristo en su corazón, 
en el lago de fuego eterno, en el más allá.
 
Por lo tanto, la vida del Señor Jesucristo es tan importante 
para que nuestros días sean felices, en la tierra y en el 
paraíso, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad 
venidera del nuevo reino de Dios y de sus huestes de ángeles 
fieles y eternamente honrados por el Señor Jesucristo. Es por 
eso, que somos más que vencedores delante de Dios y de su 
reino celestial, solamente con creer en el espíritu de la 
sangre y del nombre sobrenatural del Señor Jesucristo, en 
nuestros corazones y en nuestras almas eternas, también, hoy 
en día y por siempre, en la nueva eternidad de tamaño 
descomunal. 

Por esta razón, le damos gracias a nuestro Dios, al creer en 
nuestras vidas, en cada una de las palabras de su Hijo y de 
su gran obra infinita, segunda a ninguna, la cual lleva acabo 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
para vencer al mundo y a los males de nuestros enemigos 
habituales. Sí: hemos vencido al mundo ante Dios y ante el 
infierno, ¡gracias! a la "gracia infinita", del espíritu de 
la sangre viva de nuestro gran rey Mesías, el Hijo de David, 
el Cristo de Israel y de la humanidad entera, en la tierra y 
en el paraíso, también, hoy en día y como siempre, en el 
nuevo reino de Dios. 

Porque no hay mayor victoria para el corazón de Dios, de ver 
al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de toda la tierra, 
creerle a Él, sólo por medio del nombre bendito de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, de ayer, de hoy y de siempre. Por 
ende, esto es poder infinito, desde hoy mismo, en cada vida, 
de ángel del cielo y de hombre de la tierra, el cual jamás ha 
de ser cambiado ni menos vencido por ningún poder del mal, 
del más allá, como sucedió con Adán y Eva, en le paraíso, por 
ejemplo. Por lo tanto, somos más que victorioso ante Dios y 
ante su nueva vida eterna, desde hoy mismo, en la tierra y en 
nuestros corazones, en el nombre sagrado del Señor 
Jesucristo.

Y de esta victoria no hay otra igual, para bendición y para 
alegría eterna del corazón de Dios y de su Espíritu Santo y 
de sus huestes angelicales, en la tierra y en toda la gloria 
infinita del nuevo reino de los cielos, desde tu corazón, mi 
estimado hermano y hasta la nueva eternidad celestial. Es por 
eso, que somos, declarado y afirmado por nuestro Padre 
Celestial mismo, como "más que vencedores", sólo en la vida 
santa y eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo!

(¡Feliz Día de Reyes Magos a todos! Estos tres hombres sabios 
llevaban con ellos regalos para el Señor Jesucristo, por 
haber descendido a la tierra. Y estos regalos eran oro, 
incienso y mirra, por la gran salvación de Dios que había 
llegado a ellos, los gentiles de aquellos días y de todos los 
tiempos, también. Estos hombres sabios llegaron a Belén de 
Judea, preguntando por el nacimiento del Mesías Judío. 
Herodes era rey en aquellos días: pues al oír que nacería 
otro rey en Israel, entonces se sorprendió mucho. Porque lo 
que oía era tan verdadero y del cielo, que su alma se 
estremecía junto con su corazón, en una manera tan 
sorprendente, que ni él lo podía explicar, porque sólo sentía 
miedo y pavor por Dios y por su Gran Rey Celestial para 
Israel y la humanidad entera. Además, porque esto significaba 
que Jesucristo le iba a reemplazar a él, como rey de 
Jerusalén y de Israel, por ejemplo (porque sólo Jesucristo es 
rey de Israel, y Jerusalén es el lugar de su trono eterno, de 
acuerdo a la promesa de Dios a David, por ejemplo). Y Herodes 
no estaba dispuesto a otorgarle su puesto de rey a nadie, sea 
quien sea aquel hombre ni menos al salvador de parte de Dios, 
para los hebreos y la humanidad entera. Entonces Herodes 
decidió también encontrarlo, para honrarlo, según su corazón 
engañoso. Pero Dios no quería que Herodes lo encontrase, 
porque sabía que era lo que había en su corazón para su Hijo 
amado, y esto era sólo envidia y muerte; en vez, de Herodes 
recibirlo como su gran rey y redentor de su alma perdida en 
las tinieblas de su pecado, de no conocer a su Creador. Y, 
además, la estrella que guiaba por el camino a los hombres 
sabios no le fue manifestada a él, sino a los que Dios mismo 
había escogido, como hombres sabios y gentiles, para que 
honren la llegada de su Hijo amado a sus vidas, en Israel y 
en toda la tierra, también. Y, en realidad, Herodes no quería 
honrar a Cristo en su vida, sino matarlo para no perder su 
puesto de rey, en Jerusalén (cuando sólo Cristo es el 
verdadero rey de Jerusalén, por mandato eterno de Dios). Y 
saliendo de la presencia de Herodes, entonces los hombres 
sabios volvieron a encontrarse con la estrella que finalmente 
los guiaría a donde estaba Cristo, acostado en pañales en su 
cuna; y con sus padres y animales del coral a su alrededor, 
para darle de su calor, en aquella noche fría de Belén. Y es 
precisamente ésta estrella (gigante, pero se manifiesta 
pequeña en tamaño) del espíritu de la predicación de la 
palabra, de nuestro Padre Celestial de nuestras vidas 
infinitas, es la que ha llegado, en un día como hoy o como 
cualquier otro, a la vida del mundo entero, por ejemplo, para 
tocar tu corazón sediento y hambriento por ser redimido. Es 
decir, para tocar de una vez por todas, cada corazón humano y 
llevarlo a la presencia santa de su único salvador eterno de 
su alma viviente, ¡el Señor Jesucristo!, para que lo reciba y 
por siempre le ame sólo a él en su nueva vida, para gloria y 
para honra infinita de nuestro Dios y Padre Celestial que 
está en los cielos. Y si tú, en este día crucial para tu 
vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, obedeces a 
la luz de la estrella que guiaba a los tres hombres sabios, 
por ejemplo, a donde se encontraba Cristo, para recibirlo y 
agradecerle por tan gran salvación, entonces Dios te amara 
mucho más que antes, para darte bendiciones y vida eterna. Y 
Dios hará esta misericordia y gracia infinita por ti, en 
donde sea que te encuentres, en esta hora crucial para tu 
vida, en toda la tierra. En verdad, Dios también te ha de 
bendecir a ti, como a ellos y hasta con mayores bendiciones 
celestiales y terrenales, también, porque el mundo y el 
príncipe de las profundas tinieblas del más allá y de tu alma 
perdida en tus pecados de muerte eterna, ha sido vencido 
eternamente y para siempre, para gloria infinita de nuestro 
Creador Celestial. 

¡Feliz Día de Reyes Magos a todos! Amén.)

 
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en 
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos 
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es 
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán 
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí 
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. 
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de 
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de 
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa 
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en 
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas 
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová 
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para 
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero 
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en 
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del 
sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de 
tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no 
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
prójimo". 

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, 
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, 
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no 
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que 
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ 
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No 
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate 
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del 
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender 
mas de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y 
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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http://radioalerta.com
date: Mon, 08 Jan 2007 20:32:53 GMT   author:   IVAN VALAREZO

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